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El pilón de la calle Armanyà

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Me propuse no convertir esta columna en la sección «Les cuento mi vida» y a fe que hago el esfuerzo cada semana. Sólo si el Nàstic asciende o si me hallo atrapado en un atasco en la Rambla Vella por culpa de la tolerada doble fila me lanzo a convertir estas líneas en algo personal. Pero creo que el pilón de Armanyà lo merece.

Les hablo del dispositivo (un cilindro vertical, básicamente) instalado de forma permanente para impedir la entrada de coches a esa calle desde Adrià. La medida (que se puso en marcha en enero y se calificó entonces, hace cinco meses, de «provisional») persigue proteger la entrada y salida de alumnos de la escuela Pau Delclós y de la Escola Municipal de Música.

Acambio, se obliga a quienes utilizaban (utilizábamos) esa vía a tragar con la intransitable Rambla Nova o, en sentido contrario, a bajar por el Zig-zag y aparecer en la céntrica estación de Renfe (muy útil si lo que uno quiere es dirigirse, por ejemplo, hacia la Plaça Imperial Tarraco).

Claro que hay que proteger la entrada y salida de alumnos de un colegio, y que Armanyà, por tanto, debe estar cortada a esas horas. ¿Pero de cuánto tiempo hablamos? ¿durante cuánto tiempo hay movimiento masivo de niños allí? ¿120 minutos al día? ¿La calle debe estar cerrada de forma permanente cuando sólo es realmente necesario durante 10 (o 20, si quieren)de las 168 horas que tiene la semana? Cierto que éramos pocos los que hacíamos uso de esa calle y que renunciar a ella es un sacrificio menor. Pero, ¿por qué no evitarlo si se puede, al menos en ciertas franjas horarias en que no hay peligro?

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