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El turismo, un problema

La dificultad estriba en conciliar el turismo con la calidad de vida de los ciudadanos

Antonio Papell

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Las salvajadas de Arran, organización de fondo anarquizante y vinculada a la CUP, no deberían impedir ver que, como era de temer al observar el crecimiento exorbitante del número anual de visitantes que llegan a nuestro país, el turismo, que es ante todo una fuente de riqueza, se ha convertido también en un problema. Barcelona es Venecia desde hace tiempo.

Un artículo de Juan Sobejano, reconocido experto en turismo, publicado en noviembre de 2014, mucho antes de la sensibilización actual por el asunto, decía textualmente lo siguiente: «Los destinos turísticos, en España, están en una situación complicada, algunos como Barcelona en situación crítica. Y esto no porque no se puedan considerar destinos de éxito, según los números que muestran, sino por la evidente tensión entre el propio destino y sus visitantes. En un reciente documental, Bye bye Barcelona, se analizaba, desde la perspectiva de los ciudadanos de la propia ciudad condal, la tensión que están provocando las continuas oleadas de turistas en los barrios más turísticos de la ciudad. En zonas como Ciutat Vella, Sagrada Familia o Parque Güell los vecinos están dejando sus casas para trasladarse a zonas más tranquilas. Los barrios están perdiendo sus identidades para convertirse en «parques temáticos» mintiendo así tanto a ciudadanos como a visitantes». Una encuesta del Ayuntamiento de Barcelona da estos datos correspondientes a 2016: el 87% de los encuestados afirma que el turismo es una actividad en su conjunto beneficiosa para la ciudad (el porcentaje era del 96% en 2012). Y sólo el 49% afirma que la ciudad «está llegando al límite de su capacidad para dar servicio al turista».       

No se podía decir mejor con más economía de medios. Barcelona es probablemente la ciudad de todo el Estado en que el cambio ha sido más notorio desde la apertura de la urbe al mar en 1992. Con todo, el fenómeno es más amplio, y las propias cifras explican la saturación: el 2016, España recibió casi 76 millones de turistas, cuando una década antes, en 2006, eran apenas 58 millones. España ya se ha consolidado como tercer destino turístico mundial, después de Francia y los Estados Unidos. En términos económicos, el INE afirma, con datos de 2015, que el turismo representa el 11% del PIB y el 13% de empleo total, y con tendencia creciente en ambos indicadores. Las propias cifras expresan la necesidad de mimar un negocio del que vive tanta gente y que tiene tanta repercusión sobre la economía nacional.

La dificultad estriba, pues, en la conciliación del negocio turístico con la preservación de la calidad de vida de los ciudadanos, que ha de conseguirse mediante un urbanismo racional y una regulación inteligente. La ordenación del territorio, desde el punto de vista turístico, es esencial, ya que sólo la sustitución de la cantidad por la calidad puede lograr el objetivo deseado: en el turismo de sol y playa, por ejemplo, el esponjamiento de las concentraciones hoteleras (en Baleares se ha han realizado tímidos intentos), la renovación de estructuras e infraestructuras obsoletas y la dotación de servicios puede impulsar el negocio reduciendo la masificación. Y este es solo un ejemplo del efecto que puede lograrse mediante las políticas adecuadas.

Asimismo, la mejora cualitativa puede corregir la excesiva temporalidad –en agosto recibimos a 9 millones de turistas frente a solo tres millones en los meses de noviembre a febrero– de una actividad que habría que gestionar mejor.

Las tres administraciones tienen obligación de entenderse en la gestión de un negocio delicado y muy sensible a los factores externos que debe seguir siendo uno de los pilares de nuestra economía. Y la planificación es indispensable para graduar la densidad residencial y los flujos de visitantes, de forma que ni los anfitriones se vean perturbados ni los visitantes tengan la sensación de estar en un escenario simulado de cartón piedra.

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