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El silencio de los decentes

Si la mayoría son honestos, es hora de que se separen drásticamente de los que no lo son
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La tentación es cada vez más intensa: jubilar o, dicho coloquialmente, mandar a paseo a quienes han gobernado –y gobiernan– desde 1977. Suena drástico, pero es lo que induce la perenne sucesión de chascos, decepciones y escarnios de parte de quienes se presumían decentes... y ha resultado que no lo son. La lista se va ampliando y alcanza transversalmente a todo partido que ha tenido opción u oportunidad de ejercer poder. Pero ni en sus cúpulas ni en el grueso de sus militantes se percibe la contundencia precisa para convencer al ciudadano de que la golfería no es norma, sino excepción.

Hay que reconocer que, más allá de otras consideraciones, la apelación a ‘la casta’ ha hecho fortuna, calando en buena parte de la sociedad. Descrita de muchas formas, una reciente habla de «políticos corporativos, envidiosos de la élite hiperrica que ellos han ayudado a crear, frustrados por estar perdiéndose el botín de sus propias políticas». Suene poco o muy familiar, corresponde a un interesante libro de reciente aparición, El Establishment. La casta al desnudo, de Owen Jones (Seix Barral, 2015), centrado en describir hasta qué punto se ha pervertido el sistema de partidos y representación política en Reino Unido, una de las democracias más veteranas del mundo. Se puede discutir si aquí se ha llegado o no tan lejos, pero es indicativo de adónde se puede llegar.

Tomar la parte por el todo suele resultar injusto y a mendo es irreal. Establecer porcentajes de decentes e indecentes en un colectivo no es fácil, pero tampoco lo es fijar a partir de qué cuantía se debe considerar mayoritaria la desvergüenza o hay motivos para seguir creyendo que sólo es minoritaria. Queda base para admitir que los indecentes son menos que los que actúan con ética y honestidad, considerando la presunción de inocencia o que los pillados representan estadísticamente poco sobre el conjunto, pero choca con la recurrente y ampliada duda de cuántos habrá que han evitado ser descubiertos y difícilmente saldrían bien librados de una leve investigación. En definitiva, frente a la constatada certeza de que quienes figuran en las listas de corruptos suelen serlo, se afianza la sospecha de que no estén todos los que son.

El asunto no va de estadísticas, sino de percepción. Y ésta, qué duda cabe, no cesa de ir a peor. Ningún partido puede ni debe presumir de ejemplaridad. No sólo, aunque también, porque en todos se han producido episodios reprobables, sino por su actitud genérica frente al desempeño corrupto, falto de ética o incompetente. Casi siempre, lo que sigue al descubrimiento de la golfería es peor que el hecho en sí. Por principio, negarlo todo, atribuirlo a etéreas conspiraciones o venganzas y, por si acaso, anticipar que el adversario hace lo mismo, pero más y peor. Y si no queda más remedio que reconocerlo y adoptar alguna medida, se suele hacer con mal talante, a desgana y, como vulgarmente se dice, arrastrando los pies. No puede extrañar, pues, que una mayoría de la sociedad haya acabado convencida de que se encubren porque, unos más, otros menos, todos tienen algo que esconder.

Cada vez más, los partidos son vistos como maquinarias para obtener el poder, primero, y aprovecharse, después. Descuidan o fallan los procesos de selección. Tampoco funcionan los mecanismos de control y supervisión: aún es la hora de que descubran internamente una irregularidad. Y, si finalmente llega, el escarmiento es tardío, insuficiente e ineficaz en términos de referencia y ejemplaridad. La reflexión suele cerrarse con la sospecha de que quien no se ha corrompido o ha aprovechado su posición es porque no ha tenido oportunidad. Es difícil imaginar peor conclusión.

Frente a semejantes realidades, cuesta lo indecible entender la actitud, entre indiferente y encubridora, que caracteriza la dirección de los partidos con más incursiones en casos de corrupción. Y roza lo imposible entender que esas mayorías presuntamente honorables que nutren la militancia no se hayan rebelado drásticamente. En primer término, contra quienes se han aprovechado del cargo, manchado el nombre y la reputación del colectivo y abocado al conjunto a perder el poder. Pero no menos, tomando la iniciativa para relevar a quienes toleran, protegen, avalan, encubren o como mínimo contemporizan con la desfachatez.

Alguien, entre esa mayoría que se sigue presumiendo decente, debería haber dado o dar el paso al frente para limpiar el partido, enderezar el rumbo y tratar de recuperar la confianza de la sociedad… si aspiran a sobrevivir políticamente. En pocas palabras, si de verdad la mayoría es ajena y no participa del latrocinio, ¿qué espera para demostrarlo?

Es responsabilidad de los políticos, en general, y de los militantes de cada partido, en particular, actuar para que los ciudadanos no se vean empujados a generalizar. A ellos compete la iniciativa para intentar que los ciudadanos distingan entre quienes son desvergonzados y quienes actúan con plena honestidad. Es, sin embargo, un camino por estrenar.

Eso que suele llamarse corrección política sostiene que los sinvergüenzas son minoría y predominan los que ejercen la política guiados por principios de ética y honestidad. Admitiendo que sea cierto, lo malo es que no están haciendo lo suficiente para demostrarlo. El silencio de esa supuesta mayoría decente no lo conseguirá.

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