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El test de la Carta Magna

El templo de Sabarimala. Las mujeres de la India han conseguido un hito al acceder al lugar sagrado. Han demostrado que la igualdad está por encima de la religión

Judit Algueró

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La semana pasada, dos mujeres indias hicieron historia cuando entraron -escoltadas por policías- al templo de Sabarimala, en el estado de Kerala al sur de la India.

Desafiaron el celibato de la deidad Ayyappa, que es según sus devotos el carácter fundamental del templo y razón por la cual se prohíbe la entrada a las mujeres en edad menstrual. 

Un día antes, y casi como una resolución de año nuevo, millones de mujeres formaron durante 15 minutos un ‘muro humano’ de 620 kilómetros para reclamar la igualdad de género. La acción fue organizada por el Partido Comunista de la India, que gobierna en Kerala con otras 176 organizaciones político-sociales para protestar contra las tradiciones obsoletas vinculadas con Sabarimala.

Lo curioso es que, hasta 1991, las mujeres entraban en el templo en pequeños grupos. Sin tantos aspavientos. Ese año el tribunal de Kerala ratificó la restricción de entrada a las mujeres alegando que la norma era coherente con prácticas inmemoriales y por tanto debía ser respetada.

Para muchas feministas hindúes, la decisión legitimó el patriarcado, la misoginia y la noción de la menstruación -y de la mujer- como algo impuro. Ayyappa no es una deidad cualquiera. El peregrinaje anual a Sabarimala es uno de los más concurridos del mundo, que se estima entre 17 y 50 millones de visitantes cada año.

Llegan desde todas partes de la India, la mayoría en vehículos, otros recorren miles de kilómetros a pie. En Anantapur, a 800 kilómetros de Sabarimala, es común ver a grupos de peregrinos caminar por el arcén de la autopista nacional de camino a Kerala. Se reconocen por ir vestidos de negro, muchos andan descalzos.

Las dos activistas que accedieron al templo el miércoles de la semana pasada también llevaban negro. Fueron las primeras féminas que oficialmente consiguieron acceder al espacio sagrado desde que el Tribunal Supremo de la India derogara la prohibición en septiembre, declarándola inconstitucional y discriminatoria, en otra de sus sentencias asombrosamente progresistas.

Devotos, seguidores y tradicionalistas no iban a aceptar tal ‘profanación’ pasivamente. Llevan meses guardando las puertas del templo con virulencia y truncando los sucesivos intentos de acceso. Grupos tradicionalistas declararon varias huelgas que consiguieron paralizar el estado sureño durante varios días durante los cuales se registraron múltiples incidentes de violencia.

La gran mayoría de estos defensores son hombres, pero entre ellos también hay muchas devotas. En la decisión judicial, la única voz disidente fue la de la jueza de la sala, la magistrada Indu Malhotra, que discrepó de la sentencia (que, por cierto, es tan completa que tiene una extensión de 400 páginas). Según ella, todo lo que constituya una práctica esencial religiosa tiene que ser lidiado dentro de la misma comunidad y no debería ser un asunto en el que decida la judicatura. «Las nociones de racionalidad no pueden ser invocadas en lo que concierne la religión», añadió.

El debate es una cuestión de prioridades. ¿Qué está por encima: nuestros valores religiosos, nuestra tradición o nuestra carta magna, los derechos humanos? En su interpretación de la Constitución india, la sentencia sobre el caso de Sabarimala lo deja claro. La igualdad está por encima de todo.

El derecho al culto es más importante que el respeto a la liturgia. Aunque política y justicia deben considerar las culturas y tradiciones de los ciudadanos, cada rito y práctica debe pasar el test de la Constitución. Y por extensión, todas las esferas de actividad deben ser cuestionadas también desde la perspectiva de género para  reevaluar las prácticas restrictivas. Eso debería ser así en la India y en cualquier estado que se declare como democracia laica.

Judit Algueró trabaja desde 2015 en la Fundación Vicente Ferrer desde su sede en Anantapur, en el sur de la India. Es de Móra d’Ebre, estudió Periodismo en la Universitat Rovira i Virgili y tiene un máster en Periodismo Internacional por la Universidad de Cardiff (Reino Unido)

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