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El perro de Samos

El Partenón está en el mundo de las formas ideales, que nos reconfortan
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El Neues Museum de Berlín y el Museo de la Acrópolis de Atenas son los dos grandes nuevos museos europeos. Sus colecciones son diferentes, pero cualquier espectador encontrará en su atmósfera algo común: la extraordinaria fuerza de las formas y de los símbolos.

La estrella del berlinés es el busto de Nefertiti que permanece solitaria en una habitación perfectamente iluminada en la que el visitante no puede por menos que quedar atrapado. La estatua policromada, no excesivamente grande, representa el símbolo eterno de la belleza y la feminidad que permanece inalterable a pesar de los años transcurridos.

El museo de la Acrópolis ha sido construido para las piezas griegas encontradas en el yacimiento ateniense. En el corazón del museo el arquitecto Bernard Tschumi han planificado un gran atrio de cristal cuyas dimensiones son idénticas al del Partenón, que ha sido ideado para albergar las esculturas (especialmente las del friso) situadas en el extranjero.

La construcción de ambos museos representan también dos ideas: en el caso alemán, la superación de la guerra mundial y la nueva Alemania, una vez más el centro de Europa; en el caso griego, una nación que se justifica por su historia y por sus héroes. También en cierta manera, el primero representa el poder económico; y el segundo la otra cara de la moneda, que es el gasto excesivo, porque los capitales debidos por los griegos con ésta y otras obras son posiblemente no asumibles.

Para muchos el Partenón es el símbolo de Grecia y, a su vez, el símbolo de nuestra cultura occidental, un monumento que no pertenece sólo a los griegos sino a la Humanidad. El Partenón sería el símbolo de la república de Pericles, y ésta, el ideal de la democracia, de la libertad individual y de la razón. En el fondo, la victoria contra los dioses y el mundo de lo irracional.

Pero otros se han percatado que el Partenón es una pura ficción. Una ficción que empezaría con la propia creación del edificio que engañaría al ojo humano para crear un ideal de perfección y donde nada es lo que parece. Una ficción absoluta, porque el edificio del Partenón ha sido destruido varias veces, la más dramática a finales del siglo XVIII cuando saltó por los aires al explotar el depósito de armas que los turcos habían situado en su interior, y la más reciente en los últimos años cuando se ha querido volver al modelo original.

El arquitecto Edward Hollis (La vida secreta de los edificios) nos dice que el Partenón es perfecto, el sueño de un arquitecto, pero hoy «no es más que el fantasma de una sombra de una idea: ruina y destrucción». Y confiesa que Tucídenes, con buen criterio, se opuso a su construcción porque pensaba que las edades futuras creerían que la civilización griega había sido más importante de lo que era.

El Museo de la Acrópolis con su recreación del friso del Partenón sería también otra pura ficción, porque las esculturas no se encuentran en Atenas sino en el Museo Británico donde fueron llevadas por Lord Elgin después de ir arrancándolas una tras otra.

Incluso la propia historia que nos cuenta el friso del Partenón debería ser reinterpretada. La profesora americana Breton Connelly considera que la escena central del friso oriental (la de la fachada) no es, como casi siempre se ha creído, el ofrecimiento de una túnica a Atenea sino el ofrecimiento de los propios cuerpos de la hijas del rey Erecteo a la diosa para salvar a Atenas de una invasión. Atenea no sería bajo esta interpretación la gran diosa de la Sabiduría sino una cruel diosa ansiosa de sacrificios humanos..

Y señala Connelly que la vida en esta época no era como lo ha pintado el ideal racionalista de la Ilustración sino “un mundo lleno de ansiedad, dominado por una obsesión egocéntrica por definir su lugar en el mundo, saturado de espiritualidad y marcado por la necesidad de estar en buenos términos con los dioses” un mundo“permanentemente amenazado por la violencia, la guerra y la muerte”. Un mundo, añado, muy próximo al nuestro.

El Partenón está en el mundo de las formas ideales, que nos reconfortan, pero que nada tienen que ver con el griego actual (ni el pasado) y poco pueden apartar a nuestras vidas cotidianas. Del mismo modo que el busto de Nefirtiti nada tiene que ver con la esposa de Akenatón, cuya belleza y sensualidad hace milenios que han desaparecido para siempre en las arenas del desierto..

Lo griego no lo encontraremos por mucho que busquemos en la Acrópolis, al menos en la que nos han hecho imaginar, sino en los múltiples ferrys que van constantemente de un lugar a otro, dejando aquí y allá personas y objetos, y que lo llenan todo con su color y sus voces. Ese, más que otro, es el mundo de los griegos.

Un día al amanecer en uno de esos ferrys, que hacía la ruta de Atenas a Samos (el lugar de nacimiento de Pitágoras), me fijé en un perro que había sido embarcado junto con una pasajera cubierta con un manto negro. El pobre animal salía seguramente por primera vez de su isla y no sabía que ocurría.. Temblaba de miedo al ver como el barco se movía debajo de sus pies y su careto expresaba más que otra cosa el terror a lo desconocido. El mismo miedo que tenemos los seres humanos ante el futuro que nos espera y que necesitamos dominar u ocultar con nuestras ficciones y nuestros símbolos.

En las elecciones que se aproximan los griegos mirarán “el sueño” del Partenón pero viajarán en un barco tiritando de frío y de miedo como el perro de Samos.

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