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El pacto político como virtud

Ensalcemos las virtudes del pactismo en los ayuntamientos como fórmula máxima de la democracia plural y participativa
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La esencia del sistema electoral español es el pacto. Sólo una victoria contundente aporta la mayoría absoluta que permite gobernar a sus anchas al partido más votado. No hay segunda vuelta ni fórmulas que automaticen la mayoría parlamentaria, aunque el ganador esté lejos de la mitad más uno. La Ley d’Hont matiza las proporciones para evitar que la fragmentación alcance límites excesivos. Con esa opción electoral suceden escenarios como el que ha propiciado el 24-M. La diversidad de partidos que han superado la barrera del cinco por ciento de votos ofrece un panorama en el que el pacto será imprescindible para gobernar. Nuestros legisladores podían haber optado por un sistema mayoritario, pero se apostó por las virtudes del acuerdo político. La primera fórmula irroga a los alcaldes de poderes casi absolutos y permite agilizar mucho la gestión, pero como contrapartida favorece el caldo de cultivo en el que nacen los vicios del absolutismo y de la prepotencia. Por algo la historia reciente está llena de casos en los que tras un período de mayoría absoluta suele venir un varapalo electoral. Véase el castigo que ha recibido en Lleida Ángel Ros, dueño y señor hasta ahora de la Paeria. En cambio, su colega de Tarragona, Josep Fèlix Ballesteros, que ha tenido que gobernar con el equilibrio del pacto, apenas ha sufrido unos rasguños en el bombardeo general. Ensalcemos pues las virtudes del pactismo como fórmula máxima de la democracia plural.

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