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El silencio de los cobardes

Dánel Arzamendi

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Cuando apenas nos hemos recuperado de las elecciones municipales y las catalanas, el circo electoral vuelve a la ciudad con las generales de diciembre. Este maratón sufragista al menos servirá para dar un respiro a las pobres imprentas: cientos de miles de programas estériles, folletos embusteros, carteles con Photoshop, banderitas de todos los colores... Las empresas demoscópicas tampoco dan abasto para satisfacer nuestros deseos de anticipación, aunque ya nos tengan acostumbrados a sus flirteos con quien encarga cada encuesta. Pese a todo, parece razonable resumir el panorama con cuatro simples frases: el PP cae pero no se hunde, el PSOE remonta pero no gana, Ciudadanos avanza pero no arrasa, Podemos se desinfla pero no desaparece. En definitiva, el bipartidismo sociopopular consolida su mala salud de hierro, mientras los dos nuevos partidos emergentes no terminan de relevar a sus respectivos referentes. Como consuelo, es probable que los recién llegados acaben teniendo la llave de la Moncloa, puesto que las posibilidades de una nueva mayoría absoluta en el Congreso son prácticamente nulas.

Analizando las posibilidades de pacto de las dos grandes formaciones tradicionales, llama la atención la tremenda soledad del actual partido de gobierno. Los populares han recorrido la legislatura despreciando la compañía del resto de grupos, abusando de su superioridad como un matón de patio de colegio, pues no necesitaba la ayuda de nadie para que todo transcurriese según su voluntad. El problema es que ya han pasado varios cursos, el resto de compañeros ha dado un sorprendente estirón, y ahora las piernas de Rajoy comienzan a temblar al percatarse de su aislamiento extremo. La desproporción de fuerzas ha desaparecido y ahora las va a pagar todas juntas. Sólo el líder de Ciudadanos estaría dispuesto a tenderle la mano, pero esa eventual negociación será para los populares una apuesta cara, tremendamente cara. Si las cuentas son propicias, es seguro que el partido naranja planteará una oferta que en Génova no podrán rechazar, y no podrán rechazarla porque no tendrán otra. La soberbia y la soledad son dos caras de una misma moneda.

Por contra, son numerosas y muy variadas las posibilidades que la aritmética parlamentaria puede reservar a los socialistas a partir del 20-D. Si el PSOE logra unos buenos resultados es muy probable que intente cerrar un acuerdo de gobierno con Ciudadanos, efectivamente, pero también puede intentarlo con Podemos, Izquierda Unida o los nacionalistas catalanes y vascos. Incluso hay quien habla de una Große Koalition con los populares si se diera un escenario extremo, una posibilidad a mi juicio descartable pues significaría un suicidio político para ambas formaciones. En cualquier caso, lo que parece indiscutible es que Pedro Sánchez tiene en su mano muchas más cartas que Mariano Rajoy, una de las claves de la cuestión.

Efectivamente, en un escenario de pactos lo fundamental es la disponibilidad de opciones. Sólo quien tiene limitadas sus posibilidades está abocado a pasar por el aro. Aún no conocemos la exacta composición de la Cámara Baja, pero la orquesta ya ha empezado a tocar y los abanicos comienzan a enviar mensajes cifrados de una punta a la otra del salón de baile. Quienes parecen tenerlo mejor son Albert Rivera y Pedro Sánchez: Ciudadanos puede intentar un acuerdo hacia la derecha con el PP o hacia la izquierda con los socialistas, mientras el PSOE puede alcanzar un pacto hacia el centro con Ciudadanos o hacia la extrema izquierda con Podemos. Pablo Iglesias va a tener una velada un poco más complicada, pues sólo podrá unirse a la danza si acepta la mano que le tienda el líder socialista, aunque siempre podrá permanecer sentado toda la noche para criticar lo mal que bailan los demás (una posibilidad que entra dentro de lo asumible para un partido como Podemos). El que lo tiene realmente crudo es Rajoy, pues está acostumbrado a ser el centro de la fiesta y ahora sólo tiene posibilidades de bailar si Rivera le saca al centro de la sala, teniendo bien claro que será Albert quien lleve a Mariano y no al revés. Se acabaron los solos de muñeira.

En cualquier caso, un contexto tan complejo requiere una clarificación exhaustiva de las ofertas programáticas por parte de todos los partidos. Esta exigencia ciudadana de explicación completa y concreta de los diferentes proyectos políticos encuentra su mejor cauce de expresión en el debate abierto, una institución omnipresente en las democracias avanzadas. De hecho, a lo largo de esta semana las cuatro principales formaciones en liza han fijado su postura ante las previsibles demandas de duelo: PSOE, Ciudadanos y Podemos están dispuestos a debatir sobre todo y frente a todos, mientras el PP se ha mostrado mucho más esquivo ante esta posibilidad, pese a la escasa confianza que trasmite un partido que no se atreve a defender sus propuestas frente a sus adversarios.

Era previsible que Mariano Rajoy, el presidente del plasma y las comparecencias sin preguntas, se manifestara reacio a debatir a pecho descubierto. Sus habilidades frente a los micrófonos (¿y la europea?) son de sobra conocidas. Sin embargo, en una democracia consolidada los debates no son una prerrogativa de los políticos sino un derecho de los votantes. Los países de nuestro entorno asumen como una verdad evidente que una carrera electoral conlleva necesariamente el combate dialéctico directo entre quienes aspiran a gobernar, mientras en España esta práctica sigue secuestrada por los equipos de campaña de los principales partidos políticos. Ya va siendo hora de rebelarnos: los cobardes no merecen nuestro voto.

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