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El último caimán

Los aficionados al fútbol no nos preguntamos si Catar sobornó a la FIFA
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No es del todo cierto que se vaya, ni que sea el último de la charca, porque Joseph Blatter, obligado a dimitir a los cuatro días de haber sido reelegido presidente, sólo tendrá que alejarse de sus balones más rentables. Los ha acariciado tanto que, como todos los círculos sometidos a ese tratamiento, se han hecho viciosos. Ahora hay que regenerarse o morir, pero también se pueden hacer las dos cosas, ya que no son incompatibles. La FIFA es un antro, una pocilga de oro con mayorales políglotas que no entienden más lenguaje que el del dinero. El espléndido ejemplar de saurio, al borde de los 80 años, no ha podido resistir a pesar del apoyo del presidente español, Ángel María Villar. La Policía suiza ha detenido por corrupción a siete altos cargos de la federación internacional, entre ellos a dos vicepresidentes. ¿Dónde ha quedado aquel sueño de Giraudoux de que el deporte fuese un esperanto en el que pudieran entenderse toda las razas? Cuando el barón de Coubertin, al que nunca se le ocurrió nada como a los barones del PP, le plagió al arzobispo de Filadelfia la frase esa de que «lo que importa es participar», tampoco sospechaba que iba a ser reemplazada por la que asegura que lo importante es robar.

Robar bien y no mirar a quién. Los aficionados al fútbol no nos preguntamos más que si un penalti fue justo o injusto, pero no si Catar sobornó a los sistemas de control de las federaciones, ni por los derechos, las entradas, las manipulaciones arbitrales de los mundiales como el de Corea o la elección de sedes. Todo eso estaba en manos de Blatter, que hasta estuvo al borde del Premio Nobel. Un señor listísimo, sin duda, pero no tanto como para no necesitar cómplices. Para quitarlo de en medio ha sido necesario que el Reino Unido y EE UU pidan revisar las últimas cochambrosas etapas, desde la elección de Rusia en 2018, nada menos, en adelante. Cuando los neandertales metían goles con las calaveras de los vencidos.

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