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Eso que vuela, que caiga en la Zarzuela

En estas elecciones de la Comunidad de Madrid no hay mucho real en juego, la vida de la gente no cambiará significativamente, pero la noche electoral se vivirá como un cambio de régimen, con vencedores y vencidos. Ya no hay comicios sino plebiscitos

Juan Ballester

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Eso que vuela, que caiga en la Zarzuela

Eso que vuela, que caiga en la Zarzuela

El pasado 14 de abril de 2021 salí al balcón del hotel a fumar un cigarrillo y observé una manifestación que conmemoraba la proclamación de la II República, hace noventa años. Era bastante diferente a la fiesta celebrada entonces, los manifestantes con banderas tricolores y comunistas llevaban mascarillas, guardaban distancia social y un helicóptero de la policía sobrevolaba la capital del reino. Se echaba de menos la presencia de los anarquistas y escuchaba las consignas difundidas desde los megáfonos, «No hay dos sin tres, república otra vez». «Los borbones, a los tiburones». «Eso que vuela, que caiga en la Zarzuela».

La concentración de Madrid en 1931 estaba cargada de una ilusión que cristalizó poco después en un nuevo régimen que reconoció el derecho de reunión, expresión, asociación, manifestación y libre circulación; al divorcio y matrimonio civil, el salario mínimo, seguridad social o vacaciones pagadas. Pero aquel júbilo para tanta gente se fue truncando cuando comenzó a pasar lo que esta sucediendo ahora con la polarización afectiva de la política.

Hay muchas diferencias (analfabetismo, caciques, militares o anticlericalismo), pero también similitudes entre esta década (2021-2029) y aquella (1931-1939). Venían de los felices ‘20, nosotros de los despreocupados años de la burbuja, y se sufría una gran depresión económica como consecuencia del crack del ’29, equiparable a la crisis de 2007 unida a la que nos viene encima por la pandemia. Los muertos a sangre y fuego de la república y la guerra subsiguiente ya los pone el coronavirus, las bajas van así, así, para hacerse una idea.

El Congreso de los Diputados se está convirtiendo en una réplica virtual de la Guerra civil. Los de una España hablan de las fuerzas reaccionarias y de la alerta fascista para referirse a toda la derecha y, los de la otra, de los totalitarios del Frente Popular, para calificar a toda la izquierda. Es el empuje del péndulo consiguiendo que hasta los partidos tradicionales escoren hacia los polos. En las terceras y últimas elecciones de 1936, los extremos derecha-izquierda fueron consolidándose hasta el punto de que el centrismo desapareció (6%).

Nuestros abuelos dejaron de apelar a la razón convirtiendo la política en una emoción en la que consiguen identificarte sentimentalmente en un bando hasta que arremetas contra aquello que no te cabe en el corazón. No existe un lugar de encuentro entre las diversas opiniones, irreconciliables. Se usa un lenguaje con palabras o expresiones bélicas, épicas, bucólicas o románticas, en lugar de otras más neutrales (disfemismo), y la equidistancia pasa a ser, como ahora, un insulto equiparable a débil. Nosotros o Vosotros.

En estas elecciones de la Comunidad de Madrid no hay mucho real en juego, la vida de la gente no cambiará significativamente, pero la noche electoral se vivirá como un cambio de régimen, con vencedores y vencidos. Ya no hay comicios sino plebiscitos. Se está planteando de una forma que «si las cosas están tan mal como usted las ve lo mejor sería que nos declaremos ya la guerra», como le dijo al salir del Congreso José María Gil Robles a Francisco Largo Caballero dos días antes de que, de verdad, estallara.

De que los políticos usan los nervios de los ciudadanos como cuerdas de una guitarra para conseguir sus fines nos enteramos en febrero de 2008 cuando a Zapatero lo pillaron a micrófono abierto revelándole a Iñaki Gabilondo que ‘como nos interesa la tensión, el sábado voy a empezar a dramatizar la situación”. Desde entonces ha ido gradualmente aumentando el consumo de ansiolíticos y, con el fin del bipartidismo y la llegada del populismo, se ha desmadrado el abuso histérico de la crispación. Y ahora, con la debilidad social derivada de la pandemia, por increíble que parezca, encienden la mecha. Antes quedaba la opción de desconectar y ceñirte al BOE, pero en el preámbulo de una ley del pasado abril, también se hace crítica política contra el oponente.

Salvo que usted sea un político indecente o quiera ser periodista, enarbole la bandera de su propia fe y no participe en la obra de teatro bailando al son de esa vieja música militar. Los jóvenes sin expectativas se apuntan a un bombardeo y tenemos aquel espejo para ensayar los pasos de esa maldita danza del fuego: Izquierda, izquierda; derecha, derecha; adelante y atrás. Desde el balcón del hotel podía imaginar a todos estos políticos actuales incendiarios que juegan a la guerra civil, en blanco y negro, pasados de moda, ellas con el canesú y ellos con las gafas redondas de Monedero, en aquella manifestación que evocaba aquel martes 14 de abril de 1931.

La moderación tiene dos aspectos, una es una forma de ver el mundo y en ese sentido el punto medio es virtud (Aristóteles). Otra son las posiciones ideológicas de manera que se puede votar legítimamente a los extremos -ser ultra radical-, pero moderado en la manera de expresarlo o respetar al oponente. Como se puede ser de extrema derecha y republicano o un apolítico encendido. Yo, por ejemplo, soy anarquista moderado y si me preguntan a qué bloque pertenezco, respondo que son los Políticos o Nosotros, y me alineo con el grupo de las madres que parieron a toda esa banda revanchista que se dedica, como Stalin o Hitler, a malmeter miedo e infundir odio para sembrar violencia.

Juan Ballester: Escritor y editor afincado en Tarragona, autor de obras como ‘El efecto Starlux’ y, más recientemente, ‘Ese otro que hay en ti’. Impulsor del premio literario Vuela la cometa.

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