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El síndrome de Scrooge

Una afección que se ceba en el alma y nos impide valorar las cosas bellas y simples cotidianas
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Hoy, estimados lectores, quería hablares de un viejo compañero y, por qué no, amigo, desde hace muchos años. Un personaje que me ha acompañado casi cada Navidad, desde que lo conocí por primera vez de la mano de Dickens: Elbenezer Scrooge.

Scrooge es, en un principio, un individuo seco, encerrado en sí mismo. Incapaz de comprarse una simple bufanda, con tal de no gastar ni un penique de sus pertenencias. Con la mirada clavada en el suelo, solamente se deja deslumbrar por el brillo de las monedas. Su credo son los balances y su dios, el oro. Sin embargo es mezquino hasta consigo mismo. Y esa mezquindad brota directamente de un alma y una mente pobladas de fantasmas del pasado. Carne de psicólogo, podríamos decir, Scrooge vive traumatizado por la falta de cariño y, obviamente, por una incapacidad total de reconciliarse con lo que ocurrió, y construir una realidad nueva y fértil en emociones positivas.

Elbenezer tiene una vida triste. Y lo peor es que lo sabe. Y desprecia a quienes, a su lado, ríen y disfrutan con las cosas sencillas de la vida. Odia lo que él llama «ñoñería» y «blandura», porque no es capaz de reencontrar algo parecido en su interior. Detesta la Navidad, porque representa todo aquello de lo que él ha carecido y carece: el amor, en todas sus vertientes. Se encerró hace años en su torre de oro mohoso, y se ha ido inmovilizando a base de cadenas, como las que su antiguo socio, ahora fantasma redimidor, le muestra en una noche de matices infinitos.

Y por qué quería hablaros hoy de ese personaje? Pues porque en estas fechas, en las que creyentes, ateos y agnósticos tendemos a hacer una especie de balance del año, es saludable fijarnos en la incidencia que tiene, ya no en nuestras vidas, sino en nuestra sociedad, en la de ‘aquí’, lo que yo he dado en llamar ‘el síndrome Scrooge’. Una afección que se ceba en el alma y nos hace incapaces, como a nuestro personaje, de valorar las cosas bellas y simples que cada día tenemos a nuestro alrededor. Y, tomando como credo lo que la sociedad de consumo nos dicta, y como dios el afán de tener y ser más que la mayoría, nos dejamos llevar por un camino, por el cual transitamos en estas fechas, con la cabeza baja, deslumbrándonos con las luces de led que nos rodean, en lugar de buscar aquellas que, más arriba, se nos ofrecen generosamente, sin pedirnos nada a cambio, más que un poco de humildad ante su belleza… Dice Scrooge en un momento de la novela, y en respuesta a una imagen de unos niños abandonados a su suerte en plena Inglaterra victoriana, época especialmente dura para los más pobres: «¿Y qué si tienen que morir? Si han de morir, que mueran... Así se resolverá el excedente de población»… Nadie, en su sano juicio, dice algo así en público, ni casi en privado… Sería un suicidio personal, y no digo ya político. Sin embargo, los hechos, por ejemplo en lo que respecta a la sanidad pública, parecen desgraciadamente inspirados por la frase dickeniana… ¿O no?

Scrooge camina por la vida mirándose el ombligo. Juzgando al prójimo con un rasero hecho a medida de su mezquindad. Creyéndose el poseedor de la verdad absoluta: lo único que cuenta es lo que se tiene; y, aún más, no hay que gastar ni un céntimo de ello, y menos aún en cosas inútiles, como mejorar la sociedad. Ni un penique para el deshauciado; para el desempleado; para el transeúnte sin rumbo fijo; para el niño sin hogar. Ni un penique de su oro, ni de su tiempo… ni de su corazón… Porque la mezquindad más profunda, la que es fuente de todas las demás, es la del alma. De poco sirve la limosna física si no va acompañada de la donación interior. Del reconocimiento de que aquella persona que tenemos delante es igual a nosotros: sólo nos separa una circunstancia que, ante el ser humano desnudo de toda vestimenta externa, es totalmente irrelevante… pero que contribuye a marcar por dónde anda nuestra escala de valores.

El socio de Elbenezer le muestra la noche espectral de Londres: en el quicio de una puerta, una mujer, con su hijo en brazos, pide ayuda. Y ante ella, sin poder ser visto ni escuchado, un fantasma, cargado de cadenas de oro, ahora oxidado e inútil, lamenta amargamente no poder hacer desde el otro mundo lo que en vida consideró como algo sin la menor importancia: ayudarla. Siempre he pensado que, si hay infierno, sin duda debe de ser algo parecido: la sensación de la impotencia eterna para enmendar lo que ya es inemendable…

El Scrooge de antes de su ‘rehumanización’ camina por nuestras calles. Y cuando la emoción nos embarga, y los pies se nos aligeran, y el alma se eleva ante la belleza de nuestro entorno; o cuando nos indignamos y reaccionamos contra la injusticia y el pisoteo de los derechos humanos más básicos; o cuando se nos eriza la piel con el abrazo o la mirada de un amigo del alma, o vibramos con un apretón de manos, unas palabras de consuelo, un reencuentro largamente esperado…; en todos esos y otros momentos, en que nuestra calidad humana olvida los oropeles, deja de mirar al suelo y se pone de pie, él intenta susurrarnos al oído una simple palabra, ya famosa, que se pronuncia con un olor a hiel en la boca: «¡Paparruchas!»…

Estimados lectores: estamos en época de balance. Aunque yo creo firmemente que la Navidad es un cumpleaños muy especial, pero sólo un cumpleaños, y que, por tanto, su protagonista sigue vivo el resto del año, y que los buenos propósitos deben ser buenos hechos a cuarenta grados, como a diez, no deja de ser un tiempo, digamos, singular. Leamos la historia de Scrooge. Su proceso de autoperdón. Su reconciliación con los recuerdos. Olvidemos al mezquino, al egoísta, al autocomplaciente, al superficial. Y quedémonos con su frase final. Sí, la he dejado para el final…: «¡Que Él bendiga a cada uno de nosotros!» . Felices, sinceras y vividas fiestas, estimados lectores!

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