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Europa debe reflexionar, con Brexit o sin él

Núria Pérez

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Siendo consciente de que el Brexit aumentarías las grietas que los últimos años se están abriendo en la Unión Europea, hay momentos en que pienso que la salida del Reino Unido sería la única manera de que se abriera un debate sobre cómo conectar de nuevo con la ciudadanía de los estados miembros y cómo volver a ser un referente en el mundo.

Porque de unos años a esta parte, el Viejo Continente no acaba de encontrar su papel en el mundo actual. En poco tiempo ha pasado de ser paradigma del Estado del Bienestar y del Estado de Derecho a ser una de las áreas donde más ha crecido la desigualdad y a ofrecer una imagen más que penosa en la gestión de la crisis de los refugiados ante la que no sirve mirar para otro lado y que ha mostrado una vez más la desunión existente con estados miembros levantando alambradas fronterizas o recurriendo al Ejército o a los gases lacrimógenos para ahuyentar a los asilados. Y lo más frustrante de todo es que parece que nadie admite nunca los errores ni aprende de ellos.

El proyecto europeo no puede avanzar con cumbres extraordinarias y maratonianas con medidas acordadas in extremis e incluso sin convencimiento. Entre otras cosas, porque con parches provisionales y con un sistema que rinde tan pocas cuentas sólo se avanza a trompicones, se debilita la cohesión y, por ende, la desafección ciudadana. Lo que necesita la Unión Europea es una revisión a fondo de sus principios y de su hoja de ruta para los próximos años. No se trata sólo de un problema económico, de política exterior o seguridad. Se trata de decidir si realmente se quiere avanzar más allá de la unión monetaria o incluso bancaria.

Sea cual sea la elección de los británicos, la consulta en si misma debería ser una voz de alarma que por fin saque a las élites europeas de su complacencia y de su poca capacidad de autocrítica. De lo contrario Europa saldrá a flote pero seguirá sin rumbo.

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