Este sitio web puede utilizar algunas "cookies" para mejorar su experiencia de navegación. Por favor, antes de continuar en nuestro sitio web, le recomendamos que lea la política de cookies.

España vota un gobierno Tinder y los catalanes clarifican lo que no quieren

El electorado catalán arrincona a los partidos cuyo único planteamiento ha sido utilizar Catalunya para arañar votos en el resto del Estado
 

Josep Cruset

Whatsapp
España vota un gobierno Tinder y los catalanes clarifican lo que no quieren

España vota un gobierno Tinder y los catalanes clarifican lo que no quieren

Los españoles han dejado los bloques políticos y los equilibrios del poder de manera similar a como estaban antes del 10-N, con la novedad de que Vox se ha convertido en la tercera fuerza política y Ciudadanos se ha hundido en la miseria, que no es poca cosa. Más allá de cómo se resuelva la investidura de Pedro Sánchez, los resultados abocan al país a una gobernabilidad incierta. El PSOE deberá buscar socios de gobierno aplicando la metodología de Tinder, la famosa aplicación de citas. Esto es, conseguir encuentros con partidos con que le unan gustos, afinidades o intereses comunes, según con qué intenciones o por dónde quiera salir cada noche. Porque hallar pareja/s estables se antoja complicado. O buscar algún entendimiento con el PP, posibilidad que se supone la peor pesadilla para ambos.

En cualquier caso, como todo lo trascendente que ha ocurrido en el país desde las elecciones del pasado mes de abril hasta las de ayer ha tenido a Catalunya como protagonista, resulta especialmente interesante analizar la reacción del electorado catalán a la espiral de acción/reacción que ha vivido la comunidad.

Doble lectura
El independentismo ha obtenido el mejor resultado de siempre en unas elecciones generales. Pero además de la victoria, el 10-N le ofrece una nueva radiografía de la realidad, que es menos complaciente que los grandes titulares. Vamos por partes.

El soberanismo reafirma su fuerza y su insospechada capacidad de resistencia. La durísima presión aplicada de forma sistemática y concertada por todos los poderes del Estado no ha logrado hacer mella en el electorado independentista. Un mensaje claro que emiten las urnas.

Pero los resultados también confirman por enésima vez que más de la mitad de la sociedad catalana sigue sin comulgar con la idea de la secesión, y menos planteada de manera unilateral. Y ninguna convocatoria electoral de las celebradas desde que el Procés alcanzó su punto álgido muestra que el soberanismo consiga romper ese techo que parece haber tocado su apoyo social.

Todo lo cual refuerza el ya viejo axioma que persigue tanto al independentismo como al unionismo más viscerales. La España que sueña con la uniformidad de la patria mediante el aplastamiento de las otras realidades nacionales y culturales, es incapaz de someterlas y mucho menos de aniquilarlas, tanto hoy como desde hace siglos.

Igualmente, el nacionalismo catalán que sueña con la llegada de una República independiente no dispone de una mayoría en las urnas que pueda dar alguna legitimidad democrática a la demolición de la legalidad vigente. Las experiencias recientes evidencian que tiene nervio suficiente para aguantarle un pulso al Estado, pero no para doblegarlo. Y, desde luego, ninguna posibilidad de derrotarlo por la fuerza.

Catalunya altera el ecosistema
No deja de sorprender, eso sí,  como el problema catalán es capaz de alterar el ecosistema político español. La progresión geométrica de Vox no tiene otra explicación que la reacción airada de una parte de la sociedad española ante la situación en Catalunya. Esa ultraderecha sociológica que anidaba en el PP –y últimamente en Ciudadanos, a tenor de lo que desvelan los resultados– ha salido definitamente del armario. Para los que nos gusta la historia, resulta inevitable recordar la incidencia del llamado «problema catalán» en el devenir político de la monarquía de Alfonso XIII y la Segunda República.

Cansados de ser utilizados
En cualquier caso, creo que la conclusión más novedosa y fehaciente que nos deparan las elecciones de ayer es que el electorado catalán ha arrinconado como nunca antes a los partidos cuyo único planteamiento respecto a los problemas de Catalunya es utilizarlos para arañar votos en el resto del Estado. Que el PP, Cs y Vox se hayan quedado con sólo dos escaños cada uno y que la representación que han obtenido en Catalunya sea marginal me parece la cruda constatación de esta reacción. Porque no consta que estos tres partidos tengan alguna propuesta seria para afrontar la situación en Catalunya ni hayan mostrado interés alguno por resolverla.

Los votantes constitucionalistas muestran un cierto hastío de ser utilizados por un discurso que no representa exactamente la misma causa que les llevó a votar en masa a Cs o a salir multitudinariamente a la calle en 2017. Los resultados del PSC probablemente se nutran de este cansancio. Ni las escenas de violencia ni las noches en llamas que ha sufrido Barcelona han alterado sustancialmente esta tendencia, más allá de haber derivado hacia Vox mucho votos de los más acérrimos defensores del orden y la mano dura como única receta contra el separatismo.

El resto de fuerzas políticas ponen sobre la mesa propuestas centradas en el futuro de Catalunya. Antagónicas entre ellas, unas más ilusorias, otras más realistas, unas más viables, otras poco o nada –especialmente las procedentes de Waterloo y de su representante en la Generalitat–. Pero su objetivo político central es buscar una solución al contencioso catalán, que sólo puede pasar por el diálogo con el adversario, el hallazgo de un mínimo común denominador y la asunción que todas las partes deberán realizar dolorosas cesiones si lo que se quiere realmente es recomponer la convivencia y encontrar una salida. 

La otra ingobernabilidad 
Pese a la máxima sensibilidad e indignación con que la mayor parte del independentismo ha vivido la sentencia contra los líderes del Procés y sus secuelas en las calles, tampoco el electorado ha dado mucha cancha a la CUP, que se presentaba por primera vez a unas elecciones generales y, además de movilizar a sus adeptos, quería capitalizar a los desengañados con JxCat y ERC y a los sectores más radicalizados.

La propuesta más llamativa de los cupaires ha sido utilizar Catalunya para hacer ingobernable España. Por lo visto, tampoco les ha dado un gran resultado, quizá porque se trataba de la otra cara de la moneda de la estrategia de PP, Cs y Vox. 

Temas

Comentarios

Lea También