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El niño de la playa

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En los días de la liberación, Carlos Sentís visitó el campo de concentración de Dachau. Cuando le pregunté si había algo más horrible que ver montones de cadáveres, me contestó: «Sí, ver un cadáver».

Quizá es por ello que nos hemos horrorizado más viendo la fotografía de Aylan Kurdi que pensando en las 2.500 personas que se ha tragado el Mediterráneo en lo que va de año.

Aylan subió a un bote hinchable en la costa de Turquía con destino a una isla griega. Murieron él, su hermano y su madre. Procedían de Kobane, la población siria fronteriza sometida a bombardeos y a una lucha casa por casa entre kurdos y Estado Islámico.

El pequeño Aylan, de tres años, fue arrastrado por las olas a una suave playa y quedó boca abajo sobre la arena mojada, el lugar donde juegan los niños. Es el símbolo de la tragedia que golpea nuestras conciencias. «No preguntes por quién doblan las campanas…».

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