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Enamorados

San Valentín era una fiesta medieval francesa, que conmemoraba el sacrificio de Valentín en Terni
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La influencia anglo-yanqui nos metió, ya hace algunos años, el día artificial de los enamorados: San Valentín, desempolvando - ¡que ya son años! – una fiesta medieval francesa, que conmemoraba el sacrificio del sacerdote italiano Valentín en Terni en el año 306 (d.C.). Hay que reconocer que el “marketing” o el “marchandising” o como le llamen los trileros comerciales, nos lo metieron bien desde la película “El día de los enamorados” en que unas fantásticas jóvenes enamoraban a todo el mundo (¡ Ay, Conchita Velasco, Katia Loritz…!).- Así que San Valentín llegó con un par de panes bajo el brazo y rara es la pareja que no haga algo, desde un regalo a una invitación a comer o un ramito de flores.

Hay otros que pasan de esa articiosa velada, entre los que me encuentro, pero ello no quita el que mencionemos ese ajetreo especial que hoy sábado se notará en algunos bolsillos y cuentas corrientes. Según cómo esté el panorama económico. Aunque un hispanista inglés, Mildred Adams, retrataba así en 1959: “Las clases medias (españolas) que no habían hecho otra cosa antes de la guerra más que sentarse en los cafés, empezaron a mostrar un nuevo ímpetu comercial e industrial. Actuar como señorito holgazán empezaba a no estar de moda, ni siquiera era hacedero”. La Constitución de la II República había quedado abolida, por algo era “la República de los Trabajadores”.

El caso es que, desde 1959, hemos mejorado tanto en ese ímpetu que, como se dice ahora, nos hemos pasado algunas estaciones. Creo que fue el ínclito ministro socialista Solchaga quien lanzó el grito de “¡más madera!”para apoderarse de cuanto más mejor, y si era de podridos capitalistas como Ruiz Mateos, mejor aún. Al fin y al cabo se comentaba que el comunista más avezado era el que decía lo “uno para todos, y todo para uno”. Solchaga cambió mucho, eso sí. Como el afortunado Boyer, porque reunió mucho: salud (poca), dinero (bastante) y amor (la reina de “Porcelanosa”).

Luego, como hemos comprobado, hubo alguna crisis, pero escampó. Y como “España iba fenomenal” los Bancos y las Cajas se lanzaron por el tobogán de la especulación pura y dura, llenando la piel de toro de ladrillos polvorientos y solares sin edificar. Con el resultado que los maestros “Lehman Brothers” nos enseñaron.

Y aún estamos pagando. Los de siempre, quiero decir. Porque los causantes o compañeros de viaje de ellos amagan con volver a las andadas, ya que entre rejas, que sepamos, no hay más que un par, y por poco tiempo, que ésa es otra.

Ya lo dijo Quevedo al referirse al poderoso cabellero Don Dinero, que de puro enmorado, de continuo anda amarillo (por el oro). Ahora ni éso: negro, muy negro. Es el color de las tarjetas más conocidas (por los medios, claro ) que repartían en Caja Madrid a unos cuantos sinvergüenzas. Qué pena: de un color tan bonito como el dorado, al negro fúnebre.

Es tan larga la historia de los enamorados del dinero que quizás comienza por los celos entre Caín, el vago y creativo, y Abel, el trabajador paciente.

Me viene a la memoria aquel pasaje del “Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” en que Cervantes pone al caballero ante una reata de prisioneros, que conducen unos guardias a galeras. Don Quijote se aproxima a ellos y charla, uno a uno. El penúltimo le dice que está allí “por haberse enamorado”. El truhán aclara: se había enamorado de un cesto de ropa y lo abrazó…Le había costado cien azotes y tres años de guarapas (galeras).

 

Es que hay amores que matan.

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