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Esta noche, Rolling Stones

Se ha instalado el dogma de que estás conmigo o estás contra mí, y la falta de respeto al contrario

Juan Ballester

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H e venido en taxi a casa y el conductor –catalán de nacimiento desde hace treinta y cinco años– me ha preguntado a mí –que tengo el número capicúa (53)– qué votaré en el referéndum por la independencia. Me he quedado mirando a esa franja oval de los taxistas en la que están sus ojos hasta comprender que las personas preocupadas por el bolsillo con ausencia absoluta de sentimientos patrióticos, serán quienes inclinen la balanza.

«Yo lo único que quiero saber es si estaríamos mejor económicamente», me ha preguntado.
Hace más de veinte años, un desconocido también me preguntó en un avión si yo era del Real Madrid o del F.C. Barcelona. Le contesté, del Valencia y cuando me dijo «Ya, ya», y «sí, sí, ¿pero más merengue o más culé?», pensé si no sería un completo imbécil como demuestra el hecho de que se pueda querer u odiar a ambos. Sin embargo, con el paso del tiempo, he entendido que debía tratarse de un sociólogo aventajado sabedor de que el vacío espiritual dejado entonces por lo sagrado iba a derivar hacia la futbolización, convirtiendo la Tierra en un enorme balón de cuero.
Lo sucedido con el Real Madrid y el FC Barcelona en el planeta no era fácil de vaticinar. Salvo en algunos países raros donde sólo les gusta el boxeo, el béisbol o el bádminton, ya no queda desde la Cochinchina a Sebastopol un recóndito lugar a donde puedas viajar sin encontrar a un niño hambriento que no conoce a Jesucristo, Shakespeare ni a Obama con una camiseta de Cristiano Ronaldo o Lionel Messi.

Por ejemplo, en Marruecos, el Sur es del FC Barcelona y el Norte del Real Madrid; en Honduras, el Este es blanco y el Oeste azulgrana, y es de tal magnitud la brecha que ha abierto en el mundo, incluida mi oficina, que muchos lectores irán directamente al último párrafo para saber de qué pie cojeo. O el mismo redactor del Diari que busca entresacar de este artículo una frase para usarla de reclamo, empiece a impacientarse por si no tomo partido.

Ni aunque el fútbol sea el sucedáneo de las guerras donde la gente se vuelve tribal, o la publicidad y los medios audiovisuales hayan creado un universo con grandes representaciones, mitos, magia y fábulas en el que la realidad brilla por su ausencia, el tema de la Independencia de Catalunya no es un Barça-Madrid. Aunque parezca imposible deshacerse de la tentación de relacionarlos, no se trata de un juego que consiste en meter la pelota entre tres palos –los derechos nacionales van a costa de los personales–, sino de un conflicto entre catalanes contra catalanes que sólo tiene en común con el balompié que habrá vencedores y vencidos.

Una vez le pregunté en inglés a una canadiense cómo se puede vivir en una tierra en donde la mitad piensa una cosa y la otra mitad la contraria. La quebequense me contestó en francés que “con mucho respeto” y yo me lo tragué hasta que el pasado seis de septiembre un empresario de sesenta y dos años, de Montreal, quiso hacer una sangría en el teatro Metrópolis, pero sólo pudo asesinar a un técnico de cuarenta y ocho que estaba esperando para desmontar el escenario del mitin, porque se le encasquetó el rifle. En realidad, no tengo 53 años, si hoy es miércoles, cumplo 58 y mis amigos me han invitado a celebrarlo en Barcelona donde esta noche actúan los Rolling Stones. Porque este artículo –hasta aquí literal–, se tituló ‘¿Barça o Madrid?’ y fue publicado en la Tribuna de este mismo periódico el 18 de noviembre de 2012 cuando Artur Mas inició una campaña electoral plebiscitaria en la que pidió a los recién estrenados independentistas que le prestaran su voto para iniciar un camino hacia Itaca;  enfadado por la negativa de Mariano Rajoy a obtener el pacto fiscal, que hoy, todo apunta a que podría conseguirse.

Como dice Luis Goytisolo, a mí no me interesa la Guerra Civil, sino lo que pasó en cada parroquia, en las relaciones humanas entre vecinos separados por las medianeras de los edificios. Y este procés ha conseguido fulminar la distinción que yo encontré cuando llegué a Catalunya hace 32 años: la vieja diferenciación entre catalanes de toda la vida e inmigrantes ha sido sustituida, en cada pueblo, por independentistas y no independentistas que no se hablan en el casino. El rostro solo es el reflejo del alma y es que se ha instalado el dogma de que estás conmigo o estás contra mí, y la falta de respeto al contrario; quizá para olvidar, en esta dura crisis que ha terminado con tantas expectativas personales, que la vida es un deporte individual.  

La sociedad actual padece una enfermedad llamada anomia que consiste en no poder llamar a las cosas por su nombre y en todo este tiempo de desgaste, se ha negado una y otra vez que la catalana estuviera fracturada; y si yo he envejecido un lustro, me han salido canas y he perdido pelo, mirando sus ojos por el retrovisor, veo que esta generosa comunidad que me acogió se ha metido un siglo entre pecho y espalda. No quiero ni pensar cómo vamos a encontrar Ron Wood (69), Keith Richards (72), Mick Jagger (73) y Charlie Watts (75).

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