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En permanente frustración. El resultado de vivir en continua comparación con tus vecinos

Maldita confrontación. Cuando se notificaron los primeros fallecidos por Covid-19 y los contagios diarios se contaban por miles, como siempre, la situación chilena se comparaba con la de sus ancestrales enemigos argentinos

Josep Garriga

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Josep Garriga

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Hay algo de Chile que me recuerda a Catalunya. Y es la capacidad innata de algunos grupos con enorme influencia en la opinión pública -desde políticos y periodistas- de infundir peligrosos estados de frustración en la ciudadanía. Se trata de una práctica común en aquellas sociedades que viven en permanente comparación con sus vecinas, especialistas en alardear de lo propio, con cierto grado de arrogancia y, por ende, escasamente autocríticas con sus imperfecciones y errores.

La revuelta social que estalló el 18 de octubre en Chile se llevó por delante una porción del orgullo de este pueblo que, acostumbrado a que le repitieran hasta en la sopa que vivía en una especie de oasis en la región, comprobó en sus tuétanos la irracionalidad de tal diagnóstico. Primera frustración.

La segunda ha llegado con el tsunami viral. En marzo e incluso en abril, Chile se las prometía felices. Pese a comprobar día tras día en la televisión las impactantes imágenes y frustrantes estadísticas de Italia o España, desde el poder insistían que aquello no llegaría acá. Que, una vez más, Chile era una burbuja en medio del caos porque disponía de un sistema sanitario robusto, las autoridades venían preparándose desde la génesis del coronavirus y la nación había hecho frente en el pasado a toda suerte de fatalidades.

Cuando se notificaron los primeros fallecidos y los contagios diarios se contaban ya por miles, también desde el poder nos hablaron de una meseta de casos, de una pandemia bajo control, de un rápido retorno a la normalidad y, como siempre, se comparaba la situación chilena con la de sus ancestrales enemigos argentinos. Siempre esa maldita confrontación.

El ministro de Salud, Jaime Mañalich (casualmente descendiente de catalanes), actuó de abanderado de esa teoría, más cercana a la profecía que al análisis científico. Esta semana le costó el cargo en la tercera remodelación de Gobierno en menos de 10 días, lo que fue vitoreado la noche del sábado a las 21 horas en todo Santiago. Quizá fue la cabeza de turco para que el presidente y su amigo, Sebastián Piñera, pudiera firman con la oposición -mayoritaria en ambas cámaras- el tan ansiado Pacto Social, Económico y por el Empleo, una suerte de Pactos de La Moncloa.

Mañalich, de carácter tozudo y poco amante de asimilar críticas y menos de aplicar consejos, no se distinguió por atinadas declaraciones pese a su condición de epidemiólogo. Desde su pronóstico de mutación del virus «hacia buena persona», el trabalenguas de contar fallecidos como recuperados, hasta su más triste frase que destapó hasta qué punto ciertas élites chilenas aspiran a dirigir un país que desconocen y que creen uniforme de cabeza a los pies. El ya exministro, quizá en un arranque de sinceridad, creía que todo Chile era como el barrio El Golf en el que vive, pero descubrió una realidad de pobreza, hacinamiento, insalubridad y desempleo a tan solo unos kilómetros de su residencia. Su error fue verbalizarlo en los medios, en un país avezado a pasar todo a piola, es decir, a escondidas, por lo bajini, como las cifras desgarradoras de contagios y fallecidos que el exministro se afanaba en disimular en las estadísticas publicadas. Aunque el principal error de Mañalich quizá ha sido el de querer remar en solitario una nave que zozobraba y que se encaminaba directamente hacia los acantilados. Tras tres semanas de confinamiento en Santiago, los casos de contagios se han cuadruplicado.

Mañalich aumenta la abrumadora lista de exministros chilenos y el segundo que Piñera debe sacrificar en medio de una crisis, lo que evidencia la debilidad de un Gobierno en sus horas más bajas y con incierto futuro. La revuelta de octubre se llevó al de Interior, Andrés Chadwick. Aunque el presidente también se resiente de las eternas trifulcas partidistas, en un Ejecutivo integrado por cuatro formaciones en el que todos juegan a la última silla vacía. 

Lejos de fallecidos, muertos y contagiados, hay otra realidad que subsiste en Chile. La CEPAL calcula que tras la crisis de octubre y la pandemia de Covid-19, el país se aproximará a los 2,5 millones de pobres (cerca del 14% de la población). Una muchedumbre que debe subsistir con menos de 450 euros al mes y que, de momento, lo único que ha recibido de este Gobierno son reprimendas por su comportamiento y una cajita caritativa de alimentos que se repartían bajo un instructivo oficial que recomendaba poner cara de pena. El populismo imperante contagia ya a los Gobiernos de derechas que, como todos, dirigen su país a golpe de sondeo y tuit. Y así, no es de extrañar, que muchos chilenos de orden se horroricen con lo que se avecina, un referéndum en octubre para redactar otra Constitución. El fregado está servido.

Natural de Gandesa, Josep Garriga empezó como periodista en el Diari de Tarragona. Tras casi dos décadas en ‘El País’ ahora trabaja como consultor de comunicación en Chile.

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