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El silencio del rebaño

Con un gobierno presuntamente progresista y de izquierdas, los del rebaño han de pagar precios históricos por el consumo de electricidad o de gas, servicios esenciales
 

Ángel Camacho

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Ángel Camacho - Abogado

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Lo del rebaño, para definir sanitariamente a la ciudadanía de este país, me parece acertado. Aunque el artículo 1 de la Constitución de 1978 señala como fines superiores del ordenamiento jurídico, la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político, todas ellas, salvo quizás la última, son palabras que el viento de la historia ha ido deteriorando. Porque la Constitución es una señora ya ajada por el uso –mal uso– con el maquillaje de 1978 algo corrido, y el ropaje lleno de polvo de los caminos que ha transitado.

No otra cosa es el conjunto de unos ciudadanos a los que cada día se les hace tragar sapos.

Un país con oligopolios consolidados (oligopolio, del griego oligo y poleo, vender; situación en que unos pocos tienen el control del mercado). Con un gobierno presuntamente progresista y de izquierdas, los del rebaño han de pagar precios históricos por el consumo de electricidad o de gas, servicios esenciales. Sin que nadie–desde el tan cacareado Felipe González– haya puesto orden en ese fraude democrático.
Con un clientelismo que produce náuseas: con las famosas «puertas giratorias». En el más mafiosos ejemplo del yo te doy algo a ti, pero tienes que darme algo a mí. Es igual que sean empleos, medallas o prebendas varias. 

Y la nave sigue, a trancas y barrancas, eso sí, pagando casi siempre los mismos. O sea, los del rebaño. La enorme clase media (baja y media: la alta es otra cosa)

Al fin y al cabo, Nicolás Maquiavelo era vecino nuestro y se dice que Ferràn «el catòlic» fue el que posó para su retrato de un príncipe. 
Mientras tanto, para entretener al personal, se le sube las miserables pensiones en unos pocos euros y tienen que ser los tribunales de justicia los que –al fin, hombre– declaren ilícitos civiles y sociales. En las alturas del Estado hay una lucha sorda entre los poderes. O no se cambia un Consejo General que lleva dos años caducado, o se dictan sentencias corrigiendo al Ejecutivo, que navega como puede entre las olas de las Cortes, según soplen los vientos partidistas y el calibre de los insultos que «sus señorías» ser prodigan ante el estupor de los del rebaño.

Dejemos esos aspectos, y topamos con un Concordato, celebrado en los fastos franquistas. Los miembros de una iglesia deben ser los que paguen los gastos de su organización. Tanto si son musulmanes, judíos o cristianos (como este país, católico de boquilla, en el que apenas un 14 % es practicante). Eso sí, es muy bonito bautizar, confirmar, comulgar, casarse, en una iglesia porque conlleva un festín, un derroche social que llena de orgullo. Y la nave sigue, a trancas y barrancas, eso sí, pagando casi siempre los mismos. O sea, los del rebaño. La enorme clase media (baja y media: la alta es otra cosa).

No se olvide: seguimos en medio de la pandemia, con muertos cada día y bastantes, con secuelas. 
 

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