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Estado miembro cumple 30

España se convirtió en el eslabón débil del euro, capaz de hacer saltar este proyecto
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Esta semana nuestro país ha cumplido treinta años como participante en la integración europea. Queda poco del europeísmo ingenuo con el que llegamos a las instituciones comunitarias. La fe del converso estaba justificada por el deseo de dejar atrás la dictadura franquista y el aislamiento internacional. Formar parte de las Comunidades Europeas era sinónimo de modernización, compromiso con la democracia y apertura a las mejores ideas de progreso, justicia y libertad. Estábamos ante un objetivo compartido por todos los partidos políticos de la transición y un anhelo conjunto de la sociedad española. La negociación de adhesión no fue nada fácil y duró ocho largos años. Hubo que superar vetos franceses y recelos de otros Estados que nos veían como una gran Grecia, capaces de frenar el proyecto compartido. Los términos del pacto no fueron muy favorables. Pero España hizo política de Estado, se subió al proceso europeo en un momento de expansión y supo aprovecharlo para obtener beneficios económicos, políticos y sociales, desde los fondos europeos a la transformación de las empresas. Al mismo tiempo, demostró europeísmo y compromiso con los grandes objetivos de los primeros veinte años. Impulsó el mercado interior, la ciudadanía europea, el espacio de libertad, seguridad y justicia, las reformas económicas y la moneda común.

Hasta 2004, nuestro país atravesó una fase de influencia política ascendente pocas veces vista en Bruselas. El Gobierno de Zapatero llevó a España a la irrelevancia en la toma de decisiones y retiró al país de la primera fila de la integración. Es cierto que las cosas se habían complicado y que en la primera década del siglo XXI ninguno de los proyectos ensayados lograban relanzar el europeísmo: la Constitución fallida, la ampliación al Este recibida con grandes miedos o una moneda con un diseño fallido, apta solo para el buen tiempo. Pero la crisis financiera y económica sorprendió a España instalada en el margen de la Unión y en la autocomplacencia. Nuestro país se convirtió en el eslabón débil del euro, capaz de hacer saltar por los aires este proyecto.

Hoy, a la salida de la crisis y tras el rediseño de la moneda, la Unión Europea ya no goza del apoyo popular de antaño. Uno de los nuevos partidos, Podemos, se define como soberanista y alienta el euro-escepticismo. El otro, Ciudadanos, es decididamente europeísta, entre otras cosas por haber nacido en Barcelona. La integración sigue siendo el mejor antídoto contra el nacionalismo extremo y la xenofobia. Las reglas, principios y valores de la UE conforman un verdadero régimen antisecesión. El reto para España, un viejo Estado nación mutado en Estado miembro, no es promover a ciegas ‘más integración’. España era el problema y Europa la solución. Ahora, la Unión también es el problema. Treinta años después, nuestro país debe contribuir, sobre todo, a que transitemos el siglo XXI como ciudadanos europeos.

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