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El invento

Entre los diez inventos que cambiaron la vida de la humanidad habría que añadir la fregona

Emilio Mayayo

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Crazy inventor. Photo compilation, photo and hand-drawing elements combined

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Voy volando por tierra. A 300 km/h se puede casi volar, sólo faltaría un pequeño impulso y dejar la tierra para luchar contra la gravedad. Para los que no se ubiquen, voy sentado en el AVE. Las casas pasan muy rápidas y no digamos los postes de electricidad, son meras manchas que se escapan en mi retina. En mi infancia los trenes tenían tercera clase, bancos de madera y las locomotoras iban a carbón lanzando carbonilla por la chimenea que se metía en los ojos si ibas con la cabeza fuera de la ventana. No digamos en la época de mi abuelo, los pasajeros podían bajar del tren (en cuesta arriba), coger un racimo de uvas de una viña cercana a las vías y volver a subir sin casi correr un metro. ¡Cómo ha evolucionado la vida! Los jóvenes no lo entienden, les va la vida acelerada como el AVE.

Para matar el tiempo y que este pase más rápido, he cogido un libro y pretendo leer un buen rato. Hoy le ha tocado a Uno entre un millón de Mónica Wood. Me pongo a leer. Mi vecino, después de estar un rato con su móvil viendo los mensajes o cosas parecidas, también se pone a leer un libro. No tenemos conversación, salvo las palabras cordiales de cortesía al iniciar el viaje. De vez en cuando activa otra vez su móvil, supongo para ver los nuevos mensajes que le han llegado. En estas que activa un mensaje sonoro y los vecinos le chillan que molesta y que, además, el tema no es muy apropiado. Se disculpa cortésmente. Esto de la tecnología es así, los inventos nos pueden provocar situaciones curiosas o bien peculiares.

Mi libro va de la insólita amistad entre un niño de 11 años y una anciana de 104 años. Está bien escrito, se puede leer y da mucho para reflexionar. En el capítulo que leo, en concreto la página 81, el mozalbete le pregunta a la venerable anciana por su vida y los hechos que más le marcaron o más recuerda sobre los prodigios que ha visto y vivido a lo largo de su longeva existencia. En concreto le pregunta: ¿Cuál es el invento que más le marcó su vida? Me da que pensar y reflexionar.

Cierro momentáneamente mi libro. Saco el ordenador de la mochila y lo pongo a trabajar. Busco en el buscador más solicitado –Google– y me salen infinidad de posibilidades. Me quedo con la pestaña que pone «los diez inventos que cambiaron la humanidad para siempre» y por orden cronológico aparecen: el fuego, la rueda, la moneda, la imprenta, los antibióticos, la bombilla eléctrica, el teléfono, la televisión, el automóvil e internet. Creo que es una buena selección. Para cada uno, en dependencia de sus circunstancias, su trabajo o sus aficiones valorar este listado e incluir nuevos ítems es un acto de reflexión. Puede que haya otros inventos que sean más importantes, aunque los citados han marcado su época. Los hay para todos gustos. Cierro el ordenador y me hago la misma pregunta. Después de un tiempo de reflexión, creo que para mí hay dos inventos fundamentales: la lavadora y la fregona. No me puedo quedar con uno sólo.
Conservo en mi retina abundantes imágenes de mi infancia y en concreto cuando antaño las mujeres iban o bien al río o al lavadero público que había en casi todos los pueblos. En un gran barreño, que se ponían en la cabeza, que a su vez protegían con un rulo de tela arrollado puesto sobre el pelo, llevaban la ropa sucia a lavar. La procesión hasta llegar al agua, el tiempo de ejecución, de tender al sol encima de los arbustos y las conversaciones pertinentes. Sí que se mejoraban las relaciones humanas y sociales, pero… a qué precio. La segunda imagen que me viene es la de una mujer arrodillada en el suelo del claustro del colegio de la Merced de Montblanc, donde realicé mis estudios de primaria, a su lado un cubo de agua y una bayeta. Puede que para amortiguar el dolor rotuliano se pusiera una almohadilla de goma, pero siempre pensé lo sacrificado y poco gratificante el tener que fregar un suelo de esa manera y que al poco estaba lleno de pisadas de traviesos mozalbetes.

Creo que ambos inventos pusieron y han puesto a la mujer a otra altura, a la que le corresponde, le dieron igualdad y liberación. La sacaron de estar de rodillas a estar en pie y de tener que lavar fuera de casa a hacerlo con mayor comodidad. Digo a la mujer, ya que en mis recuerdos nunca vi a un hombre realizando las mencionadas tareas.

Dos inventos que han equilibrado la vida. Han y que han puesto al hombre a compartir unas tareas que antes eran exclusivas (o casi) de la mujer. Puede que la liberación de la mujer empezó por dos inventos que ahora los tenemos tan integrados que los infravaloramos, como muchas cosas. El mundo se mueve demasiado deprisa y no tenemos tiempo ni para la reflexión.

Le quiero preguntar a mi vecino de viaje cuál es el invento que considera esencial, pero miro por la ventana y me aparecen las chimeneas de la refinería que me alertan que estamos llegando a destino. No quiero dejar la pregunta sin respuesta y no la realizo. Mi tren llega puntual. Bajo del vagón al andén, voy a mi paso. La gente joven me adelanta, no sólo en el andén, también en las escaleras mecánicas y en el vestíbulo de la estación. Yo voy a mi paso, no tengo prisa.

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