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Encuestas y apuestas más que extrañas

Recomendaría que no se encarguen más encuestas porque no sirven para nada
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Los medios informativos han empezado a publicar encuestas que, como siempre, ofrecen los resultados que más interesan al que encargó el asunto, es decir, que no sorprenden a nadie y que casi nadie se las cree, con la excepción citada.

Sería mejor hacer apuestas, como hacen en Gran Bretaña, y puede que así se lograse acertar alguna vez, no siempre. Y de paso se podrían ganar unos euros, que se destinarían a los gastos extras de estos días navideños y a las rebajas de enero, cuando lleguen, que sin duda llegarán. En una de las últimas que hemos podido ver, se llega a decir que una lista conjunta de Esquerra Republicana y Convergència no lograría la mayoría en el Parlament de Catalunya; y que dos listas separadas de estas dos fuerzas tampoco sumarían los votos necesarios para una mayoría absoluta. Sorprendente. Como lo es también, o quizás más, el que se incluyan en una lista las simpatías que despiertan los líderes, en la que el número uno lo ocupe un dirigente de la CUP, flamante pero poco ortodoxo presidente de la comisión investigadora designada para tratar de aclarar las historias económico-político-financieras del expresidente Pujol y su extraña (también) familia. Los incluidos en esta lista son todos catalanes, menos uno, el último, el menos agraciado por las simpatías de los encuestados, gallego él, Rajoy él, jefe del Gobierno él, un personaje al que se atribuyen todos los males, sin mezcla de bien alguno, incluso en este periódico y desde hace tiempo. ¿Por qué no van los políticos del resto de España en esta lista de popularidad y simpatía? Pues no lo sé. Habría que volver a lo de las apuestas o preguntar al que encargó la encuesta.

Aquí y ahora, nos dicen, no sabemos si con razón o sin ella, que el tema preocupante por naturaleza es el de la independencia, y seguido a cierta distancia el de la reforma de la Constitución. En cambio, en la España plural estos dos asuntos no figuran en los primeros puestos de la clasificación, que ocupan respectivamente –también por datos de otra encuesta– la corrupción y el paro galopante, ambos con amplia ventaja sobre los otros problemas que nos afectan a todos, pero que en ocasiones les resbalan a muchos. Para demostrarlo podríamos ir a mirar los llenazos de restaurantes y bares, sin olvidarnos de las masas que invaden los almacenes, sean o no abiertos en días laborables o festivos.

En cambio, no es necesario comprobar si hay lleno en los cines –generalmente con cuatro o cinco personas por sesión, proyecten lo que proyecten–, lo que viene a demostrar que los cerebros del séptimo arte están de capa caída, casi tanto como los políticos. No queremos tampoco olvidarnos de esos otros personajes premiados por sus impresionantes obras literarias, artísticas, pictóricas, fotográficas, y un etcétera larguísimo, que han tenido la descortesía de no aceptar, alegando razones de dudoso peso, que nada tienen que ver con la ciencia, la educación o la cultura, cuando todos sabemos que ello se ha debido a la política pura y dura, o quizás a la sencilla y mísera politiquilla.

El año que va a comenzar es más que probable que se celebren dos o tres llamadas a las urnas, unas municipales y unas generales por razones del tiempo, puesto que se cumplirán los plazos. Y aquí unas autonómicas, si quien tiene la facultad de hacerlo las adelanta, cosa más que posible, menos que probable y sin seguridad ninguna. Volviendo a mis viejos deseos, yo les diría a todos los convocantes que se pusieran de acuerdo y las convocasen todas para el mismo día, con lo que se ahorrarían millones en dinero, en campañas y en paciencia de los sufridos electores, hartos y más que hartos de pasar tragos amargos y, lo que es peor, inútiles.

También recomendaría, aunque ya sé que nadie me hará caso, es que no se encarguen más encuestas, porque no sirven para nada. En cambio, en medio de un brote de ludopatía política, nueva ciencia que tal vez sea un invento en este país, pero viva en otros muy inteligentes, sí que daría carta abierta y blanca a las apuestas de este tipo, que vendrían a unirse a las apuestas deportivas, a la lotería y a cualquiera de los juegos en los que nuestros sufridos ciudadanos tratan de salir de los hoyos en que nos sumergió hace años la triste economía y la nefasta corrupción, proponiendo, además, que a los corruptos se les cobre, multiplicado por diez, el importe de lo sisado, y dejen las cárceles para los pobres mangantes que, a su lado, son meros ladronzuelos de calderilla.

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