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El juicio de la vergüenza (I)

El Procés fue un genuino golpe de Estado porque se intentó sustituir el orden constitucional por la ley de transitoriedad jurídica y fundacional de una pretendida república catalana

Alberto Reig

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El juicio de la vergüenza (I)

El juicio de la vergüenza (I)

Los líderes independentistas Dolors Bassa, Jordi Cuixart, Carme Forcadell, Joaquim Forn, Oriol Junqueras, Raül Romeva, Josep Rull, Jordi Turull y Jordi Sànchez, los nueve procesados elevados a la categoría de héroes de la patria por la Catalunya oficial, ya están vistos para sentencia después de cuatro meses y 52 sesiones de un juicio que no es previsible que pase a la historia con esa denominación. ¿Cuántas veces se ha invocado en Catalunya, empezando por Jordi Pujol, que «ellos» no eran independentistas?: «Sólo queremos respeto y reconocimiento». He escuchado eso decenas de veces en los últimos cuarenta años. 

Ese respeto y reconocimiento se hizo efectivo con la Constitución de 1978 y los Estatutos de la democracia, pero como nunca es suficiente, fue sólo el primer paso del «objetivo único» que siempre tuvieron en el horizonte los nacionalistas catalanes que jamás contemplaron un pacto constitucional real. Primero, fue lo de peix al cove, fer país, mientras se iban ocupando las instituciones situando a personas seguras (o sea desleales a la Constitución y al Estado democrático que constituimos todos los ciudadanos de este país). Había que comprometerse con tal objetivo «patriótico» si se quería prosperar políticamente marginando a los catalanes unionistas e independientes. 

Aquí en Catalunya se presume mucho de ser más demócratas que nadie. Los demócratas, si lo son de verdad, han de serlo en todas direcciones y siempre coherentes con sus ideas y principios, si quieren ganarse ese respeto que tanto invocan y muchos ignoran, cuando hay que ejercerlo no sólo de boquilla. Había que ignorar, aislar, ningunear a los «no recuperables». ¿Recuerdan los menos jóvenes que esa era la denominación con la que la dictadura franquista clasificaba a sus opositores? «Irrecuperables». Efectivamente. Y del otro lado los auténticos «patriotas» pues, ya se sabe: «Con la patria se está con razón o sin ella», expresión del más explícito fascismo como blasonaba la dictadura franquista de sí misma. 

Tampoco sabrán de estas cosas los más jóvenes debidamente condicionados desde el jardín de infancia y la escuela controlada por tales patriotas y esos padres que se creen con el derecho, no de educar a sus hijos, sino de adoctrinarlos. Se ha ironizado estos días en los medios oficiales catalanes (independentistas) sobre Hans Kelsen, invocado por quienes sostienen que sí hubo golpe de Estado en Catalunya puesto que se intentó subvertir el orden legítimamente constituido «por medios no legales». ¿Qué podría esperarse de un «jurista alemán?», comentario desdeñoso que oculta que lo fue pero austríaco, aunque nacido en Praga, y de primerísimo nível, experto en Derecho Administrativo, preclaro constitucionalista, que propugnó la supremacía del Derecho Internacional sobre los nacionales, un catedrático que ejerció en las más prestigiosas universidades europeas y norteamericanas (Harvard entre ellas) adonde fue a parar huyendo del nazismo, y autor de la obra clásica La teoría pura del Derecho así como uno de los principales teóricos de la democracia del siglo XX. Un intelectual dudoso, vamos. 

El rey tomó partido por la Constitución. ¿O es que hubiera debido asumir una función de «arbitraje» entre quienes defienden el orden constitucional y quienes aspiraban a quebrarlo? 

El Procés fue un genuino golpe de Estado, no por ajustarse a Kelsen, sino sencillamente, porque se intentó sustituir el orden constitucional por la ley de transitoriedad jurídica y fundacional de una pretendida república catalana que fue votada solemnemente en el Parlament el 7 de septiembre de 2017 quebrando la legalidad propia y la común. 

Se quiera o no, hubo un manifiesto intento de golpe de Estado. Ara es l’hora (segadors), se decían los golpistas pensando que estamos todavía en el siglo XVII y no el XXI, y que el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy (Don Tancredo), bien conocida su inmovilidad, estaba sonado y el Estado español se encontraba contra las cuerdas y sin la menor capacidad de respuesta. Pero, una vez más, les falló a tan audaces e irresponsables aventureros el sentido de la realidad siempre exigible a un político y tan común en los demagogos, lanzando a sus seguidores que les compraron el cuento hacia una deriva imposible con el embeleco de que la gloria, la independencia de la oprobiosa España, estaba ya al alcance de la mano. Sólo faltaban cien metros según el no menos «lúcido» Quim Torra. 

El rey hizo una declaración escrupulosamente constitucional del mismo tenor que habría hecho cualquier otro jefe de Estado de cualquier otra de las democracias de la Unión Europea. Fue demonizado por ello por los nacionalistas catalanes por tomar partido…, partido obviamente por la Constitución, como hizo su padre frente al golpe de Estado (igualmente fallido) del 23-F (1981). ¿O es que hubiera debido asumir una función de «arbitraje» entre quienes defienden el orden constitucional y quienes aspiraban a quebrarlo despiezando España? Esa inevitable acción, propia de un rey de una monarquía parlamentaria, provocó que la media Catalunya callada, integrada, con hijos y nietos ya inequívocamente catalanes pero también españoles, que se sentía abandonada por el Gobierno español, saliera a la calle en masa en defensa de la patria común para sorpresa de los procesistas, que pensaban que ellos tenían el monopolio de la ocupación de las calles que al parecer creían sólo suyas. 

Entonces empezó el donde dije digo, digo Diego, que todo fue un farol, una pantomima, que no hubo intento de rebelión (frustrada), ya últimamente, si acaso, un poquito de sedición y quizás otro poquito de malversación o desobediencia. ¿Una payasada sin más salida que incrementar el ya de por si pesado macuto del tradicional victimismo catalán inherente a su idiosincrasia más genuina? 

* Catedrático Ciencia Política de la URV. Reig es catedrático de Ciencia Política de la URV desde 2002. Acaba de publicar con Josep Sánchez Cervelló (coordinadores): ‘La Guerra Civil española, 80 años después. Un conflicto internacional y una fractura cultural’ (Tecnos. Madrid, 2019).

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