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El regreso a la tribu de la diputada Anna Gabriel

El discurso de la diputada resulta coherente con el pensamiento radical anticapitalista de la CUP

Martín Garrido

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A finales de mayo de los años treinta del siglo pasado, unos australianos buscadores de oro en la Isla de Nueva Guinea remontaron una loma y descubrieron que en los valles interiores existían seres humanos que desconocían el mundo exterior. No conocían nada excepto los alrededores de su propia tribu, viajar unas diez millas era peligroso y difícil, viajar entre los extremos de un valle era imposible, viajar más allá de los valles era inconcebible, leemos en un apasionante libro (First contact: New Guineas Highlanders encouter the outside World, Viking, 1987). En este libro se cuenta mediante entrevistas a sus protagonistas este primer contacto entre dos civilizaciones que habían vivido durante miles de años sin saber nada una de la otra.

En los valles del interior de la isla mayor del mundo habitaban una pluralidad de tribus completamente diversas, que hablaban más idiomas que todos los conocidos hasta el momento. Aunque se encontraban entre los primeros en conocer la agricultura, su aislamiento les había hecho quedar al margen de nuestra evolución, desarrollando sus propios modelos sociales y familiares. En términos comparativos se encontraban en la Edad de Piedra. La experiencia sociológica y antropológica era apasionante.

El interés por los modelos sociales alternativos a los nuestros había comenzado antes. Los estudios de campo del polaco Malinowski realizados precisamente en las islas de Paupasia a comienzos del XX descubren a los occidentales un mundo completamente distinto en temas sexuales y familiares, en los que el beso es desconocido y «montar a una hembra por diez o doce hombres», habitual. Antes que Malinowski, el abogado americano Morgan a mediados del XIX había observado que las relaciones de parentesco entre los miembros de una tribu ponían de manifiesto la existencia de múltiples modelos de familia (entre los que estaban los incestuosos).

Hace unos días ciertas declaraciones de la diputada de la CUP Anna Gabriel («me gustaría tener hijos con muchos hombres en una tribu») han dado la vuelta a las redes sociales y ha provocado todo tipo de chistes, algunos de muy mal tono, como un fotomontaje en que bajo el texto «Esperando a Anna Gabriel para empezar a copular» se veía en la parte superior a la diputada y en la inferior unos indígenas que portaban la estelada. Los indígenas podían identificarse como de Nueva Guinea.

Friedrich Engels publica a finales del siglo XIX un libro (El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado en relación con las investigaciones de L. H.Morgan), en que se basa toda la doctrina marxista posterior sobre la familia y las relaciones sociales. En dicho libro, Engels se hace eco de las palabras de Marx escritas en 1848: «la primera división del trabajo es la que se hizo entre el hombre y la mujer para la procreación de hijos»; y añade de su cosecha: «el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia». Proclamar la supresión de las clases sociales lleva implícita la supresión de la monogamia y la vuelta a modelos familiares anteriores completamente distintos.

Aunque una gran parte de la población española, entre los que se encontrarán también muchos miembros de la CUP, no harán suyas estas ideas tribales, vemos que el discurso de la diputada resulta coherente con el pensamiento radical anticapitalista de su partido.

No obstante, aunque parezca un discurso novedoso, en realidad suena a ecos de un pasado ya superado hace mucho tiempo: a su manera es tan ‘carca’ como muchas opiniones de la derecha casposa. Transcurrido más de un siglo del libro de Engels y de las investigaciones de Morgan, el mundo actual es distinto. La libertad sexual de la mujer tanto dentro como fuera del matrimonio y la aparición a mediados del siglo pasado de los anticonceptivos, la incorporación de la mujer al trabajo fuera del hogar, la reciente admisión del matrimonio homosexual y la existencia en nuestro siglo de varios modelos de familia (como la monoparental, la homosexual y la reconstituida) han supuesto (y supondrán a medida que se vayan desarrollando) cambios trascendentales.

Cuando en el año 1999 publiqué mi manual universitario de Derecho de Familia inserté una dedicatoria inicial que decía «a los Yale de Irian Jaya, que también tiene su familia y su Derecho de Familia, aunque diferente». La misma dedicatoria se incluía en la segunda edición realizada unos años después (Marcial Pons, Madrid-Barcelona-Buenos Aires-Sao Paulo, 2013). Aclaremos que los Yale son una de las muchas tribus de la parte indonesia de Nueva Guinea.

La dedicatoria no era un adorno floral, quería expresar que mi libro trataba sobre un modelo de familia (de relaciones conyugales y paterno-filiales, de concepción de la paternidad, la filiación y el parentesco) visto desde un lugar (el nuestro y en concreto el catalán) y una época (la actual). No se prejuzgaba la existencia de otros modelos distintos tanto en el espacio como en el tiempo y, desde luego, no se quería decir que el nuestro fuera inmutable y que debiera generalizarse a toda sociedad. Simplemente se quería decir que después de muchas experiencias negativas era el que habíamos elegido.

Cuando me preguntan cuál me parece el mejor lugar para viajar, respondo sin dudar: Irian Jaya. Un lugar en que los hombres (y de vez en cuando alguna momia) viven en la misma cabaña; mientras las mujeres, los niños y los cerdos, todos juntos, se reparten en las otras. Un lugar en que una simple caja o una cremallera es una novedad; y freír dos huevos, un acontecimiento social.

Si la pregunta fuera el mejor lugar para vivir, mi respuesta sería otra.

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