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El pobre recurso de la moratoria

Ninguna ciudad puede definir, por si sola, un modelo turístico ideal... si es que lo hay
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De vez en cuando revive la controversia sobre cuál es el modelo turístico ideal. Dista de ser asunto fácil porque nunca está del todo al alcance de quienes pretenden diseñarlo, primero, e implementarlo, después. Lo más socorrido es tratar de contraponer el tradicional sol+playa a otros, no siempre determinados, a los que se presuponen mayores estándares de calidad, prestigio y hasta cosas tan etéreas como “glamour”. Últimamente, algunos denostan que los visitantes sean muchos, llegan a decir demasiados, sugiriendo políticas para que sean menos, pero gasten más. Barcelona parece ir algo en esa línea, o al menos así se han interpretado las primeras decisiones del recién estrenado equipo de gobierno municipal encabezado por la alcaldesa Ada Colau.

La hasta ahora considerada medida estrella ha sido dictar una moratoria de un año en la concesión de licencias turísticas; es decir, no decidir nada durante al menos los próximos doce meses en aspectos tan sensibles como la apertura de nuevos hoteles, el alquiler de pisos turísticos y otras materias relacionadas con el sector. Previsible o no, las críticas han superado las alabanzas y, dado que no es la primera administración que opta por una decisión de este tipo, abundan cálculos y pronósticos de cuán negativa va a resultar. El tiempo dirá si ha servido para algo y, como aseguran sus patrocinadores, permitirá articular un modelo turístico idóneo para una de las ciudades más visitadas de Europa.

Se puede argüir que a Barcelona le convenía poner algo de orden en su realidad turística. Incluso es probable que le venga bien elegir unas pautas de presencia en el mercado que eviten cierto caos y dosis de improvisación percibidos desde el salto que supuso albergar los Juegos Olímpicos de Verano en 1992. Otra cosa es considerar que precisa cambios normativos o nuevos criterios -¿más restrictivos?- en la concesión de permisos, licencias y demás. Ninguna moratoria va a eliminar alojamientos «en negro» y pisos patera ni la afluencia masiva en puntos o barrios concretos. Puede que vayan incluso a más, por lo que suponga de freno artificioso y preludio de una mayor intervención, planificando más de lo conveniente. ¿Cómo acertar a fijar la línea entre demasiados o escasos hoteles para albergar la demanda? ¿Es realista elegir desde los poderes públicos en qué barrios van a tener que alojarse los visitantes? Los lugares más atractivos son los que son, están donde están, y sobre todo, aunque a algunos provoque urticaria, el mercado funciona libre y determina por encima de lo demás.

La incertidumbre es nociva para cualquier actividad económica y cuando, como es el caso del turismo, la competencia entre enclaves y territorios es aguda, resulta aún peor. Una moratoria interrumpe planes e inversiones ya encauzados con pleno respeto a las normas vigentes, con el consecuente perjuicio para los directa e indirectamente afectados y daños colaterales en materia de generación de empleo y riqueza. Pero sus efectos van más allá. Para empezar, nada garantiza que la cerrazón no se prolongue, por lo que el «olvido» de Barcelona como ubicación de nuevos proyectos puede extenderse a después del señalado 2016, a riesgo de que algunos nunca se lleguen a reactivar. Entre otras razones porque se sabe poco, más bien nada, de la filosofía planificadora del equipo que encabeza la alcaldesa Colau. Un año, en una actividad tan dinámica y competida, puede acabar resultando una eternidad.

El turismo es un fenómeno poliédrico y por ello ninguna ciudad, Barcelona tampoco, puede definir por si sola un modelo ideal... si es que lo hay. Es cierto que su potencial turístico se genera en parte por su indudable atractivo, pero no menos deriva de estar donde está. Quiere decir que municipios limítrofes, o no tan limítrofes, tienen también mucho qué decir, lo mismo que el resto de administraciones puede incidir y de hecho incide en la orientación del perfil de sus visitantes. Sólo por citar un aspecto, haber favorecido el posicionamiento del aeropuerto de El Prat como uno de los principales destinos de las líneas de bajo precio –mal llamadas low cost- ha generado cambios muy perceptibles en la tipología del visitante, con la consecuente proliferación de equipamientos y servicios para atenderlo.

Sin duda, toda generalización es mala. Las decisiones indiscriminadas, también. A los gobernantes se les escoge y paga para que actúen atendiendo los intereses de todos o, llegado el caso, no perjudicando sin necesidad. Siempre es complicado conciliar lo que piden o necesitan unos y otros, pero precisamente para ello han obtenido la potestad de decidir sobre la vida de los demás. Pero no siempre es así. Unas veces, el dogmatismo puede y otras se elige el recurso facilón de no hacer nada, en lugar de esforzarse en buscar y encontrar la solución mejor.

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