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El euro del miedo

Enrique Badía

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Aunque los mercados llevan tiempo calmados, nadie da por superadas o desaparecidas las amenazas que penden sobre el futuro de la Unión Monetaria (UEM) y la propia moneda común. No precisamente sobrado de virtudes, el euro se ha convertido en algo que da miedo, porque asusta… prescindir de él. Y, por extraño que parezca, eso puede estar asegurando su supervivencia, con no pocas dudas sobre cómo o en qué acabará.

Se ha contado ya muchas veces que el euro nació contraviniendo casi todos los fundamentos de un área monetaria óptima. Incumple, desde el principio, los requisitos señalados por el canadiense Robert Mundell, cuyos trabajos fueron distinguidos con la concesión del Nobel de Economía en 1999. Tampoco se dotó de los mecanismos capaces de asegurar una gobernanza efectiva, sobre todo en situaciones difíciles, como se viene demostrando desde que la crisis financiera atravesó el Atlántico y acabó derivando en colapso de la deuda soberana de varios socios de la eurozona. El último exponente ha sido la ardua articulación del –por ahora– tercer rescate de Grecia, el pasado mes de julio.

Las críticas a la gestación del euro vinieron sobre todo del mundo anglosajón, con augurios entre pesimistas y catastróficos previos a su propio nacimiento, que en no pocos casos fueron tratados con displicencia desde los estamentos comunitarios; las más de las veces sugiriendo intereses nacionalistas que veían con recelo la aparición de una moneda con aspiraciones de arrebatar al dólar su supremacía mundial. No pocos de aquellos objetores han recordado sus vaticinios cuando las cosas se han puesto mal, bien es verdad que tras un discreto silencio durante los primeros años de vida de la moneda común, cuando todo parecía ir bien. Las discrepancias académicas se centran ahora en qué se puede o debe hacer para impedir un fracaso cuyas consecuencias nadie se atreve del todo a valorar.

La tesis de que el euro sobrevive en gran medida por el pánico que causa su eventual desaparición, es uno de los ejes centrales del trabajo que el analista británico David Marsh acaba de publicar bajo el sugerente título “Europa sin euros” (RBA, 2015). No es la primera vez que se enfatiza que la UEM tiene que encontrar el modo de salir bien… porque no puede salir mal, lo que no quiere decir que no persistan serios riesgos de que acabe ocurriendo lo peor.

Aunque los líderes europeos siguen siendo reticentes a revisar a fondo el diseño institucional que rige la moneda común, la mayoría admite defectos básicos que antes o después habrá que corregir. Pero las deficiencias del parto se han convertido en una especie de mantra que oculta que, además de nacer mal, sus primeros años de andadura se gestionaron fatal. Nadie supo o quiso aguar la fiesta señalando o cuando menos reconociendo que se estaba gestando una situación insostenible, con una creciente brecha competitiva entre economías forzadas a mantener una política monetaria centralizada y común. La ilusión de converger, señalada como uno de los objetivos esenciales que perseguía la introducción del euro, acabo resultando eso: una ilusoria apariencia, de la que han despertado bruscamente deudores y acreedores, atrapados en una dinámica en la que, aun con intereses contrapuestos, ambas partes saben que no puede haber ganador. Una guerra no declarada, pero latente, que ha hecho saltar por los aires otra de las pretensiones fundacionales: cimentar una Europa más cohesionada y reforzar el sentimiento de pertenencia comunitaria en la sociedad. Cualquiera aprecia que eso está mucho más lejos hoy que cualquier ayer.

A nadie se oculta que los ciudadanos andan mucho menos ilusionados con el proyecto compartido que antes de la crisis. Con todos los riesgos que entraña la simplificación, toca reconocer que los habitantes del centro-norte se resisten a seguir costeando las irresponsabilidades de los países de la periferia-sur, en tanto estos se sienten explotados y maltratados por aquéllos, a los que tildan de egoístas insolidarios y con ansias de explotación. Lo que unos y otros tienden a omitir –los líderes nacionales ya se encargan de fomentarlo– es que la situación actual es consecuencia de los errores de todos –cada parte los suyos– y que, como no cabe pensar en términos de victoria-derrota, la única vía posible es pactar fórmulas equitativas de cooperación.

Las cosas, de momento, no van por ahí. Opciones técnicas existen, pero el imperativo político impide su materialización. Domina, en demasiados momentos, la convicción de que al “otro” le irá peor. De ahí que las pomposas cumbres de urgencia con que se escenifica el propósito de seguir avanzando juntos tengan cada vez más sesgo rutinario y menos credibilidad. Al punto de que ya no está claro qué debe producir más miedo: es lógico que lo provoque la menor expectativa de que el euro acabe saltando por los aires, ¿pero no debe empezar a darlo que los dirigentes sigan limitándose a capear el temporal? Muchas veces, la pretensión de ganar tiempo acaba desembocando en pérdida fatal de oportunidad.

Deudores y acreedores temen por igual el fracaso, pero no asumen que ambos se equivocaron igual.

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