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Enric d’Ossó 1: historia de una ilusión

Yo no recuerdo en nuestro país una época de mayor optimismo colectivo que la primavera-verano del 92: el Barça ganaba su primera Copa de Europa; Barcelona vibraba con sus Juegos Olímpicos y Sevilla, con su Expo 92 

Paco Zapater

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Paco Zapater. Foto: DT

Paco Zapater. Foto: DT

Corría la primavera de 1996 cuando los colegios de Abogados y de Farmacéuticos de Tarragona propusieron a la Zarzuela algo que tenía pocos visos de prosperar. Acababan de construir un edificio en Enric d’Ossó, 1, para albergar sus sedes, y pretendían que los Reyes lo inauguraran aprovechando la visita oficial a nuestra ciudad programada para el 19 de junio. Pasaban las semanas sin respuesta, pero un día aparecieron unos señores del servicio de seguridad de la Casa Real a inspeccionar el edificio. ¡Eureka!, nos dijimos. Y acertamos. El próximo día 19 se cumplen veinticinco años de aquella inauguración.

Pero los orígenes de nuestra sede colegial se remontan a principios de los noventa. El Colegio de Abogados de Tarragona crece. De un grupo reducido, casi familiar, instalado a precario en el edificio del juzgado, se había pasado a varios centenares. Y la tendencia al alza parecía clara. Lo confirmó el transcurso del tiempo: en 1996 ya éramos 984 letrados –entre ejercientes y no ejercientes–, y hoy 1.374. Y como cualquier joven, queríamos casa propia, con instalaciones modernas y amplias, acordes con las necesidades del futuro.

El proyecto lo acomete la Junta de Rafa Fernández y se crea una comisión para sacarlo adelante: Antonio Vives, Ton Huber, Antonio Salas y –emulando a Pérez Reverte– el abajo firmante, como miembros de la Junta. Y Leonci Montlleó y Xavier Escudé, expertos en la materia.

Y nos pusimos a trabajar. Sabíamos de una pubilla –el Colegio de Farmacéuticos– que buscaba pareja para compartir un solar que tenía junto a la iglesia de Sant Pau, al lado mismo del Palacio de Justicia. Y le echamos los tejos. ¿Qué mejor que comprarles la mitad del solar y construir sobre él las dos sedes? Economía colaborativa, como ahora le llama Harari.

La idea gustó a las dos partes desde el principio. Ellos, los farmacéuticos, eran –al menos entonces– la novia rica: el género que vendían era de primera necesidad, no pagaba el consumidor, sino el Estado, numerus clausus de farmacias, y astronómicos traspasos en el crepúsculo de su profesión. Nosotros, los abogados, aunque en las antípodas económicas (póliza de crédito, leasing, hipoteca inversa...), éramos el novio prometedor e influyente. Y teníamos solera, no en vano somos la segunda profesión más vieja del mundo.

El matrimonio, aunque de conveniencia, podía funcionar. Y comenzamos a flirtear con la comisión nombrada por los farmacéuticos: Raül Font, Tomeu Fullana, Frederic Barcelona y María Dolors Esqué. Y acordamos comprarles la mitad del solar por treinta y seis millones de pesetas. Pero el compromiso debían ratificarlo las respectivas asambleas.

Yo no recuerdo en nuestro país una época de mayor optimismo colectivo que la primavera-verano del 92: el Barça ganaba su primera Copa de Europa en Wembley con aquel gol de Koeman; Barcelona vibraba con sus Juegos Olímpicos y nos llovían medallas (22); y Sevilla, con su Expo 92, ponía la guinda alegre.

Y fue en ese contexto, que el 23 de julio, a las ocho de la tarde, comenzaba en la sala de vistas de la Audiencia de Tarragona la asamblea de abogados para la ratificación. Fue una reunión concurrida y movidita. Y en algunos momentos, tensa. Tras unas palabras introductorias de Rafa Fernández, Antonio Vives y yo expusimos los aspectos filosóficos del proyecto. Antonio Salas, los económicos. Y se pasó al debate. En general, hubo coincidencia en la necesidad de una sede propia. La discrepancia se centró en el tipo de local que nos convenía y en el grado de endeudamiento que debíamos asumir. Intervinieron los pesos pesados de la abogacía local. Unos, defendiendo la propuesta de la Junta (José Luis Calderón, Matías Vives, Felip Colet, Ferrandiz...). Otros, cuestionándola (Rafael Nadal, Martí Ollé, Alfred Ventosa...). Cada uno dijo la suya y se pasó a la votación. El de mayor edad –Suarez Canitrot– y el más joven –Marcel Magrané– formaron la mesa, y a las 22.20 las urnas dictaban sentencia: 66 votos favorables, 33 en contra y 7 en blanco. El proyecto tenía luz verde y a partir de ese momento todos lo asumieron de buen grado como propio, y no se oyeron más críticas.

La promesa de matrimonio terminó en boda y la comisión intercolegial abogados-farmacéuticos puso manos a la obra: elección del proyecto, contratación de arquitecto, de constructor, construcción del edificio... Tuvimos suerte en los elementos personales: Luis Sáez resultó ser un excelente arquitecto, bien secundado por su compañero Ramón Egoskozábal. García Riera, la constructora de Vila-seca que nos hizo el edificio, demostró ser seria y cumplidora, y buena prueba de ello es que no acabamos en el juzgado, como suele ser habitual en este tipo de relación.

Fueron cuatro años apasionantes, pero serenos. Más de un centenar de reuniones. Alrededor de cincuenta cenas (pagadas todas –menos dos– de nuestro bolsillo). Había química entre los miembros de la comisión intercolegial. Y aunque cada parte defendía a su colegio, todos utilizábamos el mismo lenguaje: sentido común y moderación en el gasto. Y así, jugando, jugando, el proyecto se fue ejecutando sin sobresaltos. Y es que cuando una cosa se hace con cariño e ilusión, sale mejor y con menor esfuerzo.

Bueno, un par de encontronazos sí que hubo, la verdad. Y los voy a contar. Uno, con el arquitecto cuando nos presentó el presupuesto de sus honorarios. Nos pareció astronómico, casi mareante y fue motivo de varias reuniones. Luis Sáez nos decía que se había limitado a aplicar las normas, tomando como base el costo de la obra. Nosotros le pedíamos una rebaja que él, por dignidad –decía– no debía aceptar. Al final nos ganó el pulso.

El otro, al repartir las zonas privativas. Los abogados proponíamos el Pacto Andorrano: una parte hace los lotes y la otra elige. Tras una reunión subida de tono acordamos que los farmacéuticos se quedaban la primera planta, que era su preferencia; y nosotros la segunda, más tres elementos como torna adicional para equilibrar los lotes: una plaza de aparcamiento más, elección de las salas del semisótano, y el nombre de nuestro colegio iría in eternum delante del suyo cuando figuraran juntos.

El proceso de gestación continuó y el 5 de julio de 1995 se otorgaba la escritura de división horizontal. El recién nacido pesó 262 millones de pesetas, y cada progenitor asumió la mitad. El bautizo se celebró el 19 de junio de 1996. Actuaron de padrinos los Reyes. Jordi Pujol y Josep Piqué hicieron de testigos. La criatura cumple ahora veinticinco años: felicidades por ese cuarto de siglo de vida.

Licenciado en Derecho por la Universitat de València, Paco Zapater es uno de los abogados más conocidos de Tarragona. No solo porque ejerce desde 1980 sino también por su implicación en la sociedad civil. Fue Síndic de Greuges de la URV y concejal de Relacions Ciutadanes del Ayuntamiento de Tarragona. 
 

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