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El presidente pirómano

Álex Saldaña

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Álex Saldaña

Álex Saldaña

No descubriré nada si digo que Donald Trump es un peligro. Lo último que necesita un país que arde por los cuatro costados por la protesta contra el enésimo asesinato de un afroamericano a manos de un policía es un presidente pirómano.

¿De qué otra forma puede interpretarse que, tras un discurso a la nación en el que amenaza con la movilización del ejército, ordena a la Policía Militar cargar contra los centenares de manifestantes congregados pacíficamente para que el señorito vaya caminando hasta la iglesia de Saint John para sacarse una foto a las puertas del templo con una Biblia en la mano?

No creo que Trump sea tonto –o, al menos, no tanto–. Esos guiños a la fuerza policial y a la religión tienen mucho que ver con el hecho de que en cinco meses se jugará el cargo en las elecciones, golpeado por su gestión de la pandemia del coronavirus.

Trump ha respondido tal como espera su base de votantes, evitando cualquier llamado a la reunificación nacional y recurriendo a esa tendencia tan suya de echar más leña al fuego ante cualquier conflicto.

Claro que sus antecedentes no le ayudan: en 2011 impulsó el falso rumor de que Obama no había nacido en EEUU; en 1989 pidió la ejecución de «los cinco de Central Park», que fueron condenados erróneamente por una violación en Nueva York –les recomiendo ver la serie sobre este caso–; y en 2017, siendo ya presidente, realizó una defensa velada de los supremacistas blancos que asesinaron a una joven en Charlottesville (Virginia).

Sí, no se puede esperar mucho de este personaje, aunque un presidente debería tratar de calmar a su país, en lugar de contribuir a su incendio.

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