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El exilio

Equiparar a Puigdemont con Manuel Azaña, Martínez Barrio o Antonio Machado es un desbarre además de una ofensa

ANTONIO SOLER

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Pablo Iglesias está obligado a ser el funambulista gubernamental, a hacer equilibrios de titiritero entre la oficialidad y la subversión. Atendiendo a sus tareas de gobierno y a unos votantes que lo elevaron hasta ahí para que fumigase el aire estancado del poder. Y él hace piruetas para que todos vean que no se ha contaminado, que él no es casta. Ahora le ha tocado al ‘exiliado’ Puigdemont y a la comparativa con los exiliados del franquismo.

Equiparar a Puigdemont con Manuel Azaña, Martínez Barrio o Antonio Machado es un desbarre además de una ofensa. Claro, que es bastante probable que unos republicanos hasta el tuétano como Azaña o Martínez Barrio fuesen hoy para Iglesias unos simples fachas. Pero la comparación no solo es desgraciada al igualar a los protagonistas de la Historia. Es muy desgraciada por los cientos de miles de personas humildes, de clase media, anónimas, que tuvieron que abandonarlo todo y exiliarse.

Es insultante para ese medio millón de personas que en el duro invierno de 1939 marchó por las carreteras embarradas de Cataluña arrastrando unos cuantos enseres para cruzar la frontera francesa. Unos acabaron metidos en los campos de concentración de Argelès o Saint-Cyprien, otros con las familias diseminadas o perdidas para siempre en medio de los ataques aéreos. Y, más allá de la ferocidad de la represalia, está el motivo por el cual, unos –los exiliados republicanos– y otro –Puigdemont– abandonaron el país. Los primeros tuvieron que exiliarse por haber defendido la legalidad democrática vigente.

Huyeron de una dictadura que fusilaba por rebeldía precisamente a quienes habían permanecido fieles a la legalidad. ¿Se fue de España Puigdemont por haber defendido la legalidad vigente? ¿Huyó de una dictadura? ¿Qué quiere decir Pablo Iglesias reafirmándose en sus más que desafortunadas declaraciones? Lo que en realidad quiere no parece que tenga mucho que ver con la verdad sino más bien con sus intereses. Arrimarse, en las dudosas vísperas de las elecciones catalanas, a un electorado que vea en él y en sus socios una vía reivindicativa de los «exiliados» y los «presos políticos». La verdad es lo de menos.

El populismo se ha ido de la Casa Blanca, pero de un color o de otro, ya lo ven, sigue más vivo que nunca.

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