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El trilema catalán

Dos opciones para el independentismo. O deja de ser democrático e intenta imponerse por otros medios como minoría o acepta el estatus vigente y trabaja para ampliar su base social demostrando su gestión y seducción 

Lluís Amiguet

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Los humanos hemos evolucionado para cansarnos lo justo. Y pensar lo mínimo. Por eso nos gusta el fútbol, el boxeo, las cartas -nunca juegues a la Manilla contra uno del Serrallo- y todas aquellas experiencias que reducen la inmensa complejidad del mundo a un resultado binario: luchas o huyes; mandas u obedeces; ganas o pierdes; ellos o nosotros.

La realidad, amigos, es mucho más complicada de lo que estamos dispuestos a discurrir para entenderla. En política también tendemos a simplificar los intrincados problemas que plantea la convivencia en la diversidad y la pluralidad a un dilema binario y dos soluciones, es decir, dos bandos.

Odiamos el gasto energético que implican las dudas y suspender el juicio, así que solemos elegir bando y estamos seguros de que es el que tiene la única razón. Así en vez de devanarnos los sesos, por ejemplo, intentando concebir y apostar por un modelo sanitario o educativo moderno; es más fácil decir que nos gusta «la pública» o «la privada».

Pero, a menudo en la política las decisiones que solucionarían nuestros problemas no son dilemas de sí o no; sino, como demostró Condorcet, trilemas. Y, además, irresolubles. Uno de los más conocidos fue el de David Ben Gurion, primer presidente de Israel: quería fundar un estado sólo judío; además, en tierra palestina de mayoría árabe y, además, democrático.

Las tres cosas a la vez se demostraron imposibles. Porque si era sólo judío, no podría fundarse en Palestina, ya que allí no incluiría a la mayoría árabe por lo que no podría ser, además, democrático, ya que sin consenso posible requeriría aplicar la fuerza para imponerlo.

En la era soviética se hizo famoso otro chascarrillo con trilema revelador: Dios propone a los soviéticos elegir entre tres opciones, pero solo podrán disfrutar dos.  Pueden ser honrados, inteligentes o miembros del Partido Comunista. Porque está claro que, si eres honesto y listo, no puedes ser del partido; y si eres comunista y honesto, entonces es que no eres muy listo.

Un trilema parecido al de Ben Gurion nos atrapa ahora a los catalanes -el estado español también afronta los suyos- después de seis años de tensiones entre la minoría del 47,8 % que ha votado opciones independentistas y el 53% que no las ha escogido.

Los independentistas son mayoría en el Parlament, gracias a las compensaciones de la Ley d´Hondt de nuestra ley electoral, pero nunca la han conseguido en votos, así que la creación de un estado catalán se enfrenta a la misma paradoja: si los independentistas fundan un estado sólo para ellos en un territorio en el que no son mayoría, ese nuevo estado no puede ser democrático. Así que al independentismo le quedan dos opciones: o deja de ser democrático e intenta imponerse por otros medios como minoría o acepta el estatus vigente y trabaja para ampliar su base social demostrando su capacidad de gestión y de atraer nuevos votantes hasta conseguir ser mayoría.

Condorcet fue un gran lógico y matemático de la Ilustración que dedicó sus trabajos a combatir la pereza mental que nos condena a la simplificación de los dilemas y los dos bandos de buenos y malos. Los mejores independentistas han entendido el trilema. 
 

Lluís Amiguet es autor y cocreador de «La Contra»  de La Vanguardia desde que se creó, en enero de 1998. Comenzó a ejercer como periodista en el Diari y en Ser Tarragona

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