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Opinion editorial

El juicio al Procés en tiempos convulsos

Nadie podría haber imaginado un clima más tenso y envenenado para encarar un proceso crucial para el país

 

Diari de Tarragona

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Más de lamitad de exconsellers de la Generalitat se sentaran en el banquillo. EFE

Más de lamitad de exconsellers de la Generalitat se sentaran en el banquillo. EFE

Ni las mentes más osadas podrían haber imaginado un momento político más convulso para inciar el juicio a los líderes independentistas por el Procés. Y es que el escenario resulta estremecedor: a las anunciadas protestas y convocatorias de manifestaciones e incluso huelgas por parte de un sector de la población catalana se suman la situación de un Gobierno central debilitado por la más que presumible derrota en la votación de los Presupuestos Generales del Estado, la ruptura del proceso de diálogo entre los ejecutivos de Madrid y de Catalunya y la convocatoria de una manifestación para hoy en Madrid que congregará a la derecha más reaccionaria de los últimos tiempos. Todo junto, para echarse a temblar.    
Y este panorama se produce cuando más necesaria era la templanza. Nos encontramos a las puertas de un proceso judicial complicadísimo y que no tiene precedentes en nuestro país, con un gran número de encausados por unos delitos de los que hasta hace poco ni siquiera habíamos oído hablar y con más de 500 personas llamadas a declarar en calidad de testigos. Un juicio que será televisado en directo y que acaparará toda la atención, tanto mediática como ciudadana.
Un acontecimiento de este calibre merecería tener al frente de las instituciones a estadistas capaces de pensar en promover y garantizar la independencia del Poder Judicial y de encabezar los llamamientos a recuperar la cordura y el seny perdidos. Y, sin embargo, nos encontramos en manos de unos politiquillos mediocres a los que sólo les interesa ganar unos cuantos votos, aun a costa de incendiar el país. Sí, hay demasiada gente interesada en buscar gresca, en atizar el gallinero, en fomentar el extremismo, quizá con la intención de que aquel axioma que rezaba «cuanto peor, mejor» les favorezca. Pero no es eso lo que el país necesita. Los jueces del Supremo han de poder trabajar con tranquilidad e independencia, sin presiones de ningún tipo. Si no pueden hacerlo será la propia democracia la que corra un serio peligro.    

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