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Entre pitos y flautas

Es mejor educar que sancionar, pero ¿quién le pone el cascabel a este gato resabiado?
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Ybombos. Así actuó la orquesta preparada por los independentistas vascos y catalanes el pasado sábado. Una orquesta como Dios manda tiene más instrumentos, pero si el director no sabe, no quiere o no puede, y los miembros de la banda van por su lado o callan y dejan a los citados txistus, flabiols o bombos ir a la suya, el presunto concierto es realmente un desconcierto.

Sonaron txistus y flabiols y bombos. Así no hay espectador decente que aguante un espectáculo. Y el caso es que no se trataba de un mitin político ni de un acto inaugural de un monumento, sino del prólogo a un espectáculo deportivo de alto nivel que quedó así ensuciado por el desconcierto de los pitidos. ¡Ay, don Miguel de Cervantes, qué lejos está Barcelona de ser el «archivo de la cortesía», como dijo hace ya 400 años!...

Efectivamente, los celtíberos hemos ganado en técnica lo que hemos perdido en educación. Porque si ya el PP nos cercenó la educación cívica, no ha hecho sino certificar que somos un pueblo mal hablado, grosero y descortés. Tanto vanagloriarnos de la recepción a forasteros, para tirar por la borda un acto en que el silencio más estruendoso quizás habría sido más elocuente si es que se puede mezclar un gran acto deportivo con una mala protesta política.

Desde luego, más civilizado, más propio de pueblos que dejan las rencillas extradeportivas a la puerta de los estadios. Y así nos va.

La raya entre la educación y la libertad de expresión es tan débil que se puede pisar y pasar con poco. Pero en todos los regímenes y en muchos decenios, los himnos han acompañado a la apertura de casi todos los actos, máxime si es el Jefe del Estado, guste o no guste quien los preside y ser su Copa la que se entrega al ganador, no de los exabruptos, sino del tanteo en la hierba.

El prólogo del que ha sido un perfecto espectáculo deportivo puso una mancha en la pantalla. Sé de gente, no precisamente monárquica, que apagó la tele o cambió de canal al estremecerse ante aquella turba de maleducados. Algunos extranjeros creerán que Barcelona es un pozo de agravios. Lleno de ciudadanos zafios e impertinentes.

Peor fue, para los que siguieron el prólogo sonoro, ver el rictus de cinismo semisonriente del Sr. Mas. El señor que preside la Generalitat y que no hace tanto que prometió guardar la Constitución y las leyes y hacerlas guardar en Cataluña. Y peor que hablara después de «provocación del Estado». ¿Debía el Rey no personarse a entregar su Copa, o esperar al último momento para hacerlo, o no venir a Barcelona?...

Amparado el Sr. Mas en un tercio del presunto público –no debían ser más los incordiantes–, hubiera sido mejor que compareciera momentos después del himno alegando cualquier excusa que se le hubiera aceptado de buen grado antes de su mueca hipócrita. ¿Por qué no va con su grupo de palmeros y pitos delante del Palacio de Justicia a protestar por los embargos hechos a su partido, por presunta corrupción?...

Les sacarían más zumo a los artefactos, tan preparados y explicitados delante mismo de los Mossos d’Esquadra.

En cuanto a los de los pitos, dan más compasión que otra cosa. Llevar el odio y el resentimiento a un espectáculo deportivo, que es de todos, de muchos más que ellos, es irracional.

Para qué hablar del Código Penal vigente –la reforma, endurecedora entrará en vigor el próximo 1 de julio– cuando nadie le hace caso, y, por ejemplo, el artículo 513,4 sanciona a los que perturbaren gravemente –fueron muchas decenas de millones de ‘víctimas’– el desarrollo de una reunión lícita, o (n.º 3) con actos semejantes contra las autoridades… y demás concordantes.

Es mejor educar que sancionar, pero ¿quién le pone el cascabel a este gato resabiado?

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