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Entre pillos anda el juego

Iglesias y Rajoy, dos boxeadores curtidos, han amañado un combate para noquear al árbitro

Dánel Arzamendi Balerdi

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La clase política con la que nos ha castigado el destino suele obsequiarnos regularmente con sainetes que escapan a nuestra capacidad de comprensión. Esta constatación exige un esfuerzo adicional de análisis, frecuentemente vinculado a la necesidad de diferenciar el fondo y la forma. No me refiero a los inolvidables despidos en forma de simulación de la ministra Cospedal, sino a las frecuentes iniciativas estrictamente políticas cuyo verdadero objetivo difiere en mayor o menor medida del revestimiento utilizado para llevarlo a cabo. Puede que sea ésta una de las claves que nos ayuden a interpretar el modo en que se han desarrollado la reciente y fracasada moción de censura de Pablo Iglesias contra Mariano Rajoy.

Efectivamente, el máximo dirigente de la formación morada ha protagonizado esta semana el procedimiento de cese constructivo previsto en el artículo 113 CE, aun sabiendo que ni de lejos iba a lograr los votos requeridos. Es cierto que dicha imposibilidad originaria también concurrió en las dos únicas mociones que se han presentado hasta la fecha (la premonitoria de Felipe González en 1980, y la grotesca de Hernández Mancha en 1987). Sin embargo, las diferencias con aquellos episodios son significativas, puesto que en aquellos casos la propuesta fue planteada por el líder de la oposición (Pablo Iglesias no lo es) y el presidente cuestionado delegó la respuesta gubernamental en sus colaboradores (y Mariano Rajoy no lo ha hecho). Resulta procedente, por tanto, indagar sobre los verdaderos motivos que han alimentado el espectáculo vivido estos días.

El líder de Podemos llevaba varias semanas explicando que su moción se justificaba por la imperiosa necesidad de apartar del poder al partido más corrupto de Europa. Y, en cierto modo, tenía razón. En cualquier país civilizado de nuestro entorno, el presidente se habría visto obligado a dimitir tras la interminable e inconclusa secuencia de escándalos protagonizada por sus compañeros de filas, muchos de ellos con significativas responsabilidades internas y externas: tesoreros, presidentes autonómicos, ministros, alcaldes, presidentes de diputaciones... La doble vertiente de la moción de censura –reprobatoria y constructiva– tuvo su reflejo en el doble discurso de Podemos: el de Irene Montero (tan certero como bronco) y el del propio Pablo Iglesias (más sereno e institucional). Sin embargo, si el objetivo de la formación morada era poner en evidencia al gobierno, ¿tenía algún sentido plantear una moción llamada a fracasar con estrépito en la más absoluta soledad? Evidentemente no. De hecho, la votación sólo ha conseguido refrendar la insalvable división de la izquierda y el incuestionable liderazgo de Mariano Rajoy en el centro-derecha. Sospechoso.

Por su parte, el presidente del gobierno también intentó neutralizar la iniciativa podemita durante las jornadas previas al debate, apuntando sus dardos hacia su escasísimo respaldo parlamentario y su improcedencia coyuntural. Y también tenía razón. El ejecutivo popular acaba de inaugurar una nueva legislatura hace apenas unos meses, tras ganar las elecciones por tercera vez consecutiva, y desde el día de los comicios no ha ocurrido nada especialmente novedoso o relevante que invite a pensar que el resultado sería hoy sustancialmente diferente. En consecuencia, es lógico que los populares hayan intentado minimizar la importancia de la moción, achacándola más a la tendencia de Iglesias al postureo que a la verdadera concurrencia de una crisis política. Sin embargo, si la estrategia conservadora consistía en menospreciar la iniciativa, ¿tenía algún sentido que Mariano Rajoy asumiera en primera persona el peso de la réplica (una excepción en nuestra tradición parlamentaria), colaborando en una artimaña meramente mediática de su presunto rival? Evidentemente no. El hecho de que el presidente (un tipo habituado a escaquearse) se defendiera personalmente del aspirante sólo ha conseguido multiplicar el caché parlamentario de Pablo Iglesias. Aún más sospechoso.

Tanto Podemos como el PP parecen haber elegido una estrategia incompatible con su discurso: los primeros, pese a su teórico propósito de erosionar a Rajoy, lo han reforzado; y los segundos, pese a su presunto deseo de ningunear a Iglesias, lo han encumbrado. Semejante paradoja sólo se explica asumiendo que el objetivo de fondo de ambos partidos no tenía nada que ver con el envoltorio formal que se utilizó como pretexto.

Efectivamente, la intención fundamental de Pablo Iglesias no fue en ningún momento perjudicar al PP sino al PSOE, pavoneándose como principal alternativa a los populares. Lo que estaba en juego no era el liderazgo del país sino el de la izquierda. Es cierto que se usó formalmente el procedimiento del art. 133, pero lo que se buscaba en el fondo era escenificar que Podemos no ha nacido para acompañar a los socialistas sino para sustituirlos.

Por su parte, la verdadera meta de Mariano Rajoy no consistía en neutralizar el desafío de Pablo Iglesias. Si así fuera, habría driblado estratégicamente el debate para rebajar su trascendencia, descargando la réplica en alguno de sus ministros, tal y como hicieron Suárez y González en su día. Sin embargo, el presidente vio en la moción una oportunidad de oro y la aprovechó a la perfección: restó peso político al PSOE (dando alas a Iglesias), reforzó su liderazgo interno (la bancada popular aplaudió con las orejas) y exigió público vasallaje a Rivera (la irrelevancia de Ciudadanos comienza a resultar casi cómica).

Iglesias y Rajoy, dos boxeadores curtidos, han amañado un combate para noquear al árbitro. Ambos contendientes terminaron levantando el puño sin un solo rasguño, mientras el ausente Sánchez y el domesticado Rivera (quienes efectivamente tenían en su mano el resultado de la moción) acabaron siendo trasladados a la enfermería. Pronóstico reservado. Se confirma que la política española se está convirtiendo en un juego de pillos.

danelarzamendi@gmail.com

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