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En defensa de la promiscuidad electoral

La cuestión clave no es la ideología, sino la forma de entender la democracia, en cuanto sistema que otorga a la ciudadanía la capacidad para decidir cómo y por quién desea ser representada, examinando y evaluando las propuestas que se plantean

DÁNEL ARZAMENDI BALERDI

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Entre los muchos análisis que se han multiplicado esta semana sobre las recientes elecciones al Parlament, me llamó poderosamente la atención un artículo publicado en estas mismas páginas, firmado por el apreciado amigo y compañero de tertulias Josep Moya-Angeler. En este texto, entre otras cosas, se abordaba el diferente grado de flexibilidad electoral que los distintos bloques habían mostrado durante el pasado 14-F. Desde el enorme cariño y admiración que siento por él, me veo obligado a manifestar que hacía mucho tiempo que no leía un escrito con el que estuviera más radicalmente en desacuerdo.

En efecto, dicha tribuna elogiaba la inamovilidad de voto de un determinado sector ideológico, a la vez que tachaba como «inmadura» la mentalidad electoral más variable observada en el bloque antagónico. En mi opinión, es irrelevante si el artículo se refería a las derechas frente a las izquierdas, o al bloque independentista frente al constitucionalista. Lo que me desconcertó fue la apología del voto pétreo (propio de un electorado «de grandes convicciones», según el autor) frente a quienes apuestan por siglas diferentes de unos comicios a otros (una actitud que podría tacharse de «frívola», en palabras de mi compañero de debates).

Si no recuerdo mal, hasta la fecha me he decantado por siete partidos diferentes en los sucesivos procesos electorales en los que he participado, y por ello me gustaría contestar a estos argumentos como ciudadano directamente interpelado –incluso menospreciado– por un escrito que incluso cuestionaba el sentido cívico de quienes cambiamos de voto. En este sentido, espero que esta tribuna se entienda como una entusiasta defensa de una impúdica y orgullosa infidelidad electoral. Porque la cuestión clave no es la ideología, sino la forma de entender la democracia, en cuanto sistema que otorga a la ciudadanía la capacidad para decidir cómo y por quién desea ser representada, examinando y evaluando las propuestas que se plantean, los candidatos que se postulan y los resultados que pueden acreditarse.

En mi opinión, la persistencia de un importante sector de votantes incondicionales, al margen del partido por el que sientan simpatía (ocurre en prácticamente todas las formaciones), provoca tres males de gravedad inimaginable para nuestro sistema político, y en consecuencia, para la eficacia de nuestras instituciones.

El planteamiento serio de un programa de gobierno es sustituido por una ensalada de eslóganes baratos, griterío y postureo. No hay reflexión sino simple identificación. Saben que les van a votar, propongan lo que propongan

Por un lado, la fidelidad electoral vulgariza hasta niveles sonrojantes el debate público, pues el objetivo de las campañas electorales deja de ser la definición y comunicación de un plan estudiado, coherente y viable de propuestas para la próxima legislatura, y se convierte en un simple grito tarzanesco para que el votante gregario sepa que los candidatos de determinada lista son ‘los suyos’. Así, el planteamiento serio de un riguroso programa de gobierno es sustituido por una ensalada de eslóganes baratos, griterío adolescente y postureo insustancial. No hay reflexión, sino simple identificación. Saben que les van a votar, propongan lo que propongan.

En segundo lugar, este lamentable fenómeno favorece la multiplicación de perfiles mediocres entre la clase política, pues lo único que importa al votante fiel es la sigla, o como mucho el líder, pero no el equipo que va a gestionar los asuntos públicos que van a impactar de forma inexorable en su vida cotidiana. El corolario de esta tendencia es el amiguismo y el nepotismo en el seno de los partidos políticos, pues sus cúpulas son perfectamente conscientes de que enchufar a los afines, por estúpidos o ineptos que sean, apenas tendrá consecuencias entre los electores que siempre introducen en la urna la papeleta de ‘los suyos’. Precisamente, la tribuna a la que hago referencia me recordó las palabras de otro viejo amigo, situado en las antípodas ideológicas del articulista, líder de un partido que sufrió una soberana bofetada el pasado 14-F. Dicho político me comentaba con orgullo cómo una parte significativa de sus simpatizantes les seguirían respaldando «aunque presentásemos como candidata a la cabra de la Legión». Saben que les van a votar, presenten a quien presenten.

Y, por último, como efecto más pernicioso de esta mentalidad, la carencia de elasticidad electoral aniquila la autoexigencia de las formaciones de gobierno, pues sus estrategas tienen la certeza absoluta de que este sector de votantes va a respaldarles de forma incondicional. De hecho, tenemos ejemplos recientes y cercanos de legislaturas totalmente estériles, protagonizadas por gabinetes vociferantes que apenas han dedicado el menor esfuerzo a mejorar la vida de las personas, y que han renunciado a optimizar aquellas áreas de gestión que eran de su estricta competencia. Lo tristemente significativo es que vuelven a ganar, porque para el votante tribal es relativamente secundario que se gestionen mejor o peor los asuntos públicos. Puede que sus representantes sean unos auténticos incompetentes, pero son ‘los suyos’. Y los partidos cuentan con ello. Saben que les van a votar, hagan lo que hagan.

Por todo ello, me gustaría utilizar esta tribuna para lanzar un entusiasta llamamiento a una total y desvergonzada promiscuidad electoral. No lo duden y pongan los cuernos a sus partidos de toda la vida, sin el menor sentido de culpa, porque con esta actitud estarán prestando un triple favor. Primero, a ustedes mismos, porque la rigidez intelectual es muy mala consejera, frente a la rejuvenecedora capacidad para dudar, repensar y aprender. Segundo, a sus referentes políticos, porque una formación parlamentaria sólo entiende que debe mejorar cuando pierde. Y tercero, a la propia sociedad democrática que compartimos, porque la fidelidad de voto es la enfermedad propia de una ciudadanía que ha renunciado a exigir cuentas a su clase dirigente. Eso sí que es una frivolidad.

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