El ‘panellet’ político

A la violencia tradicional está sumándose la violencia artifi-cial que inconscientes propug-nan algunos juegos belicosos fruto de los avances tecnoló-gicos y ciertos programas difundidos a través de la TV 

JOSEP MOYA ANGELER

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El ‘panellet’ político

El ‘panellet’ político

Los niños hacen estos días panellets en la escuela, nadie sabe con qué aseo de manos. Bien, en realidad son algo parecido a panellets. Y los padres y abuelos han de comérselos, les produzca la impresión que les produzca. No hay elección. Irrefutable. Unos humoristas han dicho que el régimen del 78 es como esos panellets: hay que aceptarlo como bueno, poner buena cara y felicitar a sus autores, mientras envidiamos los de la pastelería de confianza.

Ahora, Pedro Sánchez, después de jurar y rejurar que la Constitución del 77 y sus consecuencias no se tocan, incluso tras hacerse devoto del artículo 155 que apoyó para que se aplicara en Catalunya, ha anunciado que piensa hacer una Constitución nueva. Debe sentirse como De Gaulle en 1958 cuando fundó la V República: un salvador de la patria. Un abismo entre uno y otro. Otra cosa es que cuente con los apoyos necesarios, porque ya me dirá el señor Sánchez si sueña con que el Partido Popular le apoye, por no mencionar lo que partidos vascos y catalanes exijan para aceptar el nuevo texto que, por cierto, habrá de ser aprobado en referéndum, eso que tanto repelús despierta en la clase política española.

Que el panellet del 78 era lo mejor que podía hacerse entonces es una fábula que corre por ahí. Las cosas se podían haber hecho mejor, simplemente cambiando a sus autores, pero en aquellos tiempos mandaban los poderes fácticos y aquel que supiera gritar con mejor intensidad, léase Manuel Fraga, quien en las primeras elecciones tras aprobar la Constitución sufrió un revolcón que evidenció que aquella derecha franquista tenía menos importancia de la que se otorgaba. Luego vinieron las añoranzas («con Franco vivíamos mejor» o «eso con Franco no pasaba») que han dado alas al tardofranquismo que todavía colea, y con fuerza, entre nosotros.

Ahora, parece que hay algo más de oficio para hacer un panellet apetecible, pero el problema es que en el obrador hay al menos siete personajes que se creen maestros pasteleros tratando de imponer su modelo. Todo ello sin contar los que defienden a capa y espada que el panellet del 78, deforme, pesado como un pedrusco y ya rancio, no se toca. ¿Estarán dispuestos la mayoría de ellos a ceder o retirarse, para dar paso a jóvenes pasteleros? Lo hicieron en el 78 Girón de Velasco, Blas Piñar y muchos militares hasta entonces temidos. Fue un sacrificio que pocos agradecieron. Pero ahora, ¡ay, ahora!, aunque el motor de aquel cambio se ha retirado vergonzosamente, el poder del poder es muy apetecible. Ya no se trata de construir una nueva sociedad española, con una nueva clase política, sino de administrar, manejar y satisfacer codicias (confesables e inconfesables).

Mucho me temo que, conociendo como conocemos a los actores de la política actual, pocos se atreverán a cambiar la norma básica, que cada cual interpreta como le viene en necesidad, porque ya les está bien. ¿Ponerse de acuerdo? Es posible, pero cambiando radicalmente.

Otros cambios espectaculares de chaqueta hemos visto, pero no parece que Casado le vaya a otorgar a Sánchez el mérito de engendrar una nueva Constitución, ahora que la Corona casi no entra en juego pues está muy débil y no podría tener protagonismo; al contrario, bastante tendría con defender sus privilegios.

El panorama casi imposible del nuevo panellet se cerraría pidiendo al pueblo que refrendara un texto que casi nadie, antes y después, habría leído. Mirando todo esto fríamente y con sensatez, parece un perfecto esperpento, como los panellets de nuestros niños.

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