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El sentir heroico

De repente, todo el mundo se ha convertido por ciencia infusa en helenista
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Tendemos a dar la razón a nuestros sentimientos, a menudo en contra de la razón propiamente dicha. (La razón duda. El sentimiento, jamás.) Tendemos a creer que nuestros sentimientos se legitiman no tanto por el hecho de ser sentimientos como por el hecho de ser nuestros. Tendemos, en fin, a que los sentimientos se impongan no ya solo a nuestra realidad, sino también a nosotros mismos, a menudo con la vehemencia con que se padece una pasión A nivel de calle se aprecia una aplicación creciente y recurrente de la sentimentalidad a los análisis políticos, lo que no sabemos si es bueno o malo, peligroso o beneficioso, aunque sí podemos intuir que, en cualquier caso, resulta inoperante. Bueno, quizá no del todo, ya que sirve para rellenar kilómetros y kilómetros cuadrados de Facebook y de Twitter, plataformas idóneas para la expresión no ya de un pensamiento débil y tal vez menos líquido que gaseoso, sino incluso de un pensamiento tipo ‘telettubie’: el pensamiento buenista, el mundo de colores puros. Lo hemos vivido recientemente con la crisis griega, en la que muchos han optado por divulgar el lema enternecedor de ‘Todos somos Grecia’, con arreglo a esa fórmula de solidaridad que parece imponerse: no la de encarar un problema desde la indagación racional del problema, sino desde la identificación emocional con el problema, como si el hecho de manifestar empatía por los griegos tuviese alguna utilidad para los griegos. De repente, todo el mundo se ha convertido, por ciencia infusa, no solo en economista y en politólogo, sino también en helenista, cuando es posible que el comportamiento del Gobierno griego no logre entenderlo ni siquiera el Gobierno griego. Pero la empatía tiene al menos dos ventajas: salir gratis y no comprometer a nada. Y en eso estamos: en la exhibición de una sentimentalidad ornamental, sin otra consecuencia práctica que la de halagar nuestra conciencia.

Cuando aplicamos un sentimiento a un problema político estamos adoptando un rol heroico: el del implicado en una causa noble, así sea a una distancia prudencial. Un rol que deja el problema exactamente en la misma dimensión que tenía, pero que a nosotros nos deja la moral barnizada. Y es que los argumentos derivados de la razón están muy bien, pero tienen el inconveniente de que no sirven para vociferar, y el placer de vociferar al son de nuestras emociones primarias no suele tener parangón.

Andamos además en las espirales retrohistóricas: Grecia es la cuna de la democracia (al igual que Hamburgo lo es de la hamburguesa), los alemanes de hoy son nazis encubiertos, Grecia no la han hundido los Gobiernos elegidos democráticamente en la cuna de la democracia, sino los usureros que se niegan -qué desengaño tan grande- a ejercer de filántropos.

Y todos, en fin, con la mano en la cintura. Dictaminando.

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