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El optimismo imposible. Inmigración, identidad y euro: triple jaque a la UE

Las diferentes crisis dejan al descubierto las debilidades de la UE. El proyecto europeo ha sido el de las élites, que han gozado hasta hace poco del asentimiento de una ciudadanía que ha dejado de confiar en ellas

Josep Martí Blanch

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La crisis de los refugiados y emigrantes embarcados en el Aquarius ha puesto de nuevo sobre la mesa la imposibilidad de que la UE pueda comportarse como una entidad política capaz de dar una respuesta conjunta a los grandes problemas cuando éstos se le vienen encima y ya son indisimulables.

Esto es así porque Europa, como proyecto político, es desde su fundación, una amalgama de decisiones tomadas sobre la base de un optimismo vital de las élites culturales, económicas y políticas que ha discurrido en paralelo al asentimiento acrítico de los ciudadanos.

Se atribuye a Jean Monnet, uno de los padres del proyecto europeo, el concepto de «reacción en cadena positiva». Es decir, Europa se empezó a construir sobre la convicción que equiparaba la integración a un círculo virtuoso en que cada paso no sólo aportaría beneficios si no que además asentaría las bases para seguir profundizando en dicha integración.

Es lo que, Olivier Bouin, director de a Red de Institutos Franceses de Estudios Avanzados ha bautizado como «chuta y corre»: desplazar la pelota adelante y lo que haya de venir, ya vendrá.

Del mismo parecer es Manuel Castells, catedrático emérito de Berkeley, que ha definido la construcción europea como algo puesto en marcha a través de los hechos consumados sin «una verdadera participación, ni un compromiso, ni una plena comprensión de la mayoría de los ciudadanos».

Todo fue bien, o relativamente bien, hasta que las diferentes crisis -económica y migratoria, principalmente- se han llevado por delante buena parte de los beneficios percibidos como tales por las ciudadanías europeas y han puesto ante el espejo las debilidades estructurales del proyecto de la Europa común. 

El Brexit, el precedente

El Brexit es la parte más vistosa del euroescepticismo. Es una semilla que ha logrado do convertirse, contra pronóstico, en árbol. Pero todo el continente está sembrado con las mismas semillas y harían bien quienes deseen poner a salvo el proyecto europeo en dejar de refugiarse en frases huecas del tipo «necesitamos más Europa» para centrarse en asegurar el edificio antes que este se venga definitivamente abajo.

Las costuras del vestido europeo han ido reventando una tras otra. Las instituciones están cuestionadas porque buena parte de la ciudadanía ha llegado a la conclusión de que las decisiones europeas se toman en un entorno falsamente democrático.

A esta crisis democrática, sumemos la económica, con una Europa incapaz de hacer una política al gusto de todos y que en breve afrontará un nuevo test de estrés con el final de los incentivos del BCE. Añadamos una crisis de identidad, con opiniones públicas que se sienten amenazadas por los efectos de la globalización y que empiezan a refugiarse en la identidad como mecanismo de defensa ante lo que consideran una amenaza para su pervivencia como grupo y cuya factura acaban pagando los emigrantes y los refugiados.

La ciudadanía se siente insegura y busca refugio en ofertas electorales que prometen soluciones radicales y simples a los problemas. Pero no nos engañemos, las ofertas electorales populistas han existido siempre. Así que, más que inquietarse por su existencia, la verdadera inquietud debiera centrarse en desentrañar los motivos que empujan a los europeos a confiar en proyectos cada vez más euroescépticos.

El Aquarius no pudo desembarcar en Italia porque el ministro del interior así lo decidió. Es fácil convertirlo en la reencarnación de Satán en la política italiana, y quizás lo sea. Pero lo verdaderamente relevante son los motivos por los cuales el gobierno italiano está en manos de la Lega y del Movimiento 5Stelle. ¿Optimismo? No mientras no nos atrevamos a formularnos las verdaderas preguntas y todo quede en la vacuidad de una frase que empieza a no querer decir nada: «necesitamos más Europa».

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