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El quiosco destituido

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Juan González Soto. Escritor

Juan González Soto. Escritor

Se me vienen a la cabeza tres razones -el lector decidirá si son de peso o no lo son- para suspender la destitución del quiosco de la Imperial Tarraco.

La primera razón: El quiosco de la Imperial Taraco es un monumento histórico. Sé muy bien que es incomparable en número de años con esa losa en relieve que ahora, saeteada y a duras penas, se mantiene en un rincón de la torre de Minerva. Sin embargo, el munícipe del ramo aseguraba ayer día 11 en el Diari de Tarragona que el «título habilitante que se concedió [al quiosco] hace 54 años [en 1967, exac-tamente] es anacrónico». Basta la etimología del adjetivo empleado por tan autorizada voz en ese gremio de la conservación de bienes materiales e inmateriales para acceder a la elevación de un concepto aún más excelso: dado que el quiosco es un bien anacrónico, está más allá, mucho más allá de lo frugal y estrictamente histórico, muy por encima -desde luego- de esa losa que, ahora agujereada, aguanta su triste peso en un rincón de la torre de Minerva.

La segunda razón: Es un monumento vivo. Es decir, muy por encima de un monumento meramente histórico, de eso que algunos llaman pasado, tan etéreo, tan difuso, tan difícil saber qué cosa es o anuncia. Es un monumento vivo porque alrededor de él y por él se reúnen personas que se buscan y se encuentran, quienes salen de viaje o ya lo acaban, quienes dejan la ciudad o a ella llegan, quienes han quedado para pasear o irse al campo. Vuelvo caprichosamente a lo histórico. Será mediante una anécdota que me cuenta mi amigo Ferran: en noviembre de 1975, tras la muerte del dictador, el quiosco de la Imperial Tarraco fue oportuno lugar de reunión para brindar con champán el mismo día del suceso.

El quiosco de la Imperial Tarraco es un monumento vivo. En esta ciudad se habla a menudo del pasado. Todo eso es muy interesante, no hay duda

El quiosco de la Imperial Tarraco es un monumento vivo. En esta ciudad se habla a menudo del pasado, sea romano o modernista, medieval o renacentista. Todo eso es muy interesante, no hay duda. Pero también está lo que pervive, lo que se mantiene, lo que continúa vivo y animando la pequeña vida de lo diario. No pocas veces, subsiste en un equilibrio malabarista o milagroso, a duras penas respirando, con latidos que se van haciendo, poco a poco, cada vez más espaciados, laboriosamente intermitentes.

Pero también está lo que pervive, lo que continúa vivo y animando la pequeña vida de lo diario

Ahora algún munícipe dice que conviene destituir ese quiosco que todo el mundo conoce y que está en un punto concreto pero innominado de la monumental circunferencia que es la Imperial Tarraco. Hay allí, en esa circunferencia, otros monumentos. No sé decir cuál de ellos es más alto o más bajo, más habitual en las fotografías de los turistas o más tenido en cuenta en los libros de arquitectura o de diseño.
La tercera razón (y esta debiera interesar a los munícipes que sean de izquierdas): el quiosco de la Imperial Tarraco es un lugar en que hay puestos de trabajo. Destituir el quiosco es aniquilar esos puestos de trabajo.

El consistorio tendrá sus motivos para destituir el quiosco de la Imperial Tarraco; razones no creo que tenga. Decía Maquiavelo que para el príncipe, para el mandamás arbitrario, lo más seguro es ser temido, mucho más seguro que ser amado. Dicho queda. Acabo con el latín de Horacio: Parvum parva decent («Al pequeño le cuadra lo pequeño»).

Juan González Soto. Escritor

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