El legado etrusco

Diari de Tarragona

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El legado etrusco

El legado etrusco

La idiosincrasia de un pueblo descansa sobre un conjunto de estratos cronológicos superpuestos, que se corresponden con los acaecimientos e influencias vividos a lo largo de su historia.

Por exigencias del guión familiar, este verano he recorrido la tierra de los etruscos, visitando diversos sitios arqueológicos. Y he tenido la sensación de que algunos de nuestros rasgos y formas de vida, por su similitud, podrían tener su origen en la civilización etrusca, que nos habrían llegado directamente por esa ancha y plana autopista que es el Mediterráneo, dada su destreza en el arte de la navegación, o a través del Imperio Romano, de quien eran predecesores.

Etruria, como así se llamó el territorio etrusco, estaba situada en el centro de la península itálica, delimitada, grosso modo, por el río Arno, al norte, y el Tíber al sur, y se correspondía -para entendernos- con lo que hoy son la Toscana y el Lazio. Su civilización se desarrolló entre los siglos VIII y I a. C., hasta que fue absorbida y engullida por Roma. La lengua etrusca desapareció, y no es difícil adivinar la razón. Lo que hoy sabemos de los etruscos nos ha llegado a través de sus tumbas y necrópolis, en buena parte subterráneas, pues no acostumbraban a dejar por escrito lo que hacían, a diferencia de los romanos, que todo lo escribían.

La primera similitud entre la cultura etrusca y la nuestra es la utilización de il tufo como material de construcción. Il tufo, también llamado piedra toba, es una roca de origen volcánico, porosa, ligera, fácil de cortar, modular y transportar. Por sus propiedades, resulta ideal como material de construcción o para excavar en ella. De ahí su omnipresencia en necrópolis, edificios y muros del territorio etrusco. Y ese paisaje nos resulta familiar, Mediterráneo, con profusión de canteras de esa piedra, y su utilización como material constructivo común, o para cercas separadoras de propiedades. Y en concreto me evoca Chelva, mi Macondo natal, donde la piedra tosca –como allí le llamamos– se utiliza para las hormas o muros de contención de los bancales.

Otro rasgo común es el rol de la mujer. En la sociedad etrusca la posición social de las mujeres y su visibilidad eran equiparables a las del marido, y participaban activamente en banquetes, juegos gimnásticos y bailes. Hasta el punto de que griegos y romanos se escandalizaban y las tildaban de promiscuas y licenciosas. Eso se refleja en la escultura y pintura etruscas. Por ejemplo, en la tumba de los Leopardos, de Tarquinia, donde se ve a las mujeres participando en un banquete en un plano de igualdad con sus maridos, o en el famoso Sarcófago de los esposos, encontrado en Cerveteri, donde se percibe un trato de mutuo afecto y respeto entre marido y mujer. Y esa consideración hacia la mujer, que no se tuvo en Roma, pasó a nuestra cultura.

En línea con esa incipiente igualdad, la mujer etrusca conservaba los apellidos de soltera al casarse, a diferencia de la cultura romana -que adoptaba el apellido del marido o el del padre, aunque feminizado- y de la griega. Y esa continuidad del apellido de origen se da también en nuestro país, y nos resultaría impensable que nuestras mujeres perdieran el apellido al casarse, y más en momentos como los actuales, de fuerte empoderamiento femenino. Se armaría una revolución, vaya. De ahí el asombro que nos produce que en algunos países del norte de Europa y en el mundo anglosajón, las mujeres tomen el apellido del marido al casarse, con desaparición del propio. Y tenemos ejemplos muy llamativos de mujeres que, con un enorme poder, adoptaron el apellido del marido, como Angela Merkel, Hillary Clinton y Margaret Tatcher, y lo mantuvieron pese al divorcio de las dos primeras, la vergüenza pública de la segunda por las «relaciones inapropiadas» de su marido con la becaria, y las aventuras extramatrimoniales del esposo de la tercera.

Los etruscos eran muy amigos de socializar comiendo y bebiendo alrededor de una mesa. Y esta costumbre la copiaron de los griegos, de quienes, según algunos, eran la marca blanca. El banquete y el simposio, son tiempos del yantar de los etruscos que guardan similitud con nuestra mesa y sobremesa, pues en la primera parte se come y se bebe y en la segunda predomina la bebida y la plática. O sea, un ágora de encuentro y socialización, que tanto hemos echado en falta recientemente en los momentos más duros de la pandemia. Pero con un matiz diferencial: los etruscos rebajaban el vino con agua, en tanto que ese bautizo sería un sacrilegio para nosotros. Un fenómeno social el de la mesa, muy extendido por el Mediterráneo, en las antípodas con algunas sociedades del norte de Europa que, guiadas por el utilitarismo, ni cocinan, ni les gusta cocinar, ni aprecian los placeres de la mesa… salvo el alcohol.

El sentimiento religioso y la creencia en el más allá, rasgos característicos de los etruscos, también lo son de nuestra cultura. En ambas la tumba es la casa eterna después de la muerte. Pero en Etruria debieron tener más fe que nosotros en la existencia de otra vida, a juzgar por los utensilios y elementos que, como los egipcios, dejaban al muerto para acompañarle en su viaje a la eternidad, mientras que a los nuestros los enterramos solo con lo puesto. Otra diferencia es que las tumbas etruscas son en su mayor parte subterráneas, como la de Tarquinia, gracias a lo cual han trascendido a nuestros días, en tanto que nuestros muertos los enterramos en superficie –nichos- o en ataúdes ligeramente cubiertos de tierra.

He oído decir a más de uno que los etruscos, como predecesores de los romanos, son en cierta manera antecesores de Occidente. Visto lo visto, me atrevería a concluir que en uno de los estratos de nuestra historia hay componentes de la cultura etrusca. Las cosas no suelen ser casuales, sino causales.

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