El valor de las cosas sencillas

Cada vez escucho más conversaciones sobre jornadas disfrutadas en familia, sobre excursiones organizadas con amigos, sobre tertulias compartidas con viejos conocidos... 
 

Dánel Arzamendi Balerdi, abogado de empresa

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Dánel Arzamendi Balerdi

Dánel Arzamendi Balerdi

Es probable que algunos de ustedes hayan escuchado, en alguna ocasión, una curiosa anécdota sobre el encuentro entre un ejecutivo estadounidense y un pescador caribeño, cuya veracidad sinceramente desconozco. Quizás sólo sea una metáfora con vocación didáctica, pues describe de forma certera lo equivocados que estamos cuando convertimos nuestra vida en un infierno para construir un falso cielo en la tierra.

Para aquellos que no la conozcan, la historia arranca con un tiburón de los negocios que toma un avión hacia un pequeño país centroamericano, donde pretende desconectar de su estresante rutina diaria. Sólo aspira a pasar unos días bebiendo mojitos con los pies sumergidos en las cristalinas aguas de una playa de arena blanca y fina. Una mañana, después de desayunar, decide abandonar su hotel para dar un paseo, descalzo, por la línea de costa. Allí se encuentra con un tipo del lugar, un hombre de cierta edad con la piel oscurecida por el sol y endurecida por el salitre, que disfruta de la brisa matutina tumbado junto a su modesta y descolorida barca de madera.

El ejecutivo chapurrea razonablemente el castellano, y se lanza a entablar una conversación para empaparse de la idiosincrasia local. «Buenos días. ¿Hoy toca descansar?» El tipo entreabre un ojo con gesto de haber sido molestado, pero le gusta conversar y hace un esfuerzo por responder amablemente al visitante. «No, yo suelo estar aquí casi siempre. Tengo esa casita delante del mar, y vivo de la fruta que me dan esos árboles y de los peces que capturo. Los frío siguiendo una vieja receta que me enseñó mi madre, y están buenísimos. No hace falta mucho esfuerzo para pescar en estas aguas. Y luego vuelvo a la playa y me tumbo junto a mi barca, hasta que se acaba la comida y tengo que volver a lanzar las redes, un par de veces por semana».

El turista queda desconcertado con la respuesta, al considerar que su interlocutor está desperdiciando la oportunidad de alcanzar cierta prosperidad con un mar repleto de peces al alcance de la mano. «¿No ha pensado poner en marcha un pequeño negocio? Si en vez de salir dos veces por semana, se propusiera hacerlo todos los días, conseguiría el triple de capturas. Sería más duro, lógicamente, pero podría faenar desde el amanecer, y abrir por las tardes un sencillo puesto de venta de pescado frito para los visitantes que pasean por la playa». El pescador escucha con cara de desinterés a aquel desconocido, mientras se protege del sol cegador de la mañana con la palma de la mano. Aun así, decide no interrumpir la explicación.

El visitante siente que está haciendo la buena obra del día, transmitiendo sus conocimientos empresariales a aquel tipo sin aspiraciones, adaptándolos a un formato más simple para que le resulten comprensibles. «Si trabaja con ahínco y ahorra lo que gane, en un par de años podrá pedir un préstamo al banco para comprarse una barca más grande. Entonces podrá capturar muchas más presas y ganar más dinero ampliando el puesto de pescado frito». La ilusión que el ejecutivo imprime a su relato no parece desperezar al pescador, pero el turista no pierde la esperanza de convertir a aquel hombre en todo un potentado. «Esta fase sólo duraría tres o cuatro años. Porque pronto ganaría tanto dinero que podría multiplicar el número de barcas y de establecimientos de venta al público, ampliando su crédito con el banco. Debería contratar a varias personas que le ayudasen, y también tendría que enseñarles a capturar, freír y vender el pescado».

El oyente ni siquiera ha hecho el amago de incorporarse, pero el norteamericano no abandona su entusiasmo. «Pero esto tampoco sería para siempre. Después de otros tres o cuatro años de esfuerzo, llegaría un momento en el que no tendría que madrugar. ¡Quizás ni siquiera tendría que trabajar!» Por fin, el pescador decide cortar en seco la lección de economía aplicada, con un tono que se debate entre la curiosidad y el sarcasmo. «¿Y entonces qué haría?» El turista adopta una pose de emoción incontenible, porque ha llegado el momento de desvelar a aquel pobre hombre cuál es la fabulosa meta que podría alcanzar, después de toda una década de sacrificio y renuncia: «¡Entonces podría comprarse una casita frente al mar y pasarse el día tumbado en la playa!» Al escucharlo, el pescador tuerce el gesto, con mueca de manifiesta estupefacción: «¡Pero si es exactamente eso lo que hago desde hace años!»

Como todas las metáforas, en caso de que lo sea, esta historia lleva la realidad a un punto extremo (sin esfuerzo ni emprendimiento, nuestro mundo colapsaría) pero sugiere unos valores que estos últimos años nos son más familiares, vinculados a la importancia de la vida simple y los placeres sencillos, frente a la obsesión por el éxito y la sobreabundancia. No sé ustedes, pero desde el comienzo de la pandemia cada vez oigo hablar menos a mis conocidos sobre el nuevo coche que se van a comprar, el hotel despampanante en el que se alojaron durante las vacaciones, o el reloj de lujo que les regalaron por su cumpleaños. Al contrario. Cada vez escucho más conversaciones sobre jornadas disfrutadas en familia, sobre excursiones organizadas con amigos, sobre tertulias compartidas con viejos conocidos... Después de todo, quizás hayamos aprendido algo de esta experiencia imprevista y brutal.

Aprovechando que estas fechas suelen ser propicias para plantearnos propósitos de futuro, quizás no estaría de más prometernos a nosotros mismos proteger como un tesoro esta nueva perspectiva que hemos descubierto durante estos meses, para no perderla cuando las aguas vuelvan a su cauce. Y si me lo permiten, aunque algunas instancias de la Unión Europea lo consideren políticamente incorrecto, concluiré deseándoles a todos una muy Feliz Navidad. Bon Nadal! Gabon Zoriontsuak!

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