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El referéndum del bocadillo

Nunca se supo si lo del bocadillo fue real o un bulo salido de las ganas de chirigota de la calle

Juan Ramon Ortega Ugena

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Hubo una época en la que era motivo de risa comentar que para que la gente acudiera a las manifestaciones de apoyo al sistema político o a votar se la motivara con la graciosa donación de un bocadillo. Con este incentivo se pretendía que las cifras de participación fueran cercanas al 100%, para que la comunidad internacional viera que éramos una sociedad unida y participativa. El bocadillo solo, sin nada más, serviría en la época del hambre pero, en el tiempo del que estoy hablando, había que seducir con algún plus: que el relleno fuera jamón y no chorizo, que además lo acompañara una pieza de fruta, un huevo duro y ¿una cerveza? Era una burla que corría por toda la sociedad, tanto por parte de los afectos como por la de los desafectos al Régimen.

Fletaban autocares para poner a esas personas a pie de urna. Contaban con los convalecientes de los hospitales. Iban a las residencias de ancianos para recoger tanto a los inquilinos como a las monjitas, que salían en la tele y en el noticiero con sus exageradas tocas. También sacaban a la calle a las de clausura y, por supuesto, a los soldados mayores de 21 años, que era la edad mínima que marcaba la ley para tener derecho al voto. Aunque en el caso de querer apabullar más, supongo que servirían los votos de los menores de esa edad. Pues es de antiguo que además de urnas haya pucheros. Había múltiples formas de coches escoba para que nadie se escapara de ejercer su democrática prerrogativa de votar.

En el canal único de televisión, en las emisoras de radio, en la prensa se manifestaban las ventajas que suponía para el país esa iniciativa política. El tono era optimista, casi eufórico. Se hablaba con aplomo, con calidez de lo beneficioso del cambio, de lo bueno que sería para la sociedad y que era darle en las narices a aquellos buitres exteriores que siempre maquinaban en contra de nuestros valores, carroñeros dispuestos continuamente a darnos lecciones de democracia, dispuestos a aprovechar cualquier signo de debilidad para arrojarse sobre el botín y cambiar nuestra idiosincrasia, la idiosincrasia del pueblo. Se llevaba al absurdo con prepotencia lo que no fuera sumarse a tal acontecimiento. Luego salían imágenes de ciudadanos de todas las proveniencias sociales conformes con su acto participativo.

La convocatoria de la votación, nada menos que para refrendar una ley fundamental, partía del Régimen, porque a nadie ajeno a él se le podía ocurrir que el sistema político no estuviera rotundamente rematado y que se pudieran introducir cambios. Con todo, hasta la gente llana percibía que era una estratagema para que nada cambiara y siguieran los de siempre. El Gobierno hacía campaña a favor de su propuesta sin imaginar otra opción. Si acaso, la contestación venía de los que todavía añoraban un sistema más ancestral.

Pero nunca se supo si lo del bocadillo fue real o un bulo salido de las ganas de chirigota que había en la calle. Eso sí, lo de los autocares y otros vehículos recogiendo y llevando al personal a los colegios electorales es histórico. 

Así como la utilización de cualquier medio que sirviera para que ejerciéramos libremente nuestro derecho básico.

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