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En defensa de lo inútil

Reserven espacio para pasear, para no-hacer, para el conocimiento improductivo
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Podría llegar a pensarse que hemos leído a Sócrates y lo interpretamos de manera literal: «una vida sin examen no merece ser vivida», decía el griego, «pues a la mía le pongo un 9,8». Vivimos sumergidos en la estadística, la métrica y el big data, en la verdad absoluta de las cifras. Hoy has caminado 5.600 pasos, ingerido 2.700 calorías y quemado 900, conseguido 7 logros, hecho clic en 3 noticias, recibido 13 ‘megustas’ y sentido durante 612 segundos la vertiginosa insignificancia de tu existencia. Está todo ahí, en los datos. Tu smartphone, como las madres, sabe más de ti que tú mismo.

Lev Manovich, académico de los medios, dice que el software se ha convertido en «un lenguaje universal, la interfaz de nuestra imaginación y el mundo». El investigador en humanidades digitales Ian Bogost propone un juego: cada vez que oigamos la palabra «algoritmo», cambiémosla por «Dios». La tecnología, afirma, no sigue los ideales de la Ilustración (ciencia y razón) sino que se ha convertido en un nuevo tipo de teología, un orden oculto en el mundo que da sentido a la vida y que escapa a nuestra comprensión.

La computación manda hasta en lo que no es informático: la metáfora dominante para explicar nuestra mente es el ordenador. La neurociencia nos dice que somos software y hardware, máquinas llenas de automatismos contra los que no podemos luchar. ¿Qué es big data, me preguntas, mirándome a las cifras? Big data eres tú.

La abrumadora cantidad de mediciones también nos salvará de pensar. Chris Anderson, de la revista Wired, escribe que el big data ha hecho del método científico algo obsoleto, pues ¿para qué necesitamos modelos teóricos si las máquinas ya lo saben todo? El diluvio de datos está trayendo «el fin de la teoría». Las máquinas conocen el mundo mejor que nosotros, analizan nuestro comportamiento mejor que cualquier terapeuta y saben calcular(nos) a velocidad instantánea. ¿Cómo no vamos a fiarnos de ellas?

Nos ponemos en sus manos para que nos recomienden películas o canciones, nos filtren la publicidad, decidan qué noticias leemos y hasta nos busquen parejas compatibles. Facebook y Tinder saben que esa chica no te conviene. Los algoritmos nos hacen la vida tan fácil que ya ni siquiera nos preguntamos cómo funcionan y así, como advertía Clarke, la tecnología avanzada se vuelve indistinguible de la magia. Bogost lo ve como una inversión de la Ilustración y lo llama «la catedral de la computación». El algoritmo es el gran Otro que da sentido a nuestras vidas. In analytics we trust.

Estando así las cosas, es normal que nos hayamos acostumbrado a vernos a nosotros mismos como datos. Todo en la vida es cuantificable y a más grandes los números, mayor debería ser nuestra felicidad. Ya no hace falta que nos explote nadie porque nos hemos convertido en nuestros propios explotadores. No somos individuos, somos creadores de big data.

Si todo esto les ha dado calor, sepan que no son los únicos. El filósofo Byung-Chul Han llama a este momento «la sociedad del cansancio». Nuestra vara de medir es la productividad y la tiranía que nos subyuga es el exceso de positividad. No podemos no rendir, no podemos no ganar puntos. Esta reconceptualización consumista de la felicidad tiene mucho que ver con el neoliberalismo y con su brazo adoctrinador, la autoayuda. La autoayuda nos convierte en mejores productores, nos anima a perseguir metas medibles (perder kilos, ganar más dinero) y nos exige vigilarnos constantemente. En la autoayuda no caben el enfado, la tristeza o la acedia (la bajona). La tristeza se ve como un fracaso de nuestra propia cadena productiva. Los coach y los neuroinnovadores nos animan aconseguir y a acumular y a construirnos como marca, como producto (personal branding, lo llaman sin ironía) para empaquetarnos y vendernos a los demás. Ya decía Foucalt que sólo se podía estar loco en sociedad.

Contra la autoayuda escribe Barbara Ehrenreich, autora de Sonríe o muere. Las trampas de las que nos alerta nos son bien conocidas: las crisis son oportunidades, basta con desear algo para atraerlo y la gente triste es tóxica para nuestras vidas. La autoayuda nos promete sacarnos el máximo rendimiento a nosotros mismos a costa incluso de nosotros mismos. La negatividad (la falta de energía, la pérdida de tiempo, la melancolía) nos aleja del ideal de individuo feliz de nuestros tiempos y queda terminantemente prohibida.

Frederic Gros, en su libro Andar, una filosofía nos anima a caminar para pensar, a ir despacio, a sentir nuestro cuerpo y nuestro entorno. Como el negro Ngé Ndomo en Amanece que no es poco, que caminaba en zig-zag para tardar más y tener tiempo de decidir a dónde iba. Gros distingue entre el provecho y el beneficio: el primero nos lo puede procurar otro, mientras que el beneficio es un enriquecimiento interno que sólo podemos conseguir nosotros y sólo a nosotros nos afecta. Caminar es improductivo, lento, incomprensible. Caminar es, para el rendimiento y el algoritmo, algo inútil. Y por eso tiene tanto valor.

Piensen ahora en la cantidad de cosas que han abandonado por poco productivas, por no tener aplicación práctica, en cuántas veces han despreciado algo (las matemáticas, la poesía, la amistad) por aquello de «esto para qué sirve». A los de la universidad, sobre todo a los de humanidades y ciencias sociales, se nos suele pedir uso práctico o contacto con la industria, como si adquirir conocimiento no fuera un beneficio en sí mismo. Ya advierte de ello Nuccio Ordine en La utilidad de lo inútil, donde avisa contra el utilitarismo y la «dictadura del provecho». Piensen en lo que aportan a sus vidas el pensamiento, la reflexión, la tristeza controlada, la buena bajona, el dolce far niente.

Piensen, por último, en quién saca provecho de su rendimiento, en quién explota económicamente los números que ustedes aportan al big data. Bogost advierte de una «teocracia corporativa y computacional». No pierdan de vista a las corporaciones. Google, Apple, Facebook, Twitter o Microsoft no son lienzos en blanco sin intereses o ideología aunque los usemos como tales. Y se lo digo, ojo, como consumidor activo de todo lo que estas corporaciones ofrecen. El humorista (y por lo tanto filósofo) John Oliver llama a esto el Principio de la Salchicha: si te gustan las salchichas, mejor que no te preguntes de qué están hechas. Las salchichas de las catedrales de la computación están hechas de nuestra propia explotación y nuestra propia obsesión con el rendimiento, de métricas y no de felicidad.

No les recomiendo que salgan del enjambre digital pero sí que reserven espacio para pasear, para no-hacer, para el conocimiento improductivo. Sean como Lionel Terray, alpinista que escaló el Makalu o el Annapurna, entre otras cimas, y que tituló su biografía Conquistadores de lo inútil. No se me ocurre conquista más beneficiosa para uno mismo. Disfruten, sin medirlo, de lo inútil.

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