El perro de Mileto

Si algo te demuestran los clásicos es la inevitable grandeza y al mismo tiempo mezquindad de todos los seres humanos

MARTIN GARRIDO MELERO

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En esta semana de encierro he vuelto a los clásicos. Es la ventaja que tenemos los que nos hemos educado en una cultura tan distinta a la que se intenta llevar a nuestros jóvenes. También he vuelto a viajar, aunque sea con el recuerdo, porque desde Marcel Proust sabemos que eso es lo importante. Permítame que les traslade algunas reflexiones, aunque les pido disculpas ya que me temo que no pasarán de meras divagaciones.

Si algo te demuestran los clásicos es la inevitable grandeza y al mismo tiempo mezquindad de todos los seres humanos, incluso los más célebres. El gran cronista Indro Montanelli, al que ahora se le acusa por sus compatriotas de ciertos hechos denigrantes, es una lectura obligada en esta búsqueda del pasado. Pocos clásicos se escapan de su condición humana.

Heráclito de Efeso (que mantuvo que el mundo sólo cambia ante los ojos de los estúpidos porque todo permanece como el fuego) acabó desesperado de morir, tras una existencia en solitario gastada en escribir que la muerte no era diferente de la vida, escritos de lo que únicamente han quedado unos pocos párrafos. El gran Pitágoras, que conocemos en nuestra infancia por su teorema y que se anticipó dos mil años a Copérnico y Galileo, acabó creando en Crotona una dictadura que sería la envidia de Stalin y de Hitler, en la que prohibió (además del amor y la risa) las habas (extraña prohibición que nunca fue comprendida por sus seguidores).

De Heródoto dice Montanelli que «puede leérsele con placer. Sólo hay que guardarse muy bien de creerle», y de Tucídides, que «no creía ya en nada, ni siquiera en lo que escribe»; que reconocerán que es lo peor que puede decirse de los dos grandes clásicos historiadores griegos.

Sin embargo, para Kapuscinski (Viajes con Herodoto) Heródoto fue el primero que concibió el mundo a escala global y se hizo una pregunta que todavía no ha sido contestada (y que seguramente no lo será): ¿por qué Grecia (es decir, Europa) está en guerra con Persia (es decir, Asia), por qué estos mundos Occidente (Europa) y Oriente (Asia) luchan el uno contra el otro, haciéndolo además a vida y muerte? ¿Siempre ha sido así? ¿Así será siempre?

Los dos grandes historiadores griegos compartieron su condición de exiliados y su escasa creencia en la condición humana; afirmando la relatividad de los sistemas políticos, incluso de la democracia, en la que no tenían mucha confianza, y con razón dada su situación de refugiados. Pero quizás de los dos, es Tucídides el más escéptico, al considerar que la Humanidad está destinada a no aprender nada de la Historia y a repetir siempre los mismos errores e injusticias. Aunque tampoco Heródoto se quedó atrás cuando formula como uno de los principios básicos de la Historia que «la felicidad humana nunca es duradera».

Heródoto contó que cuando el rey Jerjes invadió Grecia para castigar a los griegos que habían intentado ayudar a los de Mileto, a su vez sublevados contra su padre Darío, construyó un canal para que sus naves atravesaran sin peligro el istmo del Monte Athos. Nadie le creyó porque una obra de ingeniería tan extraordinaria como las pirámides de Egipto resultaba absurda e inútil para el fin pretendido, que podía conseguirse por otros medios más fáciles. E incluso Oscar Wilde muchos años después en La decadencia de la mentira se rió de él. Las investigaciones realizadas hace pocos años han confirmado la construcción del canal. Sólo un hombre como Heródoto había comprendido el sentido del absurdo: «Jerjes ordenó excavar el canal por soberbia, ya que deseaba hacer alarde de su poderío y dejar un recuerdo de su persona».

En realidad Jerjes era consciente de la otra cara de la moneda. Al ver pasar a sus cientos de miles de soldados de Asia a Europa a través de otra grandiosa obra de ingeniería, rompió a llorar. Los historiadores dicen que lloraba porque muchos de sus militares desparecerían en el combate; aunque unos cuantos afirman con más propiedad que en realidad lloraba porque todos (incluido él), más tarde o más temprano, dejarían de existir.

Efeso hoy es un hormiguero de turistas que espantaría al mismo Heráclito. Sin embargo en Mileto, que está relativamente cerca y que fue el principio de muchas cosas, puedes pasear en completa soledad sin encontrarte a nadie. Una mañana recorriendo sus ruinas distinguí a lo lejos un perro negro que se parecía a una hiena, sentí miedo y me escondí como pude, mientras el animal pasaba a mi lado sin mirarme en busca de algo entre las piedras. Podría tener diez o tres mil años.

Viendo lo poco que queda de Mileto se puede comprender a uno de sus hombres más inteligentes (Tales), al que los jóvenes conocen en las clases de matemática, como a Pitágoras, y poco más. Fue alguien que afirmó, mucho antes que Jesucristo, que lo justo es «no hacer a los demás lo que no se quiere que sea hecho con nosotros»; que aseguró, antes que otros, que lo más difícil para el ser humano es «conocerse a uno mismo»; y que observó por primera vez que todo lo creado tiene un principio único y común.

A Heráclito, el Efeso actual le repugnaría, aunque en cierta forma pudiese recordarle algo de lo que fue; en cambio a Tales de Mileto, su ciudad en ruinas le demostraría lo que ya sabía, que el Imperio y el Poder, e incluso la misma cultura, son sólo formas pasajeras y efímeras. Seguramente se limitaría a pensar que el animal que me asustó una mañana es el mismo que caminaba a su lado unos miles de años antes.

Volver a los clásicos es en el fondo regresar a nuestro futuro.

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