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Ética en la política

En junio de 2019 ya apuntaba que el pacto de gobierno municipal de En Comú Podem con ERC no era otra cosa que ambición personal por ocupar un «sillón» y obtener una buena retribución

CONXA MANRIQUE

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Quien hace política aspira al poder como medio para la consecución de otros fines (idealistas o egoístas) o para gozar del sentimiento de prestigio que le confiere.

Max Weber, en su obra La política como vocación, pone de relieve dos formas de hacer de la política una profesión y dice: «O se vive «para» la Política o se vive «de» la Política. Y vive «de» la Política como profesión quien trata de hacer de ella una fuente duradera de ingresos; vive «para» la Política quien no se halla en este caso».

Aristóteles, en su obra La Política, decía que el ser humano tiene la responsabilidad moral de ser feliz en comunidad y tratar de que otros sean felices. Este valor altruista es fundamental en la ética de la política para transformar la realidad en beneficio de la comunidad.

Vivimos en una sociedad que parece haber olvidado los valores esenciales de la Política y se prioriza el carácter de Profesión antes que el de Vocación, en interés propio o de grupo.

Estos días tenemos dos ejemplos desagradables. El primero, el concejal de Catalunya en Común Podem en el Ayuntamiento de Tarragona. En mi artículo publicado en este diario el 12 de junio de 2019 y titulado «Todo vale contra Ballesteros», ya apuntaba que el pacto de gobierno municipal de esta formación con ERC no era otra cosa que ambición personal por ocupar un «sillón» y obtener una buena retribución. Los acontecimientos recientes me dan la razón. El Sr. Hernan Pinedo ha sido expulsado de Podemos por falta de ética y de disciplina a las directrices del grupo que le procuró el cargo. El regidor ya ha manifestado su voluntad de no dimitir. Este señor, que representa la «nueva política», aquella que prometió acabar con la «casta», ahora se agarra al «pesebre”» El regidor antepone el interés personal al interés de su formación política y la de sus votantes, pues en realidad sus electores votaron la política de su partido y no a su persona.

Diferente fue la actitud del Sr. Carles Castillo quien, por coherencia, dimitió como parlamentario cuando abandonó el PSC. Eso mismo deberia hacer el Sr. Pinedo.

Por otra parte, el concejal de Patrimonio no ha destacado por su gestión municipal. Prueba de ello es el estado lamentable del patrimonio de la ciudad («patrimonio de la Humanidad») cada vez más deteriorado y abandonado.

Ahora el Sr. Hernan Pinedo ha sido expulsado de Podemos por falta de ética y de disciplina a las directrices del grupo que le procuró el cargo y él  ya ha manifestado su voluntad de no dimitir

El segundo ejemplo desagradable de ética política, es el caso Dina y, en general, de todos aquellos políticos, de derechas y de izquierdas, que se hallan a punto de ser imputados por delitos.

El caso Dina supera con creces la novela negra. Su trama discurre en ambientes oscuros y sórdidos, de injusticia y corrupción del poder político. El argumento de la historia que narra el vicepresidente persigue fines opacos, que no pueden revelarse. El motor de la trama no es otro que el afán de poder, codicia, etc. Y así fue hasta que se topó con el juez García Castellón, quien decidió investigar el motivo de fondo de tanto misterio.

Efectivamente, cuando faltaban 32 días para las elecciones generales del 28 de abril de 2019, Pablo Iglesias declaró como testigo ante el juez de la Audiencia Nacional. Ocho días antes, éste había abierto una investigación para determinar si el comisario Villarejo estaba tras el robo del teléfono móvil de Dina Bousselham. Pablo Iglesias acusó a las «cloacas del Estado» de conspiración contra su persona y Podemos, y se presentó ante el electorado como una victima del Estado. Un año y medio después los personajes de la novela mutan y el vicepresidente pasa de victima a presunto autor de varios delitos (denuncia falsa, daños informáticos y revelación de secretos). Según el instructor del caso, Iglesias denunció una conspiración con la única finalidad de conseguir «rédito electoral». De esta manera el caso Dina se convierte en el caso Iglesias.

Al juez García Castellón no le cuadran los hechos y quiere investigar si la posesión y retención de la tarjeta de Dina Bousselham por el Sr. Iglesias se produjo por motivos estrictamente de oportunidad política. ¿Por qué el vicepresidente no devolvió la tarjeta a Dina?, ¿por qué acusó a las «cloacas del Estado» de conspiración contra Podemos, en la víspera de elecciones, cuando era él quien tenia la tarjeta de teléfono?, ¿por qué, después de las elecciones, guardó en secreto la tarjeta?. En definitiva, se trata de investigar si quien se presentó como victima del Estado fue o no el autor de un retorcido y manipulador guión para conseguir réditos electorales. De ser así, la realidad superaría a la ficción. En el caso del Sr. Iglesias las mentiras se superponen y la realidad se deforma con fines electoralistas. La imaginación retorcida al servicio de los intereses políticos supera a las novelas negras de espías.

Aunque todavía no se tienen pruebas, es preocupante que la clase política se vea inmersa en esas oscuras manipulaciones para mejorar su imagen política; asegurar su posición en el Parlamento o a saber qué otros objetivos oscuros; todos ellos muy lejos de procurar el bien común de la ciudadanía. Ante estas marañas debemos preguntarnos: ¿Qué se ha hecho de la «Cosa Pública»?; ¿cuándo vamos a recuperar las enseñanzas de ética y moral en escuelas, institutos y universidades?; ¿cuándo vamos a organizarnos como ciudadanos para conseguir implantar valores básicos que nos dignifiquen como sociedad?

La conducta ética exige una pureza moral que hoy no se manifiesta en ningún nivel de la política española, catalana y local. Nos estamos acostumbrando a que el comportamiento de nuestros representantes no sea honesto y altruista; y que no asuman responsabilidades por ello. Lo lamentable del caso es que, a pesar de estas conductas, los ciudadanos les sigan votando.

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