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España sin respeto

La pitada al final es solo una metáfora de un país que se respeta poco a sí mismo
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El Estado tiene un problema corrosivo: se respeta poco a sí mismo. No se trata ya de la pitada en la final de la Copa del Rey, a pesar de su carga simbólica. Durante años en ayuntamientos de Cataluña y País Vasco se ha vetado masivamente la bandera española. La Generalitat ha promulgado normas contra el idioma oficial en todo el Estado. A pesar de los pronunciamientos del Tribunal Supremo o el Tribunal Constitucional, no ha dejado de suceder. Y el Estado casi siempre optó por agachar la cabeza como un animal débil por evitar el conflicto. Solo era cuestión de tiempo una consulta ilegal como el 9-N en Cataluña; farsa de gran impacto (la fuerza de las hechos, en palabras del corresponsal de ‘The New York Times’) sin apenas resistencia a pesar de la contribución de la Generalitat. El Estado ha tendido a claudicar como Estado. El escenario idóneo para orquestarle pitadas.

Tal vez haya alguna sanción cosmética de cara a la galería o tal vez nada, como en anteriores pitadas. El pensamiento buenista evita el asunto refugiándose en la libertad de expresión; pero no se trata del gesto individual, sino de la complicidad institucional. Ahí queda la imagen del Rey flanqueado por Mas sonriente -sin categoría para representar a los catalanes pero sí el perfecto representante de la masa vulgar en el palco- y el saltatumbas que preside la Federación desentendido del aquelarre tolerado o estimulado por él y los clubes con sus silencios tácticos, calculados, hipocritones, cobardes. Hay constancia de que Pujol Ferrusola financió silbatos en estas pitadas; no confundan eso con la libertad de cada individuo. Por demás, yo creo que estas pitadas desacreditan al nacionalismo con su escenificación infantil y zafia; y al final, como aquellos abucheos al presidente en la Pascua Militar, retratan la grosería de este «intratable pueblo de cabreros» como afinó Gil de Biedma. Pero el Estado no está para refugiarse en la ironía o la indiferencia. Por ahí se va a los 9-N.

El problema de la pitada no es ya identificar una patología archisabida del nacionalismo. El problema es que identifica a un Estado de baja autoestima. Cuando se admite esa ceremonia ‘organizada’ y se le retransmite al mundo, algo va mal. Se conocía la fecha y el sitio desde semanas antes; y ya es de traca que se esté sancionando a los clubes por insultos de barrio en los estadios pero esto se trate en términos de libertad de expresión. Con todo, más allá de esta excrecencia de las ‘políticas de apaciguamiento’ con el nacionalismo, el problema de fondo recae en una sociedad de baja condición moral que siempre ha preferido mirar para otro lado ante la corrupción, el dopaje, la mentira institucional, los fraudes de Ley. a lo más con un arreón de rabia y a otra cosa, mariposa. La pitada al final es solo una metáfora de un país que se respeta poco a sí mismo.

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