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El matiz de los procesos

Es el matiz jurídico, el detalle, lo que nos permitirá convencer –o no– a un tribunal
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En la toma de posesión de Paz Battaner como nueva académica de la RAE (enero 2017), Ignacio Bosque, académico que le hizo la loa, la definió como la mujer «que lleva casi sesenta años persiguiendo las palabras para captar sus matices». Y es que, como expuso en su discurso esta lexicógrafa y amiga que hoy ocupa la silla ‘s’ de la Academia, una misma palabra puede tener diversos significados según el matiz que enfaticemos.

Esta cautivadora frase es aplicable también a otras áreas del quehacer humano, entre ellas los procesos judiciales, donde un simple matiz puede cambiarlo todo. Y ese es el objetivo del abogado, la búsqueda de matices que permitan vencer la tesis del fiscal, convertir unos hechos a priori acusadores en una sentencia absolutoria. Lo que comúnmente se conoce como darle la vuelta al calcetín. Y no con malas artes –como puede pensarse extramuros al mundo judicial–, sino con sutilezas y matices que convenzan al tribunal. Y ese matiz puede descubrirlo el abogado, acuciado por la necesidad de encontrar salvación para su cliente, o el tribunal, en su deseo de hacer justicia al caso que está enjuiciando. En ambos supuestos, probablemente tras horas de cavilar y devanarse los sesos.

Una de las sutilezas procesales más decisivas que se conocen –ya la conté otra vez– se utilizó ante un tribunal de la Rusia del siglo XIX, cuando el zar respondió con la frase «ejecución imposible perdonar», a la pregunta de si se debía ejecutar determinada condena a muerte o la indultaba. El tribunal no vio clara la respuesta y pidió opinión a las partes. Añadiendo una coma tras la palabra ‘ejecución’, el fiscal interpretó que el zar quería que se ejecutara, porque era imposible perdonar. El defensor colocó la coma tras ‘ejecución imposible’, por aplicación del principio in dubio pro reo, matiz que daba a la frase el sentido contrario. El tribunal aceptó la tesis del abogado y el condenado salvó la vida. 

En su novela El diablo del abogado, cuenta Alan Dershowitz el juicio de un marido acusado de matar a su esposa, cuyo cadáver no se había encontrado. En su informe final el defensor dijo al jurado que contaría hasta diez y la esposa aparecería por la puerta. Comenzó a contar y al llegar a diez todos los miembros del jurado tenían la mirada puesta en la puerta de la sala, pero no se abrió. Contento con el resultado de su golpe de efecto, el letrado hizo ver que todos sus miembros habían vuelto la cabeza hacia la entrada, lo que significaba que tenían dudas. Por tanto, concluyó, deben absolver al acusado. Sin embargo, a pesar de esa lógica optimista, su cliente fue condenado. Días después el defensor se encontró a una de las componentes del jurado y le preguntó por qué declararon culpable a su cliente si todos habían mirado hacia la puerta. «Sí, todos –respondió la señora–, pero vimos que su cliente no se volvió. Sabía que no iba a aparecer nadie».

La pérdida de un diente era un tipo delictivo de consecuencias punitivas peligrosas, pues en tanto que pérdida de un miembro no principal del cuerpo humano, estaba castigada con penas de tres años en adelante, que era obligado cumplir por no ser susceptibles de suspensión ni de sustitución. Y es un delito frecuente, porque la boca suele ser el blanco donde se dirigen los puños malintencionados. Tras picar mucha piedra los abogados y cruzar el umbral de la prisión miles de condenados, el Tribunal Supremo flexibilizó su criterio en 2002 y admitió la aplicación de un tipo penal más benévolo –prisión no superior a dos años, que habitualmente se suspende–, porque la pérdida de un diente puede corregirse satisfactoriamente con una prótesis dentaria.

Uno de los matices más ocurrentes lo utilizó Jesús Sancho Tello, un veterano y excelente penalista de Valencia, cuando le pidió por escrito al juez de Alcira, José Mengual, que cambiara «por huebos» una resolución. El juez, ofendido, procesó al letrado por desacato, y el fiscal llegó a pedirle siete meses de prisión. En su defensa el abogado alegó que ni se había confundido ni había cometido una falta de ortografía, pues la expresión «por huebos», con b, significa «por necesidad», una terminología antigua pero en vigor, según la RAE. Si el juez no sabe gramática ni distingue entre ‘huevos’ y ‘huebos’, allá él, concluyó el genial letrado, que pese a ser condenado en primera instancia, fue absuelto en apelación.

Y un último ejemplo lo encontramos en la manipulación del tacógrafo, que algunos tribunales han castigado con pena de prisión como falsedad documental. Pero últimamente otros tribunales –la Audiencia de Tarragona, entre ellos– han dictado sentencia absolutoria por entender que el documento que emite el tacógrafo es privado, y la falsificación de un documento de este tipo solo es delito si se realiza «para perjudicar a otro».

En definitiva, es el matiz jurídico, la sutileza, el detalle, lo que nos permitirá convencer –o no– a un tribunal. Y, de paso, aportar nuestro granito de arena para mejorar el ordenamiento jurídico. 

Feliz verano a los hombres y mujeres de buena voluntad. 

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