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El primer tarraconense que cumplirá mil años

La victoria contra la muerte. Cada día estamos más cerca de vencer a la mortalidad obligatoria para convertirla en una decisión tan personal como ya es hoy la de tener o no tener un hijo

Lluís Amiguet

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Estos días en que hemos visitado a los muertos es inevitable rebelarse contra la última gran desigualdad que nos separa a los humanos, porque no la hay mayor que la que existe entre los muertos y los vivos. Y negarse a aceptar la muerte cuando toca no es soberbia sino el corolario de nuestra liberación del mandato genético de nacer, reproducirnos y morir, como cualquier otro animal. 

¿Por qué debemos resignarnos a la vejez, la enfermedad y la muerte? Nunca las venceremos del todo, tal vez, pero hemos cuadruplicado nuestra esperanza de vida y su calidad y hemos derrotado al hambre; hemos reducido la guerra y la violencia y seguimos ganando unos días de vida cada año.

Hasta ahí los propósitos, pero la realidad es que las dos únicas formas de acceder a una presunta inmortalidad hoy por hoy exigen fe. Y, una, además, mucho dinero. La primera es la inmortalidad que prometen las religiones, pero doctores tiene la iglesia que saben más que yo de ella. Y la segunda es la que garantiza la criogenización, esa congelación en la que aún habita Walt Disney y a la que no creo que valga la pena dedicar una línea más.

Y, sin embargo, cada día estamos más cerca de vencer a la mortalidad obligatoria para convertirla en una decisión tan personal como ya es hoy la de tener o no tener un hijo. ¿Recuerdan cómo la paternidad nos sorprendía a menudo como hoy la muerte? ¿Quién no puede pagarse hoy un tratamiento de fertilidad? 

Si la inmortalidad de los dioses nació aquí en el Mediterráneo, la de los humanos está gestándose en California. Desde allí, el gerontólogo Aubrey de Grey lanza un formidable desafío: «La primera persona que vivirá mil años ya ha nacido» y el historiador de Homo Deus, Yuval Noah Harari, anuncia que este siglo será el de la victoria de nuestra especie contra la muerte.

He dicho de nuestra especie y no debería, porque será un triunfo que la transciende, el Transhumanismo, que trabaja para alargar nuestra existencia más allá de los límites de lo humano, de los genes, la carne y la sangre. El transhumanismo renuncia a nuestra identidad única para utilizar la biotecnología, la robótica, la genética en sus más avanzadas formas para reemplazar órganos, prolongar la vida de las proteínas y alargar telómeros, sustituir miembros por otros biomecánicos…Ya sé que suena a película, pero ¿A qué hubiera sonado una fecundación in vitro, como las que se hacen cada día en Tarragona, tan sólo hace 40 años?

Son tecnologías que cuestionan nuestros límites, pero que pueden dejar la vejez y sus estragos en algo a gestionar; igual que hoy se gestiona una hepatitis. No existe nada en una célula, me dijo el genetista del Instituto Salk de California, Juan Carlos Izpisúa, que la predisponga a morir. En condiciones normales, las de un laboratorio, puede vivir para siempre.

Tampoco hay, por tanto, nada en nuestro ADN que nos programe para una muerte cierta. La clave para ese salto del Humanismo al Transhumanismo reside en el cuándo. ¿Cuándo tendremos la tecnología para reemplazar lo dañado y degradado por los años? Los transhumanistas del Silicon Valley y sus iglesias hablan del 2050, pero esa inmortalidad estará reservada a los más ricos, que, hoy por hoy, viven en California.

El único aspecto socialista de la muerte era que nos igualaba, pero la inmortalidad, en cambio, va camino de ser muy poco igualitaria. Pero el terrible dilema que nos plantea el transhumanismo ya no es de dinero, sino de identidad. El filósofo cognitivo David Chalmers pone el dedo en la llaga cuando se pregunta si ese ser transhumano cuyos datos, sus recuerdos, pondremos en un poderoso disco duro quántico tendrá algo que ver con quien los vivió.

¿Será ese ser con nuestros recuerdos implantados algo más que una sombra virtual de lo que fuimos? 
Mientras reflexionamos, déjenme que felicite a esos tarraconenses que ya han nacido y vivirán mil años. Y que me pregunte quién pagará sus pensiones.

Lluís Amiguet es autor y cocreador de «La Contra» de La Vanguardia desde que se creó, en enero de 1998. Comenzó a ejercer como periodista en el Diari y en Ser Tarragona.

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