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'Estelades', elecciones y reflexiones

En 1938 el Episcopado austríaco hizo una declaración solemne de apoyo a Hitler
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En la presente campaña electoral, al lado de los carteles y propaganda legítimos de las distintas formaciones, los diferentes espacios estarán compartidos con las estelades. Conviene señalar que, en mi opinión, la limitación ordenada a la ambivalencia de tales cosas viene dada a los efectos específicos de las propias elecciones. De momento, la Asamblea Nacional Catalana (ANC), a través de su presidenta, Carmen Forcadell, ha pedido que se cuelguen banderas independentistas en todas partes, incluidos ayuntamientos, y que no se acate la orden de la Junta Electoral Central (JEC) de retirarlas de edificios públicos durante la campaña municipal, en tanto que la Sociedad Civil Catalana (SCC) reclama aplicar la orden de retirada en todo espacio público.

La JEC ordenó retirar las banderas independentistas de edificios públicos y locales electorales en Catalunya para no interferir, en orden a la más estricta neutralidad, en el desarrollo de la campaña de las elecciones municipales. Por su parte, SCC entiende que la resolución de la JEC incluye retirar las estelades no solo de los edificios oficiales, sino también de los espacios públicos en general, como rotondas, plazas o farolas.

Cabe preguntarse, en este contexto, sobre quién tiene razón (stricto sensu o lato sensu). La JEC es la autoridad máxima en un proceso electoral y emana del poder judicial. La interpretación de la orden de la JEC, en mi opinión, no debería admitir dudas (retirada de estelades de edificios públicos durante la campaña municipal). Se trata de una apelación objetiva, en unos lugares concretos y durante un período de tiempo también concreto. Pero ANC dice que hay que colgar estelades en todas partes y sin limitación temporal alguna y, por su parte, SCC va más allá, al manifestar que no solo en edificios oficiales, sino también en los espacios públicos en general.

Hace unos meses realicé una gira por la provincia de Gerona y, a diferencia de las comarcas de Tarragona, pude observar un gran despliegue de estelades en campanarios y también en las paredes exteriores de algunos templos. No acierto a comprender esa situación, pues los templos debieran mostrar exclusivamente motivos acordes con las creencias propias de la religión correspondiente. Pienso que no es bueno para nadie y me recuerda aquello de que “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Todo ello invita a la reflexión y al repaso de la historia.

La historia del siglo pasado nos recuerda que el 10 de abril de 1938, los alemanes pasaron por las urnas. Un mes antes, el 12 de marzo, se produjo el Anschluss, palabra alemana que, en un contexto político, significa anexión, con la incorporación de Austria a la Alemania nazi, convertida en una provincia más del III Reich. Para legitimar esta anexión, Hitler anunció un plebiscito para el 10 de abril, que tendrá el apoyo del 99,08 por ciento del electorado alemán y del 99,75 del austríaco. No había manipulación de los resultados, no hacía falta. No había voto secreto. La papeleta tenía que ser rellenada delante de los oficiales de las SS y entregada en sus manos, sin posibilidad de que el elector la pudiera introducir en la urna por sí mismo. En la papeleta aparecía en el centro un círculo muy grande donde poner sí y otro más pequeño a la derecha donde poner no. Y así salieron los abultados resultados.

Tres días más tarde de que Adolf Hitler invadiera Austria, el 15 de marzo de 1938, el Führer llegó a Viena y fue recibido apoteósicamente. La Iglesia se unió a ello, repicando las campanas y colgando de sus torres y campanarios las banderas con el símbolo nazi de la cruz gamada. Ese día, el cardenal Theodor Innitzer, arzobispo de Viena, se entrevistó con Hitler y tan efusivo se mostró con el dictador, que publicó una carta en la que invitaba a los fieles a pronunciarse por “nuestro glorioso retorno al Gran Reich”. El 18 de marzo, todo el episcopado austríaco hizo una declaración solemne en el mismo tono. Y el cardenal Innitzer hacia preceder su firma con el tradicional saludo nazi “Heil Hitler”.

Ante tal cúmulo de despropósitos, el lamentablemente criticado Papa Pio XII, Eugenio Pacelli, que posiblemente al fin sea canonizado por el Papa Francisco, llamó con urgencia a Roma al cardenal Innitzer. El 2 de abril, la Secretaría de Estado del Vaticano publicó una nota en la que se decía: «Estamos autorizados a comunicar que la declaración del episcopado austríaco ha sido redactada y suscrita sin previo aviso ni aprobación de la Santa Sede y bajo la única responsabilidad del mismo episcopado». Aprendamos de la historia reciente, para no volver a incurrir en los errores del pasado.

 

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