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El nuevo jefe de los talibanes

Washington no perdona a quien mata a sus funcionarios o militares

Enrique Vázquez

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El título de este artículo está deliberadamente escogido para afirmar a renglón seguido que, como ocurre frecuentemente en política, una verdad oficial no se corresponde con la genuina verdad: hay cierto escepticismo sobre que el nombramiento de Haibatulah Ajundzada como sucesor de Ajtar Mansur en la jefatura talibán sea el resultado de un fácil y rápido acuerdo. Mansur, el líder talibán, fue muerto el sábado por un misil norteamericano lanzado desde un dron norteamericano y, curiosamente, la rapidez por completo inusitada en estos procesos ha permitido, sobre todo a la prensa política paquistaní, con el acreditado diario Dawn en cabeza, indicar que la sucesión recuerda sobre todo a un arreglo alcanzado entre los factores genuinamente en juego en el movimiento fundamentalista: quienes postulaban a Mullah Yacub, hijo del legendario y respetado líder de la organización, el mullah Omar, muerto de viejo en 2013 y los que respaldaban a Sirajuddin Haqqani, vástago del clan más potente en el universo poliédrico y tribal de los talibán.

Tal arreglo parece expresado en que ambos han sido nombrados adjuntos al nuevo líder, conocido más como un jurista islámico y un ‘guía’ religioso que como un líder político propiamente dicho, quien habría aceptado desde el criterio de que el combate militar, político y confesional debe continuar. Tal es, en efecto, la primera conclusión que los medios, incluyendo los esbozos de análisis que hacen los colaboradores de Al-Yazeera, autoridad de referencia en la materia.

El ministro del Interior del gobierno paquistaní, Chaudhry Nisar, pareció muy irritado el martes en una conferencia de prensa en la que cumplió con la habitual y estandarizada crítica del ataque norteamericano en su suelo, que «viola la soberanía e integridad territorial del país» y, lo que más nos interesa, acusó a Washington de «sabotear así las negociaciones de paz con los talibanes afganos». Esto significa que el gobierno paquistaní da por vivo el proceso de negociación entre las partes que, en cambio, parece haber entrado en una irreparable parálisis cuya mejor prueba sería que no hay noticia alguna al respecto y que el diálogo, muy prometedor en su día, organizado, financiado y protegido por el gobierno de Qatar (el propietario de Al Yazeera) en su capital, Doha, aunque formalmente vigente, no da la menor señal de vida.

De hecho, los talibanes se habían tomado una primera revancha del mortal ataque contra Mansur el sábado matando a diez civiles afganos en un atentado suicida el domingo. Y el rápido nombramiento del sucesor entiende subrayar que la lucha militar continuará. La justificación norteamericana es conocida: Washington no perdona a quien mata a sus funcionarios o militares y el propio Obama autorizó el ataque cuando el blanco estuvo disponible,. pero, más allá de la doctrina, conocida por lo demás, la decisión traduce que Washington tiene una confianza algo más que limitada en la negociación técnicamente vigente. Todo esto mientras está traspasando con éxito la misión en el duro Afganistán a la OTAN y al propio gobierno local y sus fuerzas armadas que, aunque han mejorado mucho, son claramente incapaces de derrotar a los insurgentes.

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