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El examen del 24-M

Los dos grandes partidos ven el 24 de mayo como una prueba decisiva
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El sistema político tradicional, con todas sus inercias, está digiriendo trabajosamente la irrupción de las nuevas fuerzas políticas, que se abren paso a codazos en el ya muy debilitado modelo bipartidista. Y a la luz de las encuestas, puede asegurarse que las elecciones generales de finales año representarán sin duda un cambio radical de las anteriores fórmulas de estabilidad, que siempre se han basado en el gobierno del partido más votado, a veces en solitario, a veces con apoyos exteriores. Porque si persiste, como parece, el sistema cuatripartito más o menos equilibrado, habrá que ir inexorablemente a gobiernos basados en coaliciones. En este marco y en la actual coyuntura, PP y PSOE se juegan mucho, como es natural, ya que ambas formaciones tienen histórica vocación de poder y su supervivencia pasa por mantener el statu quo vigente, es decir, la alternancia al frente de las instituciones. Y la volatilidad de la situación explica el nerviosismo que se vive en las dos organizaciones. Sobre todo en el PP, que está experimentando sensaciones parecidas a las que afectaron al PSOE en los últimos años del felipismo: Rato es el Mariano Rubio de aquella época, y la acumulación de episodios de corrupción de entonces (Roldán, Ibercorp) guarda un cierto parecido con la actual (Bárcenas, Gürtel).

Así las cosas, es lógico que los dos grandes partidos vean las elecciones del 24 de mayo como una prueba decisiva que les permitirá calibrar sus fuerzas con vistas a las elecciones generales. Frente a esta doble elección, las posiciones de partida de PP y PSOE son sin embargo muy distintas: en 2011, cuando el PSOE se había desacreditado gravemente con su política de recortes que contradecía absolutamente el programa electoral y cuando la crisis se hallaba en su apogeo, el PP consiguió un resultado histórico al imponerse en doce de las 17 comunidades históricas y en una gran mayoría de municipios. Ahora, cuatro años después, el PSOE se ha renovado profundamente en tanto el PP se encuentra en momentos muy delicados: la acumulación de irregularidades y corrupciones ha eclosionado con el ‘caso Rato’, que marca un máximo crítico. Por el contrario, el Partido Socialista, que parte de una situación de partida malísima, logrará seguramente mejorar su posición con facilidad.

Esta evolución apunta a un desenlace previsible bastante obvio: el liderazgo del PSOE quedará fortalecido con las elecciones del 24M, en tanto Rajoy puede tener problemas después de esta fecha, pese a su conocida voluntad de presentarse de nuevo como cabeza de cartel a las generales. No es ningún secreto que en el seno del PP hay diversas pretensiones sucesorias, que podrían tomar encarnadura si el desastre popular fuera de grandes proporciones. De momento, la número dos del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, cabeza de un relevante equipo de técnicos y gestores, y Dolores de Cospedal, secretaria general del PP, están magníficamente situadas, por edad y capacidad, para tomar el relevo llegado el caso.

Rajoy, ubicado en la cima de un partido sumamente presidencialista, tiene aparentemente todos los resortes en su mano para gestionar a su antojo el futuro, el suyo personal y el de su partido, pero no cabe duda de que su estabilidad depende también de las perspectivas que se desprendan del resultado de las elecciones regionales y locales. A fin de cuentas, los partidos tienen como objetivo primordial (y, desde luego, legítimo) conseguir el poder, y no sería posible postergar internamente este designio si la evidencia mostrase que un cambio de liderazgo puede provocar una mejora sensible de las expectativas.

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