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¿En qué quedamos, Sr. González?

España tiene una serie de problemas que sólo se resuelven con política, sin dar bandazos
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El expresidente del Gobierno, Felipe González, ha revolucionado la precampaña electoral catalana. Primero ha sido muy duro contra el independentismo, en una carta dirigida ‘A los catalanes’ y publicada en El País: «La idea de ‘desconectar’ de España, como propone Artur Mas, en un extraño y disparatado frente de rechazo y ruptura de la legalidad, tendría unas consecuencias que deben conocer todos», afirmó, y añadió que hay una crisis de convivencia en Catalunya.

Unos días más tarde el diario La Vanguardia, ante el revuelo que había creado ‘la carta’, especialmente en el mundo independentista, Felipe González publica una larga entrevista en la que afirma que cree «absolutamente» que «Catalunya es una nación». Tan deprisa fueron las declaraciones de González que ni siquiera a la tipografía del diario le dio tiempo de distinguir preguntas (en negrita) y respuestas. A eso unos llaman ‘tener cintura’ y yo digo que es equívoco y no tener ideas claras.

¿En qué quedamos, señor González? ¿En lo uno o en lo otro? ¿En la carta o en la explicación de la carta? Personalmente creo que Felipe González ha sido uno de los pocos hombres con sentido de Estado que ha gobernado España en los últimos dos siglos. He estado de acuerdo en numerosas cosas que hizo en el gobierno. Sin embargo, no supo resolver los problemas de su partido, el PSOE, dentro del Estado de las Autonomías.

Hoy el PSOE, dentro de una autonomía, no se sabe de qué parte está, si del Estado o del nacionalismo e independentismo. Léase Valencia, Baleares, Galicia, Navarra, Aragón y la misma Catalunya. Lo único que tiene claro es su oposición al Partido Popular, pero eso no es una visión de España, de lo que debe ser el Estado español, pues en cada rincón de nuestra geografía el PSOE piensa una cosa distinta.

El problema catalán tiene un inicio político claro: el PSOE que quería gobernar en España y en Catalunya. Para ello tenía que romper el pacto, existente entonces, entre CiU y PP, en Madrid y en Barcelona, y por ello se propuso ser más nacionalista que CiU, aliarse con Esquerra Republicana (independentista) y elaborar un Estatut d’Autonomia muy avanzado. El expresidente José Luis Rodríguez Zapatero apadrinó un Estatut nuevo, a instancias de Pasqual Maragall y José Montilla, ambos presidentes de la Generalitat, en sendos gobiernos tripartitos.

Los gobiernos tripartitos y el nuevo Estatut se asentaban en el Pacto del Tinell, que gozó de no poca coreografía. En este pacto, una idea estaba también clara: no colaborar con el PP. El Estatut se hizo de espaldas al PP, presidido entonces en Catalunya por Josep Piqué. Se elaboró un Estatut en el que Catalunya era casi un Estado. Pero entonces ya gobernaba el PSOE, y fue gracias a Artur Mas, negociando a la baja con Rodríguez Zapatero, que salió un texto aceptable por el gobierno.

El nuevo Estatut fue a Madrid. No hubo consenso. El Estatut pasó por el Congreso, con la oposición dura del Partido Popular, el cual llevó a cabo una campaña por toda España contra el Estatut, y eso presagiaba nubarrones a causa de la falta de sentido de Estado que tenía Rodríguez Zapatero (y de paso el PP), quien quiso arreglarlo al final con un intervencionismo en el Tribunal Constitucional, el cual actuó tarde y mal. En Catalunya José Montilla se manifestaba contra los recortes del TC al Estatut, el cual había sido aprobado en referéndum ante la indiferencia –no votaron– de la mayor parte del electorado catalán.

Maragall y Montilla eran los que querían ser más nacionalistas que CiU, queriendo romper el pacto CiU-PP y proponiendo un nuevo Estatut cuando Jordi Pujol decía que no era necesario. Después vino el descubrimiento de la corrupción, repartida entre socialistas y nacionalistas, y a renglón seguido el independentismo. Hoy Maragall está en Esquerra Republicana y Montilla perdido en su lujoso despacho oficial (pagado por la Generalitat) de Barcelona.

El rey Juan Carlos dijo una entrevista a TVE guiada por el difunto Jesús Hermida, en enero de 2013, que a España le falta el encaje territorial del Estado. ¿Estaba el Estado desencajado? Sin lugar a dudas. Y lo sigue estando. Seguimos en la España invertebrada, que decía Ortega. Tenemos fuerzas centrífugas por todos lados, desde el territorial hasta el social. Pero a Pedro Sánchez solo se le ocurre salir candidato envuelto en una gran bandera española, cuando sabemos que las banderas no hacen al Estado, como el hábito no hace al monje. España tiene un grave problema, que no se resuelve con tipos de interés, fiscalidad y déficit cero, sino con política, pero sin dar bandazos, señor González.

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