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Europa, después de París

El reto es eliminar las amenazas sin perjudicar el equilibrio entre libertades y seguridad
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Sin que ninguno sea nuevo, varios debates de fondo han revivido estos días, tras lo ocurrido la pasada semana en París. Entre los más relevantes, destaca el siempre inestable equilibrio entre seguridad y libertades, con algunos derivados como la actitud europea frente al fenómeno migratorio o el derecho a la libre expresión en que acaba de terciar el Papa Francisco desde Filipinas. Habrá que ver si acaban desembocando en cambios palpables y, caso que se produzcan, cuál será su efectividad para conjurar la amenaza yihadista. De momento, las preguntas siguen siendo más que las respuestas, tanto sobre lo que se ha hecho como respecto a lo que convendría hacer.

Queda al criterio de cada uno valorar los pronunciamientos y reacciones frente a los últimos sucesos, desde el recuerdo de precedentes como el 11-S en Estados Unidos, las bombas en los trenes de Cercanías madrileños o las explosiones en el metro de Londres; apreciando o no si ha habido desproporción, sea cual sea el elemento comparativo que se decida elegir. Hay que admitir, en todo caso, el hábil liderazgo que ha sido capaz de asumir el hasta la fecha cuestionado presidente Hollande. Habrá que ver si se traduce en algo más que tratar de neutralizar la inquietud y la sicosis instaladas en varias sociedades de la Unión Europea (UE).

El sentido común y la experiencia suelen sugerir que no conviene adoptar medidas bajo el impacto emocional de un suceso concreto, pero tampoco cabe pasar por alto adónde ha conducido la relativa contemporización ante un fenómeno que lleva tiempo manifestándose con crecientes virulencia y amplitud. Tocará evaluar algún día los efectos del buenismo multiculturalista que ha dominado las políticas europeas de las últimas décadas, pero su fracaso se sugiere, entre otras cosas, por la proliferada captación de adeptos a la causa yihadista en el territorio comunitario, incluso entre nacidos en la propia UE.

Muchos han rescatado estos días de la memoria las discutibles tesis sobre el choque de civilizaciones vertidas por Samuel P. Huntigton desde 1993, en parte como réplica al final de la historia preconizado por Francis Fukuyama dos años antes, tras la caída del Muro de Berlín y el desplome del bloque soviético. Han sido muchas las críticas vertidas contra sus análisis y previsiones, considerados excesivamente simplistas, pero episodios como los padecidos por la capital francesa propician que se rescaten del olvido y acaben sirviendo de base a propuestas que van del catastrofismo a lo más radical.

Eludir la complejidad es característico de quienes patrocinan, ahora mismo con renovado énfasis, distintas formas de identificación entre amenaza e inmigración. La líder del Frente Nacional francés, Marine Le Pen, acaba de pedir la derogación del libre tránsito intraeuropeo que establece el Tratado de Schengen, pero su programa político lleva tiempo planteando limitaciones a la entrada de inmigrantes, cuando no su expulsión del territorio galo. Y a nadie se oculta la existencia de partidos asimilados en otros países comunitarios, con un ascenso electoral plasmado en la última renovación del Parlamento Europeo. Comparten, sin duda, una más que discutible equiparación entre la existencia de una amplia comunidad acogida al credo islámico y la amenaza integrista personalizada en el califato proclamado en tierras de Siria e Iraq.

Migrando de la teoría a la práctica, importa que Europa afronta un desafío de primer orden frente a realidades más poliédricas que lineales. No cabe negar que los planes terroristas encuentran facilidades para desenvolverse gracias al modelo occidental de libertades, pero toca preguntarse hasta qué punto la mejor o única respuesta posible sea restringir las de todos para evitar que una sola minoría, perfectamente identificable, vea reducidas sus opciones de atentar.

Gestionar la situación no será fácil. Guste admitirlo o no, existe en la sociedad europea un germen de rechazo al foráneo, acrecentado hacia quienes observan credos y costumbres que se perciben contrarios a la sensibilidad mayoritaria. Actuar con recelo, rozando la animadversión frente a los musulmanes ha dejado de ser un riesgo teórico para constituir una inquietante propensión. Sin duda, corresponde a los europeos conjurar esa peligrosa y probablemente injusta deriva, pero quizás haya llegado también la hora de que la comunidad islámica aporte una contribución activa para dejar de ser vista como amenaza; abandonando, en primer término, tanta actitud sospechosa de financiación y soporte al radicalismo, con un turbio flujo de petrodólares desde Riad y otras capitales del Golfo Pérsico hacia predicadores wahabitas en todo el mundo; incluidos los instalados en las mezquitas que pueblan el territorio comunitario.

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